domingo, 20 de enero de 2019

Querida muchacha





"Todavía late mi corazón cuando te recuerdo, quiero traerte a la memoria y dejar plasmado nuestro encuentro en estas letras.
Quisiera haberte comunicado lo mucho que me hubiera gustado hablar contigo, conocerte un poquito, saber algo de tu vida. Soy consciente de que nunca las leerás, pero quién sabe, el mundo es pequeño y el destino incierto.

Desde que te vi en aquél andén esperando un tren que te alejaría de mí para siempre, me interesé por tu presencia, puro contraste entre la agitación del resto de personas que se movían de forma frenética con un destino incierto. Me resultaba tan atractiva tu serenidad, que no podía apartar la vista de tu figura.

Me pareciste concentrada en un pensamiento intangible, desamparada ante el ajetreo cotidiano. Pareciera en aquel momento que ambos hubiéramos sido invisibles para el resto de mortales. Congelados en ese instante por las agujas detenidas del reloj de la estación.
La verdad, es que mis ojos solo los tenía puestos en ti cuando me sorprendiste con los tuyos.
Te vi preciosa, envuelta en esa aparente fragilidad que te adornaba mientras leías un libro, acariciando unos renglones con la mano. Me pareció vislumbrar una emoción en forma de lágrima resbalando por tu mejilla, me hubiera gustado en ese momento estrecharte en un abrazo, para protegerte de esa tristeza que presentí te invadía.
¿Qué es lo que la provocaba?

Hubiera querido compartir contigo el dolor que te embargaba, tus recuerdos, tus heridas. Pero temí acercarme y asustarte con mi presencia inesperada.
Un extraño que se aproxima de pronto e invade nuestro espacio, no es bienvenido y origina un rechazo instintivo.
Si hubiéramos coincidido en otro lugar con más calma, con más tiempo; te hubiera explicado la atracción inusitada que ejerciste en mi solitaria existencia y de seguro, te confieso, no hubiera sido capaz de encontrar ninguna excusa en mi existencia por la cual abandonarte. Seguramente hubiéramos compartido nuestras historias, nuestras horas, toda una vida.

Me conformé con esa luminosa sonrisa que me dedicaste, poco antes de partir…



Amanda acaricia esos renglones que la hacen llorar de pura emoción cada vez que llega a ellos. Ha vuelto a leerlos, como tantas otras veces. Como ahora mismo, mientras espera el tren que la llevará lejos de su casa. Se puede decir que después de acabar la carrera se ha convertido en emigrante. Alguien que tendrá que buscarse la vida a muchos kilómetros de donde se presupone debería haber encontrado trabajo y la felicidad junto a los suyos.

Ha tenido que tomar decisiones y abandonar muchas cosas, pero ese libro que sujeta en las manos no es una de ellas. Es su mejor posesión. Un libro que encuadernó su padre con las memorias que dejó escritas el abuelo, al que apenas conoció, pues murió siendo una niña.
Siempre le pareció que ciertos pasajes habían sido escritos solo para ella, y eso la acercaba a su figura, le mostraba su personalidad y le perfilaba su carácter. Se sentía animada por él en esta su propia aventura, que les ponía a ambos en una misma situación.

Es curioso, cuando mira hacia uno de los lados, sorprende a un anciano que sentado en uno de los bancos del andén la dedica una mirada cariñosa cuajada de curiosidad, pero a la vez pintada de cierta timidez, como si le hubiera sorprendido en falta y no quisiera asustarla. Le sonríe antes de levantarse para dirigirse a su vagón.

Ya en su asiento vuelve a abrir el libro por la página en la que había dejado la lectura.



 “…Te contaría que yo pasé por una estación para coger un tren que me llevaría lejos de mi tierra, lejos de todos a los que amaba. Te narraría las soledades a las que me enfrenté y las penurias que padecí.
Tuve que dejar atrás todo aquello con lo que me identificaba: A mis padres y hermanos. Mi tierra y sus campos. Mi casa, el entorno conocido del pueblo que me había visto nacer. Pero el hambre y la necesidad de forjar un futuro me hicieron partir allá donde presuponía encontraría un poco de esperanza.

Pasaron muchos años de exigencias y sacrificios. De renuncias y pérdidas y por fin, pude volver para reencontrarme con todo aquello que tuve que abandonar.
Nada de aquello que dejé era lo mismo. Algunas cosas seguían allí de forma aparente, pero sin esencia, sin esa patina de serenidad, sin ese aparente espíritu de resignación y esa amorosa aceptación ante lo ineludible. Es como si todo lo hubieran remozado con una capa de pintura que lo hiciera brillar de manera artificial.

Tuve que rehacerlo casi todo de nuevo, crear una nueva familia en otro lugar, buscar ilusiones nuevas y motivos para tenerlas.

Ahora que va llegando el momento de la despedida definitiva, lloro como un niño al que le robaron lo mejor de la infancia pues sé que este otro tren, es el último que cogeré, sin retorno ni vuelta atrás.
Me hubiera gustado conocerte mejor, muchacha del andén, aunque quién sabe si nuestros destinos caprichosos no nos vuelven a hacer coincidir en algún tren, de esos a los que todos subimos y bajamos de continuo.

Estoy seguro que sabría reconocerte entre todos y entonces a lo mejor, sería capaz de acercarme a ti para contarte alguno de mis recuerdos…”




Amanda vuelve a cerrar el libro mientras el tren se pone en movimiento y su llanto se desborda. 
El anciano continúa sentado y la ve alejarse desde el otro lado de la ventanilla, mientras pone una mano sobre su boca soplando un beso al aire dirigido solo a ella. 

Derechos de autor: Francisco Moroz

lunes, 7 de enero de 2019

Calumnia






Para que luego digan que los monstruos somos nosotros. Siempre fueron ellos y lo saben., pero se ocultan tras la sombra con nombres inciertos.

Estamos de acuerdo que somos asesinos y verdugos.
Los que exanguinamos, destripamos, decapitamos, empalamos, mutilamos, estrangulamos, descuartizamos y otras muchas lindezas similares. 
Pero os aseguro que no las hacemos por gusto. Otras manos son las que escriben el guión, y otras voluntades las que dictan estos actos impropios de personas civilizadas como nosotros. Involucrándonos, en un ciclo continuo de despropósitos.

Por ello, estamos creando un sindicato para defender nuestra honorabilidad frente a todos esos escritores abyectos de novelas de terror, que nos someten a sus caprichos y manipulaciones.

Derechos de autor: Francisco Moroz



viernes, 21 de diciembre de 2018

El verdadero sentido de la Navidad



Con este relato me despido hasta después de todos los eventos navideños. Unas fiestas que no tendrán sentido si no ponemos de nuestra parte.

El espíritu de la Navidad lo aportamos nosotros acompañando, escuchando, compartiendo con los que lo necesitan.
Regalando una sonrisa sincera, reconciliándonos con la vida y nuestras limitaciones.

Vinimos al mundo para ser felices, y en estos días se nos da la oportunidad para brindar por ello.
seamos asertivos y generosos, lo demás se nos dará por añadidura.

A los seguidores, compañeros de letras, amigos y a los que se pasan por casualidad por este blog de vez en cuando, les deseo unas muy ¡Felices fiestas!





Ya llegó la repetitiva y aburrida fiesta marcada de rojo casi al final del calendario.

Árboles encendidos con multitud de bombillitas, adornados con guirnaldas y bolas de colores. Mesas puestas con manteles de hilo bordados a mano, y un despliegue excesivo de manjares dulces y salados puestos sobre ellos.

Cubertería de plata, vajilla de porcelana, vasos de cristal fino reservados solamente para las grandes ocasiones. Copas para champán con las que brindar por infinidad de cosas que realmente no se desean a los enemigos y en muchos casos ni tan siquiera a los amigos.

Estoy saturado de tanta hipocresía, de tanto despilfarro innecesario basándose en una celebración inspirada por un espíritu navideño que no siento como parte mía. Estoy más que harto de estas pueriles memeces características de personas inmaduras que todavía son capaces de creer en cuentos como el de los reyes magos y en fábulas como la de un dios que se hizo niño.

Las calles iluminadas como en carnaval, explosiones continuas de petardos y fuegos artificiales al igual que un cuatro de julio.
Los belenes presentes como las setas en muchos escaparates y casas, representando un misterio que soy incapaz de desentrañar.

Y melodías angelicales interpretadas a todas horas por coros de niños con voz de pito. Villancicos ñoños con estribillos superficiales que hablan de noches de paz y amor, y otras milongas, como peces que beben en un río, burras chocolateras y campanas una encima de la otra.

Tarjetas postales con paisajes nevados, trineos alemanes o suecos, y casas encendidas más propias de Estados Unidos donde lo exageran todo hasta el infinito. Todo para intentar transmitir mensajes positivos que nadie practica durante el resto del año.

A eso, añadimos las cenas de empresa con jefes a los que odias y compañeros a los que no puedes ni ver porque te critican, 
las reuniones de familia para encontrarte a los cuñados con los que no te hablas y primos a los que envidias soberanamente, la lotería que nunca toca y amigos invisibles con detalles que nunca satisfacen. 

Por todo ello estas fiestas pueden llegar a ser insoportables si no fuera por el único elemento que me permite dar sentido a todo y no perder la fe.

Me refiero a Papá Noel y a sus renos mágicos que sobrevuelan la ciudad. Ese gordito relleno de guata para poder soportar las bajas temperaturas de Finlandia. Siempre con su entrañable ¡Ho,ho,ho! Rodeado de duendes y elfos que consiguen mantenerme alerta toda la noche, solamente por intentar descubrir sus presencias en la azotea, mientras buscan una chimenea inexistente, pues yo vivo en un bajo. Pero ellos ya lo saben y encuentran como entrar. La espera, la interrogante de, que será lo que me dejarán dentro del calcetín, es una ilusión que no me puede quitar nadie.
Tengo la certeza, aunque mi mujer se empeñe en contradecirme, que los regalos, son los confeccionados por ellos mismos en sus talleres de Laponia.

Por eso, y por la CocaCola bien fresquita con la que acompaño las hamburguesas y las Pringles en la cena de Noche Buena, es por lo que mantengo vivo el espíritu navideño. Eso si que es la esencia, la chispa de las fiestas, lo demás es pura fanfarria y banalidad inventada por los grandes centros comerciales, que aprovechan la ingenuidad de las buenas gentes para beneficio propio.


Derechos de autor: Francisco Moroz

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