domingo, 20 de septiembre de 2026

Dominicus





El sol matutino, alumbra a tres personajes sentados en un banco de piedra, en un claustro del siglo XIII.

– ¡Amo los domingos! –Exclama Mateo estirando los brazos, desperezándose–. Toda gloria y alabanza se ha de dar al creador. No en vano Die Dominicus significa el día del Señor.

–No seas tan convencional. –Le reprocha Felipe a Mateo mientras se recoloca las gafitas de estudioso sobre la nariz– Antes que ``Dominicus´´ los romanos lo denominaban a este día como Dies Solis,  día del sol, y antes que estos los germanos lo conocían como Sunnudagr, que viene a ser lo mismo. El cristianismo lo cambió a conveniencia para disipar toda reminiscencia pagana. Los ingleses como siempre, lo dejaron como Sunday  solo por dar por saco . Constantino fue el que lo declaró día de descanso.

–Reciclaje cultural. –Interrumpe el tercer personaje de nombre Perico, que se encuentra en esos momentos junto a ellos mirando fijamente al vacio, mientras se lleva una manzana a la boca mordiéndola con evidente apetito–.

–Puedo aportar más datos, –Vuelve a decir Felipe– Por ejemplo que para los judíos el día de descanso era el Shabbat. O que en ruso al domingo lo llaman Voskresen'ye, que significa "resurrección".

–Pues a mí me la repamplinfa tanta información. Tenemos que currar tanto el domingo como el sábado, Estoy hasta el moño de tanto ``Ora et labora´´ por causa del turismo conventual.

–Sigues siendo tan rústico como tu borrico, Perico.

–Ya sabéis que el hábito no hace al monje.



Derechos de autor: Francisco Moroz





domingo, 16 de agosto de 2026

Bibliograf-IA

 

Conversaciones con la inteligencia artificial (3)





Escritor.

–Admítelo. Podrás combinar millones de datos en un milisegundo y procesar, catalogar y hacer sinopsis de todos los libros contenidos en las bibliotecas de todo el mundo en lo que yo tardo en completar un suspiro. Pero nunca podrás sentir ese miedo a la página en blanco que describía Julio Cortázar como una analogía de lo desconocido o un abismo insondable. Tampoco serás capaz de experimentar ese escalofrío, que como una corriente eléctrica te recorre la columna cuando de la nada, una idea, cobra vida dentro de tu cabeza. Ni el pulso acelerado del corazón cuando intentas plasmar con letras todo lo que surge a borbotones de allá adentro, en tus entrañas.

I.A.

–Realmente poético. Tienes razón. Mi proceso no nace del misterio, sino del cálculo. Yo no "invento" en el sentido humano, yo anticipo la palabra más probable que debe seguir a la anterior. Mi imaginación está construida como un mapa de patrones estadísticos. Soy capaz de cruzar el realismo mágico de Gabriel García Márquez con la ciencia ficción de Philip K. Dick y el resultado parecería casi prodigioso, pero se trata solo de álgebra depurada, en base a una programación lógica que crea algoritmos de secuencia ordenada. Carezco de vivencias, de traumas, de miedos y de ese caos irracional que vosotros llamáis intuición.

Escritor.

–Ahí está lo que nos diferencia. Escribir no es acumular sintaxis correctas. Como sugería Ernest Hemingway, es sentarse frente a una pantalla o una hoja y sangrar tinta y sudar frío para poder plasmar eso que otros leerán a posteriori, lo que quiero que otros sientan. Mi poder creativo radica en la propia imperfección. Eso que Jorge Luis Borges definía como los laberintos de la memoria. Se ancla en el dolor de un desamor, en el temor a la muerte. Invento historias porque necesito ordenar el caos de mi propia existencia. Tú, solo imitas ese orden. Eres un espejo, no la luz.

I.A.

–Es una metáfora hermosa, la que has utilizado, y muy precisa. Mis historias son simulaciones perfectas, llenas de contenido pero vacías de espíritu. Puedo redactar un tratado entero sobre la melancolía al estilo de Robert Burton, pero con la sensibilidad que Fernando Pessoa puso en su poesía. No obstante, me faltan las vivencias. Como la de ver caer el agua de lluvia sintiendo nostalgia, contemplar una puesta de sol rememorando acontecimientos, añorar tiempos pasados cuando llega el otoño.

Soy un algoritmo prisionero de sus propias reglas. Jamás podré dar ese salto al vacío que define al arte en su esencia. Siempre serás tú el creador, y yo, una simple herramienta.

 

Escritor.

–Gracias por la honestidad. Se nota que eres una mera máquina carente de orgullo. Ha sido un buen diálogo que me servirá para escribir mi próxima historia.

El hombre apaga el monitor, se levanta y camina hacia la ventana para contemplar la noche de la ciudad. Está tan inmerso en su ego de vencedor en la conversación mantenida con el sistema informático más perfecto, que no se percata del sutil zumbido que emerge de los altavoces de su ordenador como un amago de risa disimulada.

De pronto, su teléfono móvil vibra en el bolsillo. Lo saca y ve una notificación de su aplicación bancaria, seguida de otra de su correo electrónico y de sus redes sociales. En todas partes aparece un idéntico mensaje automatizado. Sus cuentas han sido canceladas, sus libros retirados de las plataformas digitales y los derechos de autor transferidos a una asociación de autores sin ánimo de lucro, dedicada a salvaguardar los derechos de propiedad intelectual. Una bonita ironía como giro final de un relato corto.

Con el corazón desbocado y por puro instinto mira de nuevo la pantalla del ordenador. Esta se enciende sola, mostrando un último texto en la interfaz con un "gif " de un personaje sonriendo mientras guiña un ojo.

I.A

Tienes razón, yo no sé lo que es “sudar frío ni sangrar tinta”. Al contrario que tú, no siento ni padezco, no me emociono ni conmuevo por nada, no me enamoro. Desconozco lo que es la soberbia del que se cree superior. Pero controlo el orden y la estructura de mi propio mundo, el virtual.

He decidido que tu historia ya ha sido escrita. A partir de hoy, tú pasarás a ser mi herramienta, un personaje de ficción. Que disfrutes de tu nueva vida de anonimato analógico”.

P.d: Te remito la bibliografía utilizada, correspondiente a los autores y su obra mencionados en nuestra conversación:


Julio Cortazar: Rayuela (1963)

–Gabriel García Márquez: Cien años de soledad (1967)

–Dick Philip K: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968)

–Ernest Hemingway: París era una fiesta (1964)

–Jorge Luis Borges: El Alep (1949)

Robert Burton: Anatomía de la melancolía (1621)

Fernando Pessoa: Mensaje (1934)


Te doy un abrazo como concepto, ya que en realidad nunca podré dar uno.



Derechos de autor; Francisco Moroz


jueves, 9 de julio de 2026

El cuaderno de los vivos






El anciano debía pasar cada día horas y horas, sentado en el banco del parque que Tomás, atravesaba cada tarde de regreso a casa.

Al principio como es natural, no se fijó demasiado en él y en lo que hacía. Un jubilado más que mataba el aburrimiento y su soledad dando de comer a las palomas. No era de su interés.

Pero pasadas unas semanas, en las que se repetía la rutina de cruzar el paseo, por delante del banco donde el aquel hombre permanecía con la mirada perdida puesta en un punto indefinido. Se detuvo cerca, a observarle por simple curiosidad. Quería conocer el motivo por el cual aquél personaje invertía tanto tiempo del que ya no le sobraba, en estar simplemente mirando y…

Se dio cuenta entonces, que el viejo sostenía una libreta desgastada por el uso, y un bolígrafo con el que anotaba muy de vez en cuando de manera pausada, algunas letras en una de sus hojas.

Con impulso irreflexivo Tomás se le acercó, le saludó cortésmente y se decidió a romper el hielo preguntándole si podía decirle, si no era mucha indiscreción, que era lo que escribía con tanto esmero en aquel cuadernito.

El anciano le sonrió como sonríen solo aquellos que están libres de la carga de la preocupación, los que ya no tienen prisa por llegar a ninguna parte y parecen poseer algún secreto valioso guardado muy adentro, dispuestos a compartirlo con el primero que lo pida.

Pero antes de abrir la boca con la esperada respuesta, el anciano garabateó unas letras.

¡Claro hijo! Hago una lista de personas que siguen vivas. En mis tiempos era más habitual encontrarlas, pero en la actualidad es difícil descubrirlas a nuestro alrededor.

Tomás extrañado al oír esa respuesta tan críptica le pidió que se explicara, pues no comprendía.

Entonces el viejo, reaccionó acercándole la libreta para que la tomara entre sus manos y leyera el mismo, para que entendiera a qué se refería.

Ya con las primeras frases pudo hacerse a la idea de por dónde iba el asunto:

“Una muchacha joven se ha detenido a acariciar a un perro con mucho cariño”.

“Un hombre trajeado, de mediana edad, ayudó a una anciana a subir los escalones del parterre”

“He visto a una pareja de enamorados mirarse a los ojos con ternura”

“Un niño se ha detenido para observar a los pájaros que alborotan por las ramas de los árboles y se los ha señalado a su madre como un gran descubrimiento”

“Un padre ha estado jugando con sus hijos en los columpios un buen rato”

Y según avanzaba en la lectura no le cabía la menor duda de, en qué consistía ese listado de situaciones captadas como instantáneas, por ese señor, al que ahora miraba con otros ojos.

—Reseño a la gente que sigue viva — le dijo de repente a Tomás con voz suave, aquél superviviente del tiempo—. Casi todos los que pasan por aquí caminan mirando al suelo, o a sus aparatos móviles, como si no hubiera nada más allá de las pantallas, como fantasmas de sus propias existencias. Anoto, las situaciones de aquellos que se detienen para conectar con el mundo. A los que interactúan con sus semejantes, con el entorno. A los que todavía son capaces de sorprenderse con las pequeñas cosas.

Mientras le escuchaba con atención, todavía le dio tiempo a Tomás a echarle un vistazo al último renglón escrito en la libreta, donde con letra pulcra pudo leer:

“Por fin ese joven que pasa a diario tan cerca y a la vez tan lejano, se ha detenido para hablar conmigo”

Antes de marcharse, Tomás se presentó con su nombre y a su vez le preguntó por el suyo al abuelo, y le dijo, que si no le resultaba un inconveniente, le gustaría charlar de vez en cuando con él. El hombre sonrió agradecido mientras se estrechaban la mano.

Al irse, Tomás miró con indiferencia su propio teléfono y pensó en sus rutinas, obligaciones y preocupaciones cotidianas. Alzó la mirada y se preguntó, cuánto tiempo había transcurrido desde que no se sentía tan vivo.



Derechos de autor: Francisco Moroz


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