domingo, 1 de noviembre de 2026

Santos de andar por casa

 



– ¿Por qué encendemos hoy una vela? – Pregunta el niño a su padre– mientras observa con atención como la pequeña llamita baila en la mecha.

– Hoy se celebra el día de todos los santos, Mateo.

– ¿Qué santos? ¿Esos que son estatuas pintadas de colores que están en la iglesia alrededor del altar, y están serios y tienen coronas doradas encima de la cabeza y bastones en la mano?

El padre le sonríe y le responde:

–Esos son algunos de ellos, pero nosotros no les conocimos, pues vivieron mucho antes que nosotros. Hoy sobre todo celebramos        a ‹‹ los santos de la puerta de al lado y a los de andar por casa ››

Mateo pone cara extraña arrugando la nariz, gesto que hace cada vez que no comprende algo.

–Pero papá, los vecinos no tienen capas ni coronas ni hacen milagros.

–Tampoco los ángeles que podemos llegar a conocer a diario tienen alas, pues no necesitan volar. ¿Tú todavía te acuerdas de los abuelos?

– ¡Claro! El abuelo me daba chuches y me contaba historias antiguas de cuando él era un niño de mi edad, y de la abuela, que cada vez que venía a casa o íbamos a la suya, me tenía preparado el bizcocho de chocolate que me gustaba. Y del otro abuelo que también se murió me acuerdo mucho. Me cogía en brazos cuando me veía y me daba muchos besos y cuando íbamos al campo, me llevaba de excursión y subíamos una montaña para ver las casas desde arriba. Y me enseñaba el nombre de los árboles y los pájaros. Y de la abuela viejita que ya no puede casi andar que me mira y me dice que ya soy tan alto como ella pero menos arrugado.

–Pues esos son nuestros santos particulares, Mateo. Ellos te hicieron y te hacen sonreír, te escucharon, consolaron y curaron las heridas. Ellos te cuidaron y te acercaron al colegio cuando ni yo ni mamá podíamos hacerlo. Y alguna vez estuvieron pendientes de ti cuando estabas enfermo.

– ¿Y entonces que es un santo? porque los santos hacen cosas que no hacen todos los demás ¿Verdad?

– ¡Verdad! la palabra significa ‹‹ separado o elegido para hacer el bien ›› y como sabrás, aunque todos estamos capacitados para hacer cosas buenas, no todos las hacen. Y esto no significa ser perfecto ni aburrido, significa que eliges dejar al lado el egoísmo para poder comprender las necesidades de los que están a tu lado y te necesitan.

Por eso, Mateo, cuando celebramos a ‹‹ los santos de la puerta de al lado ›› no me refiero solo a los vecinos de casa, también a esos otros que trabajan cada día por hacer de este mundo donde vivimos un lugar más amable. Los que realizan el milagro cotidiano de velar y cuidar a otros, como esas mujeres y hombres que eligieron ser médicos o enfermeras, bomberos o policías que trabajan con vocación. Aquellos voluntarios que se ofrecen en los momentos de auténtica necesidad.

¿Viste en la televisión el accidente de los trenes? Pues muchos de esos santos estuvieron allí junto con ángeles de la guarda. Y en las inundaciones de esa ciudad a la que fuimos una vez de veraneo ¿Te acuerdas?

– Sí, Valencia.

–Allí también estuvieron con palas y escobones retirando barro y escombros. En estos momentos de necesidad ajena es cuantos más santos aparecen. Y todos los días, Mateo, los hay que reparten comida a los que no tienen casa y en navidad, reparten juguetes entre los niños que no pueden escribir la carta a los reyes magos. No siempre son las mismas santas y santos ni tampoco se llaman todos igual. Pero créeme que todo aquel que deja de pensar en sí mismo para compartir tiempo, dinero o comida. O simplemente aquellos que escuchan y acompañan, son santos de categoría.

– ¿Entonces yo también puedo serlo cuando sea mayor?

–No hijo, tú puedes serlo ahora mismo, es mucho más sencillo de lo que te imaginas. Si cuando vuelvas al cole te encuentras con un compañero que está solo en el recreo, te puedes acercar a preguntarle si quiere jugar contigo. O compartir el bocadillo, o simplemente siendo respetuoso con los profesores que muchos de ellos, aunque tú no te des cuenta son santos también, pues enseñan cosas que te servirán para cuando seas mayor y algunos te preparan para que en el futuro llegues a ser también una buena persona.

Y por eso hijo, los ‹‹ santos de andar por casa›› no vuelan, ni hacen milagros enormes, ni se suben en pedestales ni figuran en los altares. Tampoco hacen ruido ni figuran en los noticiarios ni salen retratados en las fotos.

Sus manos están dispuestas para agarrar otras manos, o palas, o picos o escobones y mangueras contra incendios, para portar camillas o conducir ambulancias o repartir mantas y agua. Siempre con la sonrisa a flor de boca y esa sensibilidad que los hace fuertes cuando todos alrededor están enloquecidos. Que están callados y escuchan cuando todos hablan, gritan y se echan las culpas unos a otros.

–Entonces papá, habrá que encender más velas, porque son muchos los santos a los que tenemos que recordar y celebrar.

–La vela es un símbolo de que el verdadero altar y el lugar que tienen que ocupar, son los corazones agradecidos de cada uno de nosotros. Ellos son parte de esa llama y esa luz que nos hace recordar que nunca estaremos solos en los momentos de necesidad. Que ellos velan por nosotros, que son más cercanos de lo que nos parece.

–Mateo se queda contemplando esa vela que durante el día se consumirá, como todo en esta vida, pero ha comprendido que aunque la muerte nos separe de lo conocido, seguirán existiendo lazos que nos unan a todos.

 

¡Feliz día de los santos cotidianos!



Derechos de autor: Francisco Moroz


domingo, 18 de octubre de 2026

Un cinco tenedores



 
   
    Le pregunto con amabilidad cuánto me costará la cena, no quiero que este capricho me cueste una fortuna.

   Ella se cruza de brazos después de ajustarse el delantal de flores que le queda enorme y se acerca a evaluar con seriedad lo que tengo en el plato: una porción de pizza de plástico junto a unas patatas fritas demasiado amarillas. Mientras espero su respuesta, le doy, nervioso, un largo sorbo a un vaso lleno de nada y espero expectante.

—Tienes que pagarme tres abrazos y “veintecién” euros—decreta, con la inquebrantable autoridad de quien parece dominar el sistema financiero y lleva años dedicada a la hostelería.

   Sonrío entonces. Busco en mis bolsillos con exagerada parsimonia, como si no encontrara esa cantidad desorbitada de dinero, pero al fin, se la pago en billetes transparentes y me levanto con esfuerzo de una silla diminuta, para abonar el resto del importe. Ella ríe a carcajadas cuando la rodeo con los brazos tres veces consecutivas, un sonido limpio que reverbera e ilumina la habitación convertida en improvisado comedor de restaurante, distinguido por los entendidos, con los cinco tenedores.

   Media hora después le doy la propina por su esmerado servicio y cumplida atención en forma de dos besos en su mejilla blandita.

   La arropo en su cama le doy las buenas noches y durante un rato, me quedo mirando sus juguetes esparcidos por el suelo. Apago la luz y cierro la puerta en silencio.

   A continuación reflexiono un instante sobre el motivo por el cual, pasamos la vida entera obsesionados con acumular dinero para pagar facturas y asegurar un futuro impredecible. Sin pararnos a pensar, que los mejores momentos se viven siempre en presente y que no tienen precio. Que tan solo se nos reclama un tiempo compartido generosamente, y los que nos lo solicitan, son aquellos que poseen el secreto de la auténtica felicidad.



Derechos de autor: Francisco Moroz



sábado, 3 de octubre de 2026

Los días que pierdo mi nombre



                                               


Mamá ya no me conoce por mi nombre. A veces me llama con el de uno de mis hermanos, otras me convierto en mi padre, que falleció hace ocho años, y algunos domingos soy alguien de su pueblo, o un perfecto desconocido que le sostiene la mano con demasiada familiaridad mientras sigue con atención su narrativa descabalada.

Si alguien carece de nombre propio, siente que esa desmemoria es un lapsus en su propia historia, que no es nadie. En cambio, yo estoy aprendiendo a rellenar los silencios y habitar los recuerdos de mi madre. A comprender que el amor no entiende de documentos de identidad pero que si requiere de mucha paciencia y comprensión. Lo aprendo, cada vez que la acompaño en su fragilidad.

Nuestras mañanas de sábado tienen un ritmo casi coreográfico, me recibe como a una visita de cierta importancia; como ``gente de categoría´´ que dice ella. Después quedito va cogiendo confianza y comienza a desgranar su semana junto a la muchacha que la cuida.

 En realidad la cuidadora se siente desbordada después de los cinco días que pasa junto a ella, pues mi madre fue y sigue siendo una mujer de carácter. Su pretensión es seguir llevando la casa, organizar los momentos y marcar los tiempos de cada uno de los que están en torno a ella. Confieso que en muchas ocasiones te agota con su ritmo imparable, para a continuación quejarse de que le duelen las piernas o los brazos; cuando el que termina derrengado, es el que pretende seguirla mientras corretea con el andador por toda la casa, abriendo y cerrando armarios y cajones, haciéndote bajar y subir cajas para ver el contenido que olvida de un día para otro. Comprobando que el gas este apagado y la llave de la puerta, colgada en su sitio.

Ayudarla a vestirse para sacarla a dar una vuelta, es un acto de sutil reverencia; mientras le preparo la falda o el pantalón, la camisa o la chaqueta que le gustan, ella, con una dignidad intacta de la que se niega a claudicar, insiste en desabotonarse sola la bata de andar por casa. Sus dedos, agarrotados por los años, luchan contra los ojales. Tarda una eternidad, pero la dejo hacer. Solo cuando noto que la frustración la vence, le ofrezco mi ayuda, y entonces se abandona, disculpándose quedamente, con una mano puesta en mi brazo, por "considerar una molestia el que la ayude". Antes de salir se moja el pelo, se peina y repeina con coquetería, como si se tratara de un ritual. "Genio y figura".

Ya en la calle, caminamos con cadencia de saeta, se para cada pocos pasos, y me indica una tienda del barrio de toda la vida, y me cuenta la historia de algunos vecinos. En realidad se detiene porque su cuerpo no da para más y dar una paseo le cuesta un mundo. Pero le gusta alternar, tomarse un café con leche y un bollito, hablar con las personas a las que pilla casi a traición y por sorpresa. Estas, por cortesía le contestan a preguntas por las que mandarían a paseo a cualquier otro por indiscretas y atrevidas. A uno le da cierta vergüenza ajena y tiene que disculparse a cada momento, por la naturalidad de esa anciana sin filtros que resulta ser mi santa madre.

Una vez en casa de nuevo empieza el baile entre dos.

–Vamos a ponernos cómodos mamá, y preparamos la comida ¿te parece? –Y le parece siempre que le deje participar. Le dejo, no hay más remedio si no quiero que se enfurruñe y me diga lo de, que es un cero a la izquierda. Por eso la encomiendo tareas menores que no requieren esfuerzo: remover un sofrito, pelar unos ajos o unos calabacines, trocear unos pimientos, un par de patatas o una cebolla. Por cierto, compruebo que nunca le lloran los ojos. Siempre pensé que mamá no era de lágrima fácil hasta que descubrí que siempre lloraba cuando nadie le veía hacerlo. 

Se concentra en la tarea encomendada como si de ello dependiera el destino de la humanidad. Lo hace para no sentirse una carga, para aferrarse al recuerdo de esa mujer proveedora que fue durante décadas. En cuanto uno se descuida, después de comer y aunque no pueda mantenerse en pie, se escapa de su sillón para ir a fregar los cacharros.

Nuestras conversaciones se han vuelto un laberinto sin mapa. Es, cuando el talento de intérprete y traductor le sale a uno de dentro de manera insospechada, como si esa habilidad hubiera estado latente esperando la oportunidad de lucirse. Me habla de un tren que nunca tomó en un viaje que nunca realizó, de unos zapatos que le han desaparecido junto a un juego de sábanas. De personas desconocidas que entran a quitarle sus cosas, de otras que murieron antes de que yo naciera. Ya no hay lógica en sus relatos, pero sí una curiosa poesía sin rima, conformada por palabras que desconozco hasta que las pronuncia. Escucho con devoción sus frases deshilachadas, asintiendo y celebrando sus recuerdos difusos. He aprendido a comunicarme sin datos, a leer entre líneas y sobreentender frases hechas, mil veces repetidas a modo de comodín. Como esa razón filosófica que esgrime de modo sentencioso que reza: "lo más importante en la vida es tener salud, paz y trabajo". Y yo le digo a modo de coletilla: "Y amor, mucho amor".

Lo más doloroso y a la par hermoso, es su mirada. A veces se pierde en el retrato de mi padre, otras, en una foto del álbum familiar. Se, que naufraga en las aguas procelosas de su propia memoria. Está atrapada en un tiempo donde fue la hija, la novia, la esposa, la madre joven. Cuando el cuerpo no le dolía y era capaz de sacar adelante a ocho criaturas, realizar todas las tareas que le encomendaban. Siempre al servicio de su familia y de los que se iban añadiendo en algunos momentos. Siempre sacrificando sus tiempos personales que no eran muchos y acostumbrada a no recibir muchos agradecimientos a cambio.

Ayer, domingo ocurrió un milagro cotidiano, de esos sencillos que ocurren casi siempre de manera imprevista y que por lo general no somos capaces de captar. Me miró fijamente mientras masajeaba sus piernas doloridas con una crema de aceite de romero, para aliviarla en la medida de lo posible. La bruma de su mente se disipó por unos segundos. Sonrió con una lucidez conmovedora, me acarició la mejilla, sonrió y susurró: «Qué bueno eres». No supo exactamente cuál de sus hijos era yo, o siquiera si era uno de ellos, pero reconoció el cariño con el que era tratada.

Después echamos unas partidas a la baraja, siempre apostando caramelos de menta a los que se ha vuelto una adicta, y naturalmente tanto al cinquillo como al parchís siempre es ganadora ella. Unas por su habilidad y otras porque la dejo. Ya no quiero que mi madre en lo que le quede de vida pierda nada más. 

Al final, he comprendido que carece de importancia que ella olvide mi nombre, mientras yo mantenga la fuerza suficiente para recordar por los dos, todo aquello que nos vincula.



Derechos de autor: Francisco Moroz





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