De nuevo, nota esa corriente de aire en la espalda que le provoca un
escalofrío, seguro que Adela se dejó la ventana abierta.
Sigue recogiendo la mesa después de haber comido, y piensa entre tanto, en
lo descuidada que se ha vuelto últimamente su esposa, está perdiendo la memoria
a marchas forzadas. Recuerda que hace una semana al bajar la basura, se dejó las
llaves dentro, puestas en la cerradura. Tuvo que pasar media noche en las
escaleras hasta que un vecino le acogió en su casa para al día siguiente llamar
a un cerrajero. Naturalmente tampoco llevaba el móvil encima. En otra ocasión
fue el gas del horno lo que dejó encendido, o aquella otra ocasión en la que se
encontró el agua desbordada de la bañera, inundando el piso.
Deja el plato, el vaso y los cubiertos en la pila para fregarlos en un
rato, pero antes se dirige al dormitorio para comprobar si es desde allí donde
viene ese aire helador que le está dejando tieso. Y efectivamente la ventana
está abierta de par en par con los visillos revoloteando como si fueran velos
de novia y además, la cama sin hacer desde esta mañana.
Regresa a la cocina para fregar los cacharros y se encuentra la luz
encendida, la puerta de la nevera abierta, al igual que el grifo que está
soltando un gran chorro de agua que cae sin control dentro de la pila. Menos
mal que el tapón del desagüe no está puesto.
– ¡Adela! –grita para llamarle la atención a su mujer sobre sus continuados despistes que ya empiezan a resultar peligrosos– y es entonces, cuando cobra conciencia de que ella le abandonó hace unos años dejándole por imposible.

Siempre quien padece el mal es el último en tener conciencia del mismo. Vaya con el marido de Adela es un caso perdido.
ResponderEliminarUn abrazo, Javier
Ufff, un triste final que no esperaba. La puñetera memoria haciendo una de las suyas. Un abrazo y feliz semana
ResponderEliminarÉl pierde memoria y ella tiene que hacer acopio de paciencia.
ResponderEliminarEs una enfermedad que se encuentra cara a cara, con el paso de la vida, un exelente micto relato el que has escrito, yo hize un post en mi blog con el titulo Ver las orejas al lobo, a propósito de un cuento de la esctitora "Alice Munro"
ResponderEliminarEste cuento fue llevado a la pantalla por Sarah Polley en el 2006 con el Título de "Away from her" y fue nominado a varios premios y reconocimientos del séptimo arte con dos nominaciones al Oscar 2007 por mejor actriz (Julie Christie) y mejor guión.
Primero pensé que su mujer había fallecido, pero al final he comprendido que no, que simplemente lo abandonó.
ResponderEliminarEn realidad, he sentido pena por ese hombre que no se da cuenta de su enfemedad y que, por si eso no fuera poco, su mujer, en lugar de cuidarlo, o buscar apoyo profesional, lo deja a su suerte. Quiero pensar que ella no es tan cruel como parece y que tampoco era consciente del mal de su marido e interpretó su comportamiento como una dejadez imposible de arreglar.
Un abrazo.
Qué relato más triste. Yo también pensaba que la mujer había muerto. Sea como sea, lo que estaba claro es que el de los despistes era él mismo. Hay enfermedades muy crueles. Magnífico relato narrado con mucha sensibilidad.
ResponderEliminarUn beso.
Francisco, de tan desordenado y despistado, ni siquiera recuerda a dónde está, realmente, la esposa. Es un texto algo agridulce. Va un abrazo.
ResponderEliminarAy! Creo que por edad estamos entrando en esa dinámica de hablar de enfermedades, muertes, deterioros, con demasiada frecuencia, sea contando realidades o ficcionando. Mientras no nos hundamos en el pozo de la tristeza...
ResponderEliminarTremendo y triste final, si el enfermo no quiere reconocer que sufre un trastorno y necesita ir al especialista, es muy difícil sobrellevarlo.
ResponderEliminarAbrazos.