sábado, 3 de octubre de 2026

Los días que pierdo mi nombre



                                               


Mamá ya no me conoce por mi nombre. A veces me llama con el de uno de mis hermanos, otras me convierto en mi padre, que falleció hace ocho años, y algunos domingos soy alguien de su pueblo, o un perfecto desconocido que le sostiene la mano con demasiada familiaridad mientras sigue con atención su narrativa descabalada.

Si alguien carece de nombre propio, siente que esa desmemoria es un lapsus en su propia historia, que no es nadie. En cambio, yo estoy aprendiendo a rellenar los silencios y habitar los recuerdos de mi madre. A entender que el amor no entiende de documentos de identidad pero que si requiere de mucha paciencia y comprensión. Lo aprendo, cada vez que la acompaño en su fragilidad.

Nuestras mañanas de sábado tienen un ritmo casi coreográfico, me recibe como a una visita de cierta importancia; como ``gente de categoría´´ que dice ella. Después quedito va cogiendo confianza y comienza a desgranar su semana junto a la muchacha que la cuida.

 En realidad la cuidadora se siente desbordada después de los cinco días que pasa junto a ella, pues mi madre fue y sigue siendo una mujer de carácter. Su pretensión es seguir llevando la casa, organizar los momentos y marcar los tiempos de cada uno de los que están en torno a ella. Confieso que en muchas ocasiones te agota con su ritmo imparable, para a continuación quejarse de que le duelen las piernas o los brazos; cuando el que termina derrengado, es el que pretende seguirla mientras corretea con el andador por toda la casa, abriendo y cerrando armarios y cajones, haciéndote bajar y subir cajas para ver el contenido que olvida de un día para otro. Comprobando que el gas este apagado y la llave de la puerta, colgada en su sitio.

Ayudarla a vestirse para sacarla a dar una vuelta, es un acto de sutil reverencia; mientras le preparo la falda o el pantalón, la camisa o la chaqueta que le gustan, ella, con una dignidad intacta de la que se niega a claudicar, insiste en desabotonarse sola la bata de andar por casa. Sus dedos, agarrotados por los años, luchan contra los ojales. Tarda una eternidad, pero la dejo hacer. Solo cuando noto que la frustración la vence, le ofrezco mi ayuda, y entonces se abandona, disculpándose quedamente, con una mano puesta en mi brazo, por "considerar una molestia el que la ayude". Antes de salir se moja el pelo, se peina y repeina con coquetería, como si se tratara de un ritual. "Genio y figura".

Ya en la calle, caminamos con cadencia de saeta, se para cada pocos pasos, y me indica una tienda del barrio de toda la vida, y me cuenta la historia de algunos vecinos. En realidad se detiene porque su cuerpo no da para más y dar una paseo le cuesta un mundo. Pero le gusta alternar, tomarse un café con leche y un bollito, hablar con las personas a las que pilla casi a traición y por sorpresa. Estas, por cortesía le contestan a preguntas por las que mandarían a paseo a cualquier otro por indiscretas y atrevidas. A uno le da cierta vergüenza ajena y tiene que disculparse a cada momento, por la naturalidad de esa anciana sin filtros que resulta ser mi santa madre.

Una vez en casa de nuevo empieza el baile entre dos.

–Vamos a ponernos cómodos mamá, y preparamos la comida ¿te parece? –Y le parece siempre que le deje participar. Le dejo, no hay más remedio si no quiero que se enfurruñe y me diga lo de, que es un cero a la izquierda. Por eso la encomiendo tareas menores que no requieren esfuerzo: remover un sofrito, pelar unos ajos o unos calabacines, trocear unos pimientos, un par de patatas o una cebolla. Por cierto, compruebo que nunca le lloran los ojos. Siempre pensé que mamá no era de lágrima fácil hasta que descubrí que siempre lloraba cuando nadie le veía hacerlo. 

Se concentra en la tarea encomendada como si de ello dependiera el destino de la humanidad. Lo hace para no sentirse una carga, para aferrarse al recuerdo de esa mujer proveedora que fue durante décadas. En cuanto uno se descuida, después de comer y aunque no pueda mantenerse en pie, se escapa de su sillón para ir a fregar los cacharros.

Nuestras conversaciones se han vuelto un laberinto sin mapa. Es, cuando el talento de intérprete y traductor le sale a uno de dentro de manera insospechada, como si esa habilidad hubiera estado latente esperando la oportunidad de lucirse. Me habla de un tren que nunca tomó en un viaje que nunca realizó, de unos zapatos que le han desaparecido junto a un juego de sábanas. De personas desconocidas que entran a quitarle sus cosas, de otras que murieron antes de que yo naciera. Ya no hay lógica en sus relatos, pero sí una curiosa poesía sin rima, conformada por palabras que desconozco hasta que las pronuncia. Escucho con devoción sus frases deshilachadas, asintiendo y celebrando sus recuerdos difusos. He aprendido a comunicarme sin datos, a leer entre líneas y sobreentender frases hechas, mil veces repetidas a modo de comodín. Como esa razón filosófica que esgrime de modo sentencioso que reza: "lo más importante en la vida es tener salud, paz y trabajo". Y yo le digo a modo de coletilla: "Y amor, mucho amor".

Lo más doloroso y a la par hermoso, es su mirada. A veces se pierde en el retrato de mi padre, otras, en una foto del álbum familiar. Se, que naufraga en las aguas procelosas de su propia memoria. Está atrapada en un tiempo donde fue la hija, la novia, la esposa, la madre joven. Cuando el cuerpo no le dolía y era capaz de sacar adelante a ocho criaturas, realizar todas las tareas que le encomendaban. Siempre al servicio de su familia y de los que se iban añadiendo en algunos momentos. Siempre sacrificando sus tiempos personales que no eran muchos y acostumbrada a no recibir muchos agradecimientos a cambio.

Ayer, domingo ocurrió un milagro cotidiano, de esos sencillos que ocurren casi siempre de manera imprevista y que por lo general no somos capaces de captar. Me miró fijamente mientras masajeaba sus piernas doloridas con una crema de aceite de romero, para aliviarla en la medida de lo posible. La bruma de su mente se disipó por unos segundos. Sonrió con una lucidez conmovedora, me acarició la mejilla, sonrió y susurró: «Qué bueno eres». No supo exactamente cuál de sus hijos era yo, o siquiera si era uno de ellos, pero reconoció el cariño con el que era tratada.

Después echamos unas partidas a la baraja, siempre apostando caramelos de menta a los que se ha vuelto una adicta, y naturalmente tanto al cinquillo como al parchís siempre es ganadora ella. Unas por su habilidad y otras porque la dejo. Ya no quiero que mi madre en lo que le quede de vida pierda nada más. 

Al final, he comprendido que carece de importancia que ella olvide mi nombre, mientras yo mantenga la fuerza suficiente para recordar por los dos, todo aquello que nos vincula.



Derechos de autor: Francisco Moroz





viernes, 25 de septiembre de 2026

¡Al loro! Yo controlo






El lunes el bicho me miraba con desprecio desde su percha mientras me disponía a esnifar un par de rayas, no emitió sonido alguno, pero me dio por pensar que me juzgaba,

El martes empezó a hablarme en castellano con acento murciano y en ocho idiomas diferentes incluida alguna lengua muerta. En todas ellas me recriminaba lo que estaba haciendo con mi salud.

El miércoles lo pillé curioseando por encima de mi hombro, mientras yo rellenaba el formulario de la declaración de la renta en mi portátil. Sin esperarlo me gritó: "Las drogas que consumes no son deducibles chaval”.

El jueves estuve viendo una película de misterio y a los veinte minutos me indicó al culpable de que un personaje muriera por sobredosis. Empecé a entrar en paranoia y tuve que fumarme un  par de “tripis” para tranquilizarme.

El viernes el increíble plumífero me recomendó que buscara una María de nombre propio y abandonara esa otra mierda que me estaba metiendo. Me empecé a obsesionar con el tema y me tomé unas “pastis” de éxtasis que me relajaron por completo.

Del sábado solo recuerdo el estar en una cama de hospital, entubado y con respiración asistida. Desde el soporte del portasuero mi mascota emplumada me miraba con indiferencia repitiendo bajito como un mantra: “De aquellos polvos blancos vienen estos lodos amargos, querido”.

Hoy es domingo, después de cuatro meses de terapia me atrevo a confesar mi adicción, y la razón de que lleve un loro en mi hombro. Otros, llevan “Pepitos grillo”



Derechos de autor: Francisco Moroz






domingo, 20 de septiembre de 2026

Dominicus




El sol matutino, alumbra a tres personajes sentados en un banco de piedra, en un claustro del siglo XIII.

– ¡Amo los domingos! –Exclama Mateo estirando los brazos, desperezándose–. Toda gloria y alabanza se ha de dar al creador. No en vano Die Dominicus significa el día del Señor.

–No seas tan convencional. –Le reprocha Felipe a Mateo mientras se recoloca las gafitas de estudioso sobre la nariz– Antes que ``Dominicus´´ los romanos lo denominaban a este día como Dies Solis,  día del sol, y antes que estos los germanos lo conocían como Sunnudagr, que viene a ser lo mismo. El cristianismo lo cambió a conveniencia para disipar toda reminiscencia pagana. Los ingleses como siempre, lo dejaron como Sunday solo por dar por saco . Constantino fue el que lo declaró día de descanso.

–Reciclaje cultural. –Interrumpe el tercer personaje de nombre Perico, que se encuentra en esos momentos junto a ellos mirando fijamente al vacío, mientras se lleva una manzana a la boca mordiéndola con evidente apetito–.

–Puedo aportar más datos, –Vuelve a decir Felipe– Por ejemplo que para los judíos el día de descanso era el Shabbat. O que en ruso al domingo lo llaman Voskresen'ye, que significa "resurrección".

–Pues a mí me la repamplinfa tanta información. Tenemos que currar tanto el domingo como el sábado, Estoy hasta el moño de tanto ``Ora et labora´´ por causa del turismo conventual.

–Sigues siendo tan rústico como tu borrico, Perico.

–Ya sabéis que el hábito no hace al monje.



Derechos de autor: Francisco Moroz





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