Él finge que no le importa todo el dolor que dejan a su paso, que es lo habitual dentro del ambiente de violencia en el que se desarrolla su trabajo. En otro momento hubiera bromeado para decir: “Lo que toca, es nuestro pan de cada día”. Pero ahora mismo tiene que estar centrado para evitar sorpresas.
Mientras
los compañeros se mueven con precisión entrenada gritando órdenes precisas a
los aterrorizados ciudadanos anónimos, él los cubre con su G-36. La confusión y
el ruido parecieran anular todos los sentidos, pero consigue que su memoria retroceda en el tiempo hasta su
adolescencia, cuando tenía definido a lo que quería dedicarse cuando llegara el
momento de tomar una opción vital con respecto a la profesión que quería desempeñar. Sus
amigos de juventud, tan diferentes a estos “tipos duros” que le acompañan
ahora, se burlaban de él, y le aconsejaban que cambiara una vocación sin futuro
por otra más exitosa y mejor remunerada. No hubiera podido imaginar entonces,
los derroteros por los que acabaría transitando para hacer lo que hacía, a
causa, precisamente, de esos consejos vertidos en su mente maleable.
Sus padres adoptivos lo habían acogido como a un hijo más, y es consciente de que les defraudó en el último momento. Tampoco ellos daban crédito a ese cambio repentino que experimentó, ni en la determinación con la que tomó la decisión de salir del centro donde realizaba sus estudios para apuntarse a una academia militar.
Le
hubiera gustado borrar de un plumazo todo lo dicho de forma tan desabrida, a aquella
pareja que apostó todo por él. Una vez más los hijos no son lo esperado por
los padres cuando estos ponen unas expectativas muy altas en lo que atañe a la educación y su futuro.
“Los
caminos de Dios son inescrutables”, esa fue la frase hecha con la que les contestó
cuando le preguntaron una sola vez, del porqué de tan repentino cambio.
Y es que permutó los libros por las armas, dio la espalda a la seguridad para mudarla por el estrés cotidiano. La tranquilidad por el continuo estado de alerta. Se alejó de su hogar y los suyos para irse a tierras lejanas. Abandonó el seminario por el ejército, perdiendo muchas cosas por el camino.
El ruido
del tiroteo le saca de su abstracción y antes de avanzar recuerda una cita del
evangelio: “No se puede servir a dos señores a la vez” y él, eligió al de la
guerra.