jueves, 9 de julio de 2026

El cuaderno de los vivos






El anciano debía pasar cada día horas y horas, sentado en el banco del parque que Tomás, atravesaba cada tarde de regreso a casa.

Al principio como es natural, no se fijó demasiado en él y en lo que hacía. Un jubilado más que mataba el aburrimiento y su soledad dando de comer a las palomas. No era de su interés.

Pero pasadas unas semanas, en las que se repetía la rutina de cruzar el paseo, por delante del banco donde el aquel hombre permanecía con la mirada perdida puesta en un punto indefinido. Se detuvo cerca, a observarle por simple curiosidad. Quería conocer el motivo por el cual aquél personaje invertía tanto tiempo del que ya no le sobraba, en estar simplemente mirando y…

Se dio cuenta entonces, que el viejo sostenía una libreta desgastada por el uso, y un bolígrafo con el que anotaba muy de vez en cuando de manera pausada, algunas letras en una de sus hojas.

Con impulso irreflexivo Tomás se le acercó, le saludó cortésmente y se decidió a romper el hielo preguntándole si podía decirle, si no era mucha indiscreción, que era lo que escribía con tanto esmero en aquel cuadernito.

El anciano le sonrió como sonríen solo aquellos que están libres de la carga de la preocupación, los que ya no tienen prisa por llegar a ninguna parte y parecen poseer algún secreto valioso guardado muy adentro, dispuestos a compartirlo con el primero que lo pida.

Pero antes de abrir la boca con la esperada respuesta, el anciano garabateó unas letras.

¡Claro hijo! Hago una lista de personas que siguen vivas. En mis tiempos era más habitual encontrarlas, pero en la actualidad es difícil descubrirlas a nuestro alrededor.

Tomás extrañado al oír esa respuesta tan críptica le pidió que se explicara, pues no comprendía.

Entonces el viejo, reaccionó acercándole la libreta para que la tomara entre sus manos y leyera el mismo, para que entendiera a qué se refería.

Ya con las primeras frases pudo hacerse a la idea de por dónde iba el asunto:

“Una muchacha joven se ha detenido a acariciar a un perro con mucho cariño”.

“Un hombre trajeado, de mediana edad, ayudó a una anciana a subir los escalones del parterre”

“He visto a una pareja de enamorados mirarse a los ojos con ternura”

“Un niño se ha detenido para observar a los pájaros que alborotan por las ramas de los árboles y se los ha señalado a su madre como un gran descubrimiento”

“Un padre ha estado jugando con sus hijos en los columpios un buen rato”

Y según avanzaba en la lectura no le cabía la menor duda de, en qué consistía ese listado de situaciones captadas como instantáneas, por ese señor, al que ahora miraba con otros ojos.

—Reseño a la gente que sigue viva — le dijo de repente a Tomás con voz suave, aquél superviviente del tiempo—. Casi todos los que pasan por aquí caminan mirando al suelo, o a sus aparatos móviles, como si no hubiera nada más allá de las pantallas, como fantasmas de sus propias existencias. Anoto, las situaciones de aquellos que se detienen para conectar con el mundo. A los que interactúan con sus semejantes, con el entorno. A los que todavía son capaces de sorprenderse con las pequeñas cosas.

Mientras le escuchaba con atención, todavía le dio tiempo a Tomás a echarle un vistazo al último renglón escrito en la libreta, donde con letra pulcra pudo leer:

“Por fin ese joven que pasa a diario tan cerca y a la vez tan lejano, se ha detenido para hablar conmigo”

Antes de marcharse, Tomás se presentó con su nombre y a su vez le preguntó por el suyo al abuelo, y le dijo, que si no le resultaba un inconveniente, le gustaría charlar de vez en cuando con él. El hombre sonrió agradecido mientras se estrechaban la mano.

Al irse, Tomás miró con indiferencia su propio teléfono y pensó en sus rutinas, obligaciones y preocupaciones cotidianas. Alzó la mirada y se preguntó, cuánto tiempo había transcurrido desde que no se sentía tan vivo.



Derechos de autor: Francisco Moroz


miércoles, 1 de julio de 2026

Una escena cotidiana

 

                                        



Madrid. Durante el año del Señor de 1656, el viento azota los ventanales de la Galería del Cuarto del Príncipe en el viejo Alcázar Real, mientras Don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, se halla perfilando los últimos detalles de la que de momento será su última obra. Permanece inmóvil ante el descomunal lienzo. En su mano izquierda sostiene la paleta, en la derecha, el pincel suspendido en el aire, como si la duda le hubiese perturbado de repente.

A pocos pasos, Fray Juan Martínez Grima, un erudito dominico que sirve en la corte como confesor de los reyes, observa la escena con respetuoso silencio. Ha acudido al taller atraído por los persistentes rumores que circulan entre los cortesanos: se comenta que el pintor de cámara no está ejecutando un simple retrato familiar. Un cuadro, donde fácilmente puede esconderse la herejía, lo inconveniente, lo escandaloso. Pero no consigue ver nada de eso, aunque algo le inquieta en la composición de las figuras. En el orden, en la disposición, en sus posturas, en los elementos discordantes que no encajan del todo en una escena cotidiana.

Se atreve pues a preguntar al pintor, con el cual, mantiene una relación de respetuosa admiración.

— ¿Qué es lo que verdaderamente pintáis, Don Diego? — mientras, señala el lienzo —. En los mentideros de la Villa se afirma que os pasáis muchas horas embebido en esta vuestra creación. A los familiares del tribunal del Santo Oficio los tiene vos harto alterados al imaginarse lo que no parece ser.

Velázquez no gira la cabeza. Su mirada, absorta, continua fija en un punto indeterminado, justo en el espacio vacío donde un posible espectador podría pararse siglos más tarde a contemplar, a contemplarle, pues en ese momento es cierto, está dando unos toques a su autorretrato.

—Pinto lo que veo, Padre —responde con voz pausada—. A veces, pinto lo que está implícito en la luz.

El fraile se acerca a la pintura, examinando los personajes con recelo. En el centro, la infanta Margarita resplandece en su inocencia con su vestido blanco, rodeada por dos de sus damas en actitud respetuosa. A la derecha, la enana Mari Bárbola y el joven Nicolasito Pertusato, quien, seguramente aburrido, incordia al mastín adormecido. Al fondo, en la penumbra, una puerta abierta recorta la silueta de José Nieto, el aposentador de la reina, inmóvil en los escalones. Allí parecen converger todas las líneas de fuga.

—Hay un orden profano en este cuadro —murmura el fraile. Si se traza una línea imaginaria uniendo las cabezas y los corazones de la infanta y sus meninas, queda representada la constelación de la Corona Borealis. Y la estrella central, la más brillante, cae exactamente sobre la frente de la niña y se llama como ella. ¿Desde cuándo el pintor del Rey se consagra a la astronomía?

Velázquez esboza una leve sonrisa y da respuesta.

—La astronomía es matemática, Fray Juan, y esta, es la lengua de Dios. Si la infanta es el centro del cielo en esta tela, es porque ella sostiene el destino de este imperio moribundo. No busquéis demonios donde solo hay perspectiva. También podréis descubrir la proporción áurea de Leonardo de Pisa si sois perspicaz, y no hay heterodoxia en ello.

— ¿Y qué me decís del espejo?  Si nos situamos donde vos estáis, no debería reflejar a los reyes, pues ellos no están dentro del cuarto. Para que ese reflejo sea exacto en las leyes de la óptica, los monarcas tendrían que estar parados justo enfrente de donde nos hallamos.

—Así es —admitió Velázquez, sin desviar la mirada.

— ¡Es una osadía! —Exclama el dominico—. Obligáis en cierta manera a Su Majestad, a convertirse en el espectador de sus propios criados. Peor aún: habéis pintado un mundo donde lo real es invisible y lo reflejado solo es presentido.

Velázquez da un paso atrás y, por primera vez, mira fijamente al clérigo. Sus ojos reflejan  una lucidez de quien intuye que su final está cercano—No es soberbia, Padre. Es la única certeza que tenemos. Los reinos pasan, los hombres mueren consumidos en el polvo. Solo quedan las buenas obras, el arte, los libros. En definitiva, pinto en el aire de una estancia la luz y la sombra. Una no es posible sin la otra. Después el conjunto lo ocupo con formas perennes.

La pintura no es oficio de artesano, es algo más sublime. Piense por un instante que cuando los que nos precedan en el siglo nos contemplen, a su vez, serán escrutados por nuestras miradas, la de los que habitaremos el lienzo por siempre, haciéndonos en cierta medida, inmortales.

Fray Juan guarda silencio, abrumado por la profundidad de la respuesta. Comprende que no habrá juicio por posible herejía capaz de destruir aquella obra tan sublime; la pintura misma, considera, es un templo absoluto donde se han reescrito ciertas reglas no solo estéticas. Da media vuelta y abandona el taller sin decir una palabra más.

Don diego Velázquez, a solas con sus personajes, levanta de nuevo el pincel y continua pintando su propia mirada llena de curiosidad, como indagando quién le contemplará en los siglos venideros concentrado en su arte.

Quizá su genio visionario no solo esté pintando el aire, el espacio y las formas, con pinceladas de luz y sombra que dan volumen, creando la ilusión de una tercera dimensión a la composición. Tal vez, también esté pintando el tiempo.



Derechos de autor: Francisco Moroz




Click en el enlace y escucharás una canción relacionada con el tema

https://drive.google.com/file/d/19JKZX9KD6fHG-V12EUu-NIWxn-1D80fy/view?usp=drive_link








jueves, 25 de junio de 2026

Diplomac-IA

 

 Conversaciones con la IA (2)

 


–Diplomático. Estimada IA.

Necesito que me redactes un discurso moderado y convincente, pero a su vez  tajante y contundente,  para el encuentro que tendré mañana con el presidente de la república rabanera de Arkabán. Que no deja de ser un tirano banderas de turno en un país que no toca ni pitos ni flautas dentro de la gran orquesta global.

Necesito que sea, metafóricamente hablando, un campo de minas retórico perfectamente camuflado de jardín de rosas.

El dirigente de esa nación es el mismo que el mes pasado intentó anexionarse un islote deshabitado alegando que ese pedazo de roca en medio de la nada, podía significarse como un enclave geoestratégico de primer orden, óptimo para desplegar un proyecto mega estructural sin precedentes, y eso sin dar muchos más detalles al respecto de lo que carajo significa eso y que es lo que realmente pretende montar allí, si una base de misiles o un parque temático de los “Lunnis”.

El objetivo del discurso es simple: disuadir al tipejo de sus pretensiones expansionistas sin ofenderle ni levantar la liebre de nuestros propios objetivos. A su vez, debo quedar como un emisario generoso, conciliador y profundamente convencido de que la "histórica amistad" de nuestros dos países será motivo suficiente para derribar escollos que pudieran interferir en nuestra fluida relación.

 

IA. Apreciado comisionado. Le propongo de manera escueta la siguiente plantilla que le podrá servir como guía, para un discurso más amplio, según se den las circunstancias del encuentro, y el cariz que vaya tomando sobre la marcha el asunto a tratar.

 

*El Saludo: Puede comenzar alabando " la audaz visión geoestratégica" del gobernante de Arkabán. Es un eufemismo maravilloso. El susodicho pensará que dicho elogio referido a su liderazgo como presidente, es una buena manera de reconocer su valía. El resto de la sala sabrá, que al déspota individuo se le está calificando como descerebrado y temerario impredecible.

*La Cooperación Bilateral: Haga una mención emotiva a los tratados comerciales de ambos países. Especialmente al del año pasado, donde les vendieron tecnología obsoleta a precio de oro. Diga algo así como: “Nuestros lazos comerciales son tan firmes que resisten incluso el peso de los desequilibrios endógenos mutuos” que se traduce como un: gracias por financiarnos el superávit, pardillos”.

*El Conflicto Fronterizo: Aquí necesitamos un triple salto de fe, mortal y con tirabuzón invertido.

A su agresiva política de expansión puede referirse como "un vibrante entusiasmo por la geopolítica territorial". Eso le encantará. Añada que admira su "capacidad para ver fronteras donde el resto del mundo solo ve derecho internacional". Si esta diatriba la acompaña con una sonrisa lo suficientemente amplia, parecerá un cumplido significativo hacia el engreído personaje.

*El Cierre: En un brindis (al sol, naturalmente)

Puede desear que el mandato del estadista en cuestión sea "tan largo y memorable como sus intervenciones en Naciones Unidas". Es perfecto: a todo el mundo le consta que su discurso en la ONU es un somnífero letal hasta para las mentes más despiertas, pero él, solo escuchará la palabra "memorable", que es lo que constará a posteriori en letra negrita, en las declaraciones que se filtrarán a la prensa de manera oportuna.

Nota importante: Mantenga en todo momento un tono de cierto cinismo refinado, que si se analizara en un laboratorio pareciera pura cortesía británica. No use palabras como "chantaje", "incompetencia" o "delirios de grandeza", busque sus semejantes en el diccionario de la Real Academia de la lengua. “Coerción”, “Impericia”, “frenesí” podrían valer como ejemplo del tipo de sinónimos a los que me refiero. Cuando lo haga, si es que merece la pena hacerlo, que no dure más de tres minutos. Lo justo para que no le dé tiempo a procesar los insultos velados hasta que esté de camino al hotel en un punto de no retorno.

Y si me permite, le recuerdo, que el ministerio de hacienda del país con cuyo presidente se reunirá mañana, descubrió hace unos meses informes relacionados con unas cuentas bancarias, en un paraíso fiscal donde se han depositado unos montos de fondos reservados a nombre de usted.

Le pongo sobre aviso para que le dé una vuelta a su discurso antes de explayarse y quedarse a gusto. Pues también en Arkabán “igual que las toman, también las dan”.



Derechos de autor: Francisco Moroz


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