– ¿Por qué encendemos hoy una vela? – Pregunta el niño a su padre– mientras observa con atención como la pequeña llamita baila en la mecha.
– Hoy se celebra el día de todos los santos, Mateo.
– ¿Qué santos? ¿Esos que son estatuas pintadas de colores que están en la iglesia alrededor del altar, y están serios y tienen coronas doradas encima de la cabeza y bastones en la mano?
El padre le sonríe y le responde:
–Esos son algunos de ellos, pero nosotros no les conocimos,
pues vivieron mucho antes que nosotros. Hoy sobre todo celebramos a ‹‹ los
santos de la puerta de al lado y a los de andar por casa ››
Mateo pone cara extraña arrugando la nariz, gesto que hace cada
vez que no comprende algo.
–Pero papá, los vecinos no tienen capas ni coronas ni hacen
milagros.
–Tampoco los ángeles que podemos llegar a conocer a diario tienen
alas, pues no necesitan volar. ¿Tú todavía te acuerdas de los abuelos?
– ¡Claro! El abuelo me daba chuches y me contaba historias
antiguas de cuando él era un niño de mi edad, y de la abuela, que cada vez que
venía a casa o íbamos a la suya, me tenía preparado el bizcocho de chocolate
que me gustaba. Y del otro abuelo que también se murió me acuerdo mucho. Me
cogía en brazos cuando me veía y me daba muchos besos y cuando íbamos al campo,
me llevaba de excursión y subíamos una montaña para ver las casas desde arriba.
Y me enseñaba el nombre de los árboles y los pájaros. Y de la abuela viejita
que ya no puede casi andar que me mira y me dice que ya soy tan alto como ella
pero menos arrugado.
–Pues esos son nuestros santos particulares, Mateo. Ellos te
hicieron y te hacen sonreír, te escucharon, consolaron y curaron las heridas.
Ellos te cuidaron y te acercaron al colegio cuando ni yo ni mamá podíamos
hacerlo. Y alguna vez estuvieron pendientes de ti cuando estabas enfermo.
– ¿Y entonces que es un santo? porque los santos hacen cosas que
no hacen todos los demás ¿Verdad?
– ¡Verdad! la palabra significa ‹‹ separado o elegido para hacer
el bien ›› y como sabrás, aunque todos estamos capacitados para hacer cosas
buenas, no todos las hacen. Y esto no significa ser perfecto ni aburrido,
significa que eliges dejar al lado el egoísmo para poder comprender las
necesidades de los que están a tu lado y te necesitan.
Por eso, Mateo, cuando celebramos a ‹‹ los santos de la puerta de
al lado ›› no me refiero solo a los vecinos de casa, también a esos otros que
trabajan cada día por hacer de este mundo donde vivimos un lugar más amable.
Los que realizan el milagro cotidiano de velar y cuidar a otros, como esas
mujeres y hombres que eligieron ser médicos o enfermeras, bomberos o policías
que trabajan con vocación. Aquellos voluntarios que se ofrecen en los momentos
de auténtica necesidad.
¿Viste en la televisión el accidente de los trenes? Pues muchos de
esos santos estuvieron allí junto con ángeles de la guarda. Y en las
inundaciones de esa ciudad a la que fuimos una vez de veraneo ¿Te acuerdas?
– Sí, Valencia.
–Allí también estuvieron con palas y escobones retirando barro y
escombros. En estos momentos de necesidad ajena es cuantos más santos aparecen.
Y todos los días, Mateo, los hay que reparten comida a los que no tienen casa y
en navidad, reparten juguetes entre los niños que no pueden escribir la carta a
los reyes magos. No siempre son las mismas santas y santos ni tampoco se llaman
todos igual. Pero créeme que todo aquel que deja de pensar en sí mismo para
compartir tiempo, dinero o comida. O simplemente aquellos que escuchan y
acompañan, son santos de categoría.
– ¿Entonces yo también puedo serlo cuando sea mayor?
–No hijo, tú puedes serlo ahora mismo, es mucho más sencillo de lo
que te imaginas. Si cuando vuelvas al cole te encuentras con un compañero que
está solo en el recreo, te puedes acercar a preguntarle si quiere jugar
contigo. O compartir el bocadillo, o simplemente siendo respetuoso con los
profesores que muchos de ellos, aunque tú no te des cuenta son santos también,
pues enseñan cosas que te servirán para cuando seas mayor y algunos te preparan
para que en el futuro llegues a ser también una buena persona.
Y por eso hijo, los ‹‹ santos de andar por casa›› no vuelan, ni
hacen milagros enormes, ni se suben en pedestales ni figuran en los altares. Tampoco
hacen ruido ni figuran en los noticiarios ni salen retratados en las fotos.
Sus manos están dispuestas para agarrar otras manos, o palas, o
picos o escobones y mangueras contra incendios, para portar camillas o conducir
ambulancias o repartir mantas y agua. Siempre con la sonrisa a flor de boca y
esa sensibilidad que los hace fuertes cuando todos alrededor están
enloquecidos. Que están callados y escuchan cuando todos hablan, gritan y se
echan las culpas unos a otros.
–Entonces papá, habrá que encender más velas, porque son muchos
los santos a los que tenemos que recordar y celebrar.
–La vela es un símbolo de que el verdadero altar y el lugar que
tienen que ocupar, son los corazones agradecidos de cada uno de nosotros. Ellos
son parte de esa llama y esa luz que nos hace recordar que nunca estaremos
solos en los momentos de necesidad. Que ellos velan por nosotros, que son más
cercanos de lo que nos parece.
–Mateo se queda contemplando esa vela que durante el día se
consumirá, como todo en esta vida, pero ha comprendido que aunque la muerte nos
separe de lo conocido, seguirán existiendo lazos que nos unan a todos.
¡Feliz día de los santos cotidianos!





