De nuevo, nota esa corriente de aire en la espalda que le provoca un
escalofrío, seguro que Adela se dejó la ventana abierta.
Sigue recogiendo la mesa después de haber comido, y piensa entre tanto, en
lo descuidada que se ha vuelto últimamente su esposa, está perdiendo la memoria
a marchas forzadas. Recuerda que hace una semana al bajar la basura, se dejó las
llaves dentro, puestas en la cerradura. Tuvo que pasar media noche en las
escaleras hasta que un vecino le acogió en su casa para al día siguiente llamar
a un cerrajero. Naturalmente tampoco llevaba el móvil encima. En otra ocasión
fue el gas del horno lo que dejó encendido, o aquella otra ocasión en la que se
encontró el agua desbordada de la bañera, inundando el piso.
Deja el plato, el vaso y los cubiertos en la pila para fregarlos en un
rato, pero antes se dirige al dormitorio para comprobar si es desde allí donde
viene ese aire helador que le está dejando tieso. Y efectivamente la ventana
está abierta de par en par con los visillos revoloteando como si fueran velos
de novia y además, la cama sin hacer desde esta mañana.
Regresa a la cocina para fregar los cacharros y se encuentra la luz
encendida, la puerta de la nevera abierta, al igual que el grifo que está
soltando un gran chorro de agua que cae sin control dentro de la pila. Menos
mal que el tapón del desagüe no está puesto.
– ¡Adela! –grita para llamarle la atención a su mujer sobre sus continuados despistes que ya empiezan a resultar peligrosos– y es entonces, cuando cobra conciencia de que ella le abandonó hace unos años dejándole por imposible.





