
Mamá ya no me conoce por mi
nombre. A veces me llama con el de uno de mis hermanos, otras me convierto en
mi padre, que falleció hace ocho años, y algunos domingos soy alguien de su
pueblo, o un perfecto desconocido que le sostiene la mano con demasiada
familiaridad mientras sigue con atención su narrativa descabalada.
Si alguien carece de nombre
propio, siente que esa desmemoria es un lapsus en su propia historia, que no es
nadie. En cambio, yo estoy aprendiendo a rellenar los silencios y habitar los
recuerdos de mi madre. A entender que el amor no entiende de documentos de
identidad pero que si requiere de mucha paciencia y comprensión. Lo aprendo,
cada vez que la acompaño en su fragilidad.
Nuestras mañanas de sábado tienen
un ritmo casi coreográfico, me recibe como a una visita de cierta importancia;
como ``gente de categoría´´ que dice ella. Después quedito va cogiendo
confianza y comienza a desgranar su semana junto a la muchacha que la cuida.
En realidad la cuidadora se
siente desbordada después de los cinco días que pasa junto a ella, pues mi
madre fue y sigue siendo una mujer de carácter. Su pretensión es seguir
llevando la casa, organizar los momentos y marcar los tiempos de cada uno de
los que están en torno a ella. Confieso que en muchas ocasiones te agota con su
ritmo imparable, para a continuación quejarse de que le duelen las piernas o
los brazos; cuando el que termina derrengado, es el que pretende seguirla
mientras corretea con el andador por toda la casa, abriendo y cerrando armarios
y cajones, haciéndote bajar y subir cajas para ver el contenido que olvida de
un día para otro. Comprobando que el gas este apagado y la llave de la puerta,
colgada en su sitio.
Ayudarla a vestirse para sacarla
a dar una vuelta, es un acto de sutil reverencia; mientras le preparo la falda
o el pantalón, la camisa o la chaqueta que le gustan, ella, con una dignidad
intacta de la que se niega a claudicar, insiste en desabotonarse sola la bata
de andar por casa. Sus dedos, agarrotados por los años, luchan contra los
ojales. Tarda una eternidad, pero la dejo hacer. Solo cuando noto que la
frustración la vence, le ofrezco mi ayuda, y entonces se abandona,
disculpándose quedamente, con una mano puesta en mi brazo, por
"considerar una molestia el que la ayude". Antes de salir se moja el pelo, se peina
y repeina con coquetería, como si se tratara de un ritual. "Genio y figura".
Ya en la calle, caminamos con cadencia de
saeta, se para cada pocos pasos, y me indica una tienda del barrio de toda la
vida, y me cuenta la historia de algunos vecinos. En realidad se detiene porque
su cuerpo no da para más y dar una paseo le cuesta un mundo. Pero le gusta
alternar, tomarse un café con leche y un bollito, hablar con las personas a las
que pilla casi a traición y por sorpresa. Estas, por cortesía le contestan a
preguntas por las que mandarían a paseo a cualquier otro por indiscretas y atrevidas. A uno
le da cierta vergüenza ajena y tiene que disculparse a cada momento, por la
naturalidad de esa anciana sin filtros que resulta ser mi santa madre.
Una vez en casa de nuevo empieza
el baile entre dos.
–Vamos a ponernos cómodos mamá, y
preparamos la comida ¿te parece? –Y le parece siempre que le deje participar.
Le dejo, no hay más remedio si no quiero que se enfurruñe y me diga lo de, que es
un cero a la izquierda. Por eso la encomiendo tareas menores que no requieren
esfuerzo: remover un sofrito, pelar unos ajos o unos calabacines, trocear unos
pimientos, un par de patatas o una cebolla. Por cierto, compruebo que nunca le
lloran los ojos. Siempre pensé que mamá no era de lágrima fácil hasta que
descubrí que siempre lloraba cuando nadie le veía hacerlo.
Se concentra en la tarea
encomendada como si de ello dependiera el destino de la humanidad. Lo hace para no
sentirse una carga, para aferrarse al recuerdo de esa mujer proveedora que fue
durante décadas. En cuanto uno se descuida, después de comer y aunque no pueda
mantenerse en pie, se escapa de su sillón para ir a fregar los cacharros.
Nuestras conversaciones se han
vuelto un laberinto sin mapa. Es, cuando el talento de intérprete y traductor
le sale a uno de dentro de manera insospechada, como si esa habilidad hubiera
estado latente esperando la oportunidad de lucirse. Me habla de un tren que
nunca tomó en un viaje que nunca realizó, de unos zapatos que le han
desaparecido junto a un juego de sábanas. De personas desconocidas que entran a
quitarle sus cosas, de otras que murieron antes de que yo naciera. Ya no hay lógica
en sus relatos, pero sí una curiosa poesía sin rima, conformada por palabras que
desconozco hasta que las pronuncia. Escucho con devoción sus frases
deshilachadas, asintiendo y celebrando sus recuerdos difusos. He aprendido a
comunicarme sin datos, a leer entre líneas y sobreentender frases hechas, mil
veces repetidas a modo de comodín. Como esa razón filosófica que esgrime de modo sentencioso que reza: "lo más importante en la vida es tener salud, paz y trabajo". Y yo le digo a modo de coletilla: "Y amor, mucho amor".
Lo más doloroso y a la par
hermoso, es su mirada. A veces se pierde en el retrato de mi padre, otras, en
una foto del álbum familiar. Se, que naufraga en las aguas procelosas de su
propia memoria. Está atrapada en un tiempo donde fue la hija, la novia, la
esposa, la madre joven. Cuando el cuerpo no le dolía y era capaz de sacar
adelante a ocho criaturas, realizar todas las tareas que le encomendaban. Siempre
al servicio de su familia y de los que se iban añadiendo en algunos momentos.
Siempre sacrificando sus tiempos personales que no eran muchos y acostumbrada a
no recibir muchos agradecimientos a cambio.
Ayer, domingo ocurrió un milagro cotidiano,
de esos sencillos que ocurren casi siempre de manera imprevista y que por lo
general no somos capaces de captar. Me miró fijamente mientras masajeaba sus
piernas doloridas con una crema de aceite de romero, para aliviarla en la
medida de lo posible. La bruma de su mente se disipó por unos segundos. Sonrió
con una lucidez conmovedora, me acarició la mejilla, sonrió y susurró: «Qué
bueno eres». No supo exactamente cuál de sus hijos era yo, o siquiera si era
uno de ellos, pero reconoció el cariño con el que era tratada.
Después echamos unas partidas a la baraja, siempre apostando caramelos de menta a los que se ha vuelto una adicta, y naturalmente tanto al cinquillo como al parchís siempre es ganadora ella. Unas por su habilidad y otras porque la dejo. Ya no quiero que mi madre en lo que le quede de vida pierda nada más.
Al final, he comprendido que carece de importancia que ella olvide mi nombre, mientras yo mantenga la fuerza suficiente para recordar por los dos, todo aquello que nos vincula.






