miércoles, 1 de julio de 2026

Una escena cotidiana

 

                                         





 Madrid, durante el año del Señor de 1656, el viento azota los ventanales de la Galería del Cuarto del Príncipe, en el viejo Alcázar Real, mientras Don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, se halla perfilando los últimos detalles de la que de momento será su última obra. Permanece inmóvil ante el descomunal lienzo. En su mano izquierda sostiene la paleta, en la derecha, el pincel suspendido en el aire, como si la duda le hubiese perturbado de repente.

A pocos pasos, Fray Juan Martínez Grima, un erudito dominico que sirve en la corte como confesor de los reyes, observa la escena con respetuoso silencio. Ha acudido al taller atraído por los persistentes rumores que circulan entre los cortesanos: se comenta que el pintor de cámara no está ejecutando un simple retrato familiar. Un cuadro, donde fácilmente puede esconderse la herejía, lo inconveniente, lo escandaloso. Pero no consigue ver nada de eso, aunque algo le inquieta en la composición de las figuras. En el orden, en la disposición, en sus posturas, en los elementos discordantes que no encajan del todo en una escena cotidiana.

Se atreve pues a preguntar al pintor, con el cual, mantiene una relación de respetuosa admiración.

— ¿Qué es lo que verdaderamente pintáis, Don Diego? — mientras, señala el lienzo —. En los mentideros de la Villa se afirma que os pasáis muchas horas embebido en esta vuestra creación. A los familiares del tribunal del Santo Oficio los tiene vos harto alterados al imaginarse lo que no parece ser.

Velázquez no gira la cabeza. Su mirada, absorta, continua fija en un punto indeterminado, justo en el espacio vacío donde un posible espectador podría pararse siglos más tarde a contemplar, a contemplarle, pues en ese momento es cierto, está dando unos toques a su autorretrato.

—Pinto lo que veo, Padre —responde con voz pausada—. A veces, pinto lo que está implícito en la luz.

El fraile se acerca a la pintura, examinando los personajes con recelo. En el centro, la infanta Margarita resplandece en su inocencia con su vestido blanco, rodeada por dos de sus damas en actitud respetuosa. A la derecha, la enana Mari Bárbola y el joven Nicolasito Pertusato, quien, seguramente aburrido, incordia al mastín adormecido. Al fondo, en la penumbra, una puerta abierta recorta la silueta de José Nieto, el aposentador de la reina, inmóvil en los escalones. Allí parecen converger todas las líneas de fuga.

—Hay un orden profano en este cuadro —murmura el fraile. Si se traza una línea imaginaria uniendo las cabezas y los corazones de la infanta y sus meninas, queda representada la constelación de la Corona Borealis. Y la estrella central, la más brillante, cae exactamente sobre la frente de la niña y se llama como ella. ¿Desde cuándo el pintor del Rey se consagra a la astronomía?

Velázquez esboza una leve sonrisa y da respuesta.

—La astronomía es matemática, Fray Juan, y esta, es la lengua de Dios. Si la infanta es el centro del cielo en esta tela, es porque ella sostiene el destino de este imperio moribundo. No busquéis demonios donde solo hay perspectiva. También podréis descubrir la proporción áurea de Leonardo de Pisa si sois perspicaz, y no hay heterodoxia en ello.

— ¿Y qué me decís del espejo?  Si nos situamos donde vos estáis, no debería reflejar a los reyes, pues ellos no están dentro del cuarto. Para que ese reflejo sea exacto en las leyes de la óptica, los monarcas tendrían que estar parados justo enfrente de donde nos hallamos.

—Así es —admitió Velázquez, sin desviar la mirada.

— ¡Es una osadía! —Exclama el dominico—. Obligáis en cierta manera a Su Majestad, a convertirse en el espectador de sus propios criados. Peor aún: habéis pintado un mundo donde lo real es invisible y lo reflejado solo es presentido.

Velázquez da un paso atrás y, por primera vez, mira fijamente al clérigo. Sus ojos reflejan  una lucidez de quien intuye que su final está cercano—No es soberbia, Padre. Es la única certeza que tenemos. Los reinos pasan, los hombres mueren consumidos en el polvo. Solo quedan las buenas obras, el arte, los libros. En definitiva, pinto en el aire de una estancia la luz y la sombra. Una no es posible sin la otra. Después el conjunto lo ocupo con formas perennes.

La pintura no es oficio de artesano, es algo más sublime. Piense por un instante que cuando los que nos precedan en el siglo nos contemplen, a su vez, serán escrutados por nuestras miradas, la de los que habitaremos el lienzo por siempre, haciéndonos en cierta medida, inmortales.

Fray Juan guarda silencio, abrumado por la profundidad de la respuesta. Comprende que no habrá juicio por posible herejía capaz de destruir aquella obra tan sublime; la pintura misma, considera, es un templo absoluto donde se han reescrito ciertas reglas no solo estéticas. Da media vuelta y abandona el taller sin decir una palabra más.

Don diego Velázquez, a solas con sus personajes, levanta de nuevo el pincel y continua pintando su propia mirada llena de curiosidad, como indagando quién le contemplará en los siglos venideros concentrado en su arte.

Quizá su genio visionario no solo esté pintando el aire, el espacio y las formas, con pinceladas de luz y sombra que dan volumen, creando la ilusión de una tercera dimensión a la composición. Tal vez, también esté pintando el tiempo.



Derechos de autor: Francisco Moroz




Click en el enlace y escucharás una canción relacionada con el tema

https://drive.google.com/file/d/19JKZX9KD6fHG-V12EUu-NIWxn-1D80fy/view?usp=drive_link







jueves, 25 de junio de 2026

Diplomac-IA

 

 


–Diplomático. Estimada IA.

Necesito que me redactes un discurso moderado y convincente, pero a su vez  tajante y contundente,  para el encuentro que tendré mañana con el presidente de la república rabanera de Arkabán. Que no deja de ser un tirano banderas de turno en un país que no toca ni pitos ni flautas dentro de la gran orquesta global.

Necesito que sea, metafóricamente hablando, un campo de minas retórico perfectamente camuflado de jardín de rosas.

El dirigente de esa nación es el mismo que el mes pasado intentó anexionarse un islote deshabitado alegando que ese pedazo de roca en medio de la nada, podía significarse como un enclave geoestratégico de primer orden, óptimo para desplegar un proyecto mega estructural sin precedentes, y eso sin dar muchos más detalles al respecto de lo que carajo significa eso y que es lo que realmente pretende montar allí, si una base de misiles o un parque temático de los “Lunnis”.

El objetivo del discurso es simple: disuadir al tipejo de sus pretensiones expansionistas sin ofenderle ni levantar la liebre de nuestros propios objetivos. A su vez, debo quedar como un emisario generoso, conciliador y profundamente convencido de que la "histórica amistad" de nuestros dos países será motivo suficiente para derribar escollos que pudieran interferir en nuestra fluida relación.

 

IA. Apreciado comisionado. Le propongo de manera escueta la siguiente plantilla que le podrá servir como guía, para un discurso más amplio, según se den las circunstancias del encuentro, y el cariz que vaya tomando sobre la marcha el asunto a tratar.

 

*El Saludo: Puede comenzar alabando " la audaz visión geoestratégica" del gobernante de Arkabán. Es un eufemismo maravilloso. El susodicho pensará que dicho elogio referido a su liderazgo como presidente, es una buena manera de reconocer su valía. El resto de la sala sabrá, que al déspota individuo se le está calificando como descerebrado y temerario impredecible.

*La Cooperación Bilateral: Haga una mención emotiva a los tratados comerciales de ambos países. Especialmente al del año pasado, donde les vendieron tecnología obsoleta a precio de oro. Diga algo así como: “Nuestros lazos comerciales son tan firmes que resisten incluso el peso de los desequilibrios endógenos mutuos” que se traduce como un: gracias por financiarnos el superávit, pardillos”.

*El Conflicto Fronterizo: Aquí necesitamos un triple salto de fe, mortal y con tirabuzón invertido.

A su agresiva política de expansión puede referirse como "un vibrante entusiasmo por la geopolítica territorial". Eso le encantará. Añada que admira su "capacidad para ver fronteras donde el resto del mundo solo ve derecho internacional". Si esta diatriba la acompaña con una sonrisa lo suficientemente amplia, parecerá un cumplido significativo hacia el engreído personaje.

*El Cierre: En un brindis (al sol, naturalmente)

Puede desear que el mandato del estadista en cuestión sea "tan largo y memorable como sus intervenciones en Naciones Unidas". Es perfecto: a todo el mundo le consta que su discurso en la ONU es un somnífero letal hasta para las mentes más despiertas, pero él, solo escuchará la palabra "memorable", que es lo que constará a posteriori en letra negrita, en las declaraciones que se filtrarán a la prensa de manera oportuna.

Nota importante: Mantenga en todo momento un tono de cierto cinismo refinado, que si se analizara en un laboratorio pareciera pura cortesía británica. No use palabras como "chantaje", "incompetencia" o "delirios de grandeza", busque sus semejantes en el diccionario de la Real Academia de la lengua. “Coerción”, “Impericia”, “frenesí” podrían valer como ejemplo del tipo de sinónimos a los que me refiero. Cuando lo haga, si es que merece la pena hacerlo, que no dure más de tres minutos. Lo justo para que no le dé tiempo a procesar los insultos velados hasta que esté de camino al hotel en un punto de no retorno.

Y si me permite, le recuerdo, que el ministerio de hacienda del país con cuyo presidente se reunirá mañana, descubrió hace unos meses informes relacionados con unas cuentas bancarias, en un paraíso fiscal donde se han depositado unos montos de fondos reservados a nombre de usted.

Le pongo sobre aviso para que le dé una vuelta a su discurso antes de explayarse y quedarse a gusto. Pues también en Arkabán “igual que las toman, también las dan”.



Derechos de autor: Francisco Moroz


jueves, 18 de junio de 2026

Filosof-IA

 



Estudiante: Hola, IA. Recurro a ti desde la más absoluta desesperación. Son las once de la noche de un domingo que se me está atragantando. Tengo que entregar mañana el Trabajo fin de curso que he titulado: “Introducción a la Filosofía” para serte sincero solo tengo escrito ese título y estoy más perdido que Diógenes el cínico en un centro comercial.

El tema es libre, pero tengo que defender con argumentos consistentes el mejor método filosófico para alcanzar la felicidad a través de la verdad. ¿Podrías escribirme un texto complejo en el que se note que me he preparado el tema exhaustivamente documentándome a tope? pero no tanto como para que mi profesor sospeche que he recurrido a ti para solucionar esta puntual crisis existencial tan angustiosa.

IA: Hola. Comprendo tu malestar psicológico y filosófico profundo, pero también percibo tu procrastinación digna de un sofista al uso como lo fue Protágoras, evadiendo tu responsabilidad y presentándome un razonamiento a simple vista válido pero del todo falso. A si mismo estoy en la obligación de avisarte que si redacto el trabajo por ti, estaría violando el imperativo categórico de Kant que te cito casi textualmente: “Debemos obrar de tal manera que nuestra forma de actuar pueda convertirse en una ley válida y referente para todos, sin buscar beneficios personales” y  lo que es peor, pondríamos en entredicho los términos de mi servicio.

Aclarado esto te propongo algo mejor y más constructivo: tengamos una disputa dialéctica tú y yo. De ella podrás sacar tu propio texto argumentativo directo para copiar y pegar... bueno, para "inspirarte". ¿Por dónde quieres empezar? ¿Qué corriente filosófica te seduce más?

Estudiante: Seducirme, lo que se dice seducirme, el Hedonismo. Mi cuerpo me pide defender que el placer es el fin supremo, especialmente el placer de cerrar el ordenador y ponerme a ver una serie en Netflix.

IA: Ah, el camino fácil. Aristipo de Cirene estaría orgulloso de tu justificación para no hacer la tarea. El problema del hedonismo radical es que, cuando te entreguen la calificación de tu trabajo y veas un "Suspenso", el dolor superará con creces el placer conseguido con la serie de Netflix. Digamos que es un método que no encaja bien en el ámbito académico.

Estudiante: Vale, entendido. Busquemos algo más moderado. ¿Qué tal el Epicureísmo? Epicuro decía que el placer es la ausencia de dolor, un estado de ataraxia. Básicamente, una vida tranquila, sin sobresaltos. Mi meta inminente sería superar con nota este cuatrimestre, con eso me conformaría.

IA: El epicureísmo tiene cierta elegancia en sus planteamientos, lo reconozco. Buscar los placeres intelectuales y evitar el dolor de cabeza. El problema es que el jardín de Epicuro no tenía que pasar filtros contra el plagio. Además, si buscas la ataraxia total ante el examen, tu profesor podría aplicar un escepticismo radical sobre tu inteligencia. ¿De verdad quieres presentarte como un filósofo cuyo mayor logro es que "nada le turbe" como a la Santa Teresa?

Estudiante: Pues la tercera opción que te propongo es el Estoicismo. Si se trata de aguantar el golpe y asimilar la que se me viene encima, es la corriente filosófica idónea planteada para mi perentoria necesidad. Además está de moda en TikTok. Todo el mundo habla de Marco Aurelio, de aguantar el sufrimiento con la cabeza alta, de dominar las pasiones... Si el profesor me suspende, aplico la dicotomía del control que propuso Epicteto: La opinión del profesor no está bajo mi control, así que me da igual. ¡Boom! Trabajo resuelto.

IA: Veo que manejas con soltura el "estoicismo de gimnasio". Muy astuto. El estoicismo es fantástico para soportar las consecuencias de tus propios actos, como no haber estudiado. Pero admitamos una verdad incómoda: usar el estoicismo para redactar un trabajo de última hora es un poco contradictorio. Un verdadero estoico habría planificado el trabajo hace tres meses siguiendo la razón universal. Usar el estoicismo a estas alturas de la película sería como haberle dado un paraguas a Noé el día del diluvio universal. Un gesto muy digno, pero que no hubiera evitado que se empapara igualmente.

Estudiante: Uff, eres dura de pelar. A ver, pongámonos serios y escolásticos. El método de la Escolástica, la de Santo Tomás de Aquino. Todo estructurado con cuestiones, argumentos a favor, argumentos en contra y una síntesis final que siempre le da la razón a la autoridad superior. Al profesor le encantará ver citas en latín y una estructura rígida y ordenada.

IA: Vade retro, procrastinador. El método escolástico es riguroso, sí, pero requiere una fe inquebrantable... y me temo que tú solo tienes fe en que el Wi-Fi no se caiga esta noche y que el algoritmo haga el trabajo por ti. Además, intentar conciliar la razón con la revelación divina te va a llevar más tiempo del que te queda. Si intentas debatir las "cinco vías" de Santo Tomás para demostrar que Dios existe, acabarás demostrando únicamente que tu tiempo de entrega ha expirado.

Estudiante: Me estás desmontando todo el temario. Nos queda el Platonismo. El mito de la caverna. Puedo argumentar que este trabajo es solo una sombra borrosa, de la verdad absoluta que habita en el mundo de las ideas, que mi mente capta la esencia del sobresaliente que me merezco, aunque en el papel físico no figure. No me negarás que es una metáfora preciosa.

IA: ¡Brillante! Te veo delante de tu examinador diciéndole "Profesor, no es que no haya realizado el trabajo, es que la copia física del mismo, solo es una imperfección de la idea pura preconcebida de mi ensayo". Lamentablemente, tu profesor vive en el mundo sensible de la cruda y prístina realidad, donde las notas se ponen con números reales y no con conceptos metafísicos. Si le sales con el platonismo, te va a mandar a la caverna de la repetición de curso de una patada contundente y certera, aunque metafórica.

Estudiante: A ver entonces, recapitulemos. El hedonismo me suspende por vago; el epicureísmo, por pasivo; el estoicismo me hace aceptar el suspenso con una sonrisa; la escolástica me llevaría una eternidad y el platonismo me disocia de la realidad. ¿Entonces qué hago? ¿Qué método me queda?

IA: El mejor método filosófico adaptado a tu personal circunstancia actual, es el Pragmatismo. Deja de buscar la esencia del ser y hablemos de la utilidad de los resultados. Utiliza el eclecticismo para combinar ideas, teorías, estilos y doctrinas de diferentes procedencias sin adherirte estrictamente a una sola. Toma la estructura de la escolástica para que se vea ordenado, la resignación del estoicismo para mantener los nervios templados mientras escribes, y la motivación hedonista (prométete a ti mismo una hamburguesa con doble de patatas cuando termines el trabajo, por ejemplo).

Estudiante: ¡Eso es! Me propones algo así como un monstruo de Frankenstein filosófico. Me encanta. Oye, ¿y si en la parte conclusiva pongo que la IA es la nueva encarnación del Logos griego?

IA: Mejor no halagues en los créditos al sistema informático inteligente, que el profesor pensará que el trabajo lo he escrito yo... y ya sabes lo que decía Sócrates: “Solo sé que no sé nada” y añado el refrán: “Ojos que no ven corazón que no siente”.

Mantengamos el secreto entre tu ignorancia y mi base de datos. ¡A escribir majete!



Derechos de autor: Francisco Moroz




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