domingo, 10 de febrero de 2019

Oráculo






Intuyo que los científicos irán desapareciendo junto a los biólogos, los médicos, maestros, ingenieros y filósofos.
En su momento ocurrió lo mismo con los curtidores, los ebanistas, los forjadores y tintoreros.

La humanidad progresa siguiendo ciegamente los dictados de sus preclaros líderes, amparándose en la seguridad que les brindan jueces y abogados. Fiando su porvenir a los índices del mercado y la lotería.

Al final sobrevivirán solamente las cucarachas y las ratas, que no tienen ninguna visión de futuro ni tantos pájaros en la cabeza.

Derechos de autor: Francisco Moroz

jueves, 31 de enero de 2019

Micro apariencias


Os pido perdón por mi falta de tiempo a la hora de contestar vuestros comentarios o visitar vuestros blogs. Prometo ir haciéndolo de poco en poco. La vida me tiene actualmente muy entretenido haciendo cosas insospechadas pero nada notorias. Una salida de la rutina habitual que me tiene hecho cisco los ordenados horarios a los que estaba habituado.
Espero que seáis comprensivos.
Un abrazo para todas-os




Nos comimos a unos cuantos vecinos, para no defraudar a aquellos que nos tachaban de cafres y bestias inmundas. Aunque los restos los tiramos a la basura para no adquirir también la fama de incivilizados y guarros.

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Cuando me abrió la puerta y la abracé inesperadamente, me soltó un bofetón y llamó a la policía. Los agentes pusieron en el informe “Acoso sexual”
Nadie se dio cuenta hasta mucho más tarde, que cuando la vecina abrió, yo tenía un cuchillo clavado en la espalda.

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Nadie supo la causa de la repentina muerte del individuo, hasta que un especialista forense dedujo que el óbito se había producido porque le había llegado la hora.

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Una anciana desvalida subió al autobús, y todos miraron para otro lado  para no tener que cederle su asiento.
Salvo un muchacho con rastas y piercings que le preguntó con suma educación y delicadeza si deseaba sentarse.
La vieja le contestó mal encarada: ¡Ahí me voy a sentar yo, con tus chinches! ¡Pedazo de zoquete mal hadado!

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Cuando me pidió la luna la llevé a Hollywood para que viera a las estrellas.
Cuando se le antojó el arcoíris, la llevé a Islandia para que contemplase la aurora boreal.
Cuando me dijo de hacer una fantasía realidad, nos fuimos al Resort de Disneyland en Orlando.
Cuando me solicitó que la llevara al altar, simplemente salí corriendo al fin del mundo... Allá por la Patagonia

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El pobre perro tenía fama de peligroso, el cartel de la cancela avisaba de ello. Pero en realidad las que eran malas, pero que muy malas, eran sus pulgas.

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Después de la catástrofe se salvaron muchas vidas.
Cuando los creyentes lo calificaron de auténtico milagro, los agnósticos se rieron de ellos y hablaron de la buena labor de los profesionales y la solidaridad ciudadana.
Los unos y los otros se estaban refiriendo a los ángeles de la guarda. y todos los habían visto en acción.

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Derechos de autor: Francisco Moroz


domingo, 20 de enero de 2019

Querida muchacha





"Todavía late mi corazón cuando te recuerdo, quiero traerte a la memoria y dejar plasmado nuestro encuentro en estas letras.
Quisiera haberte comunicado lo mucho que me hubiera gustado hablar contigo, conocerte un poquito, saber algo de tu vida. Soy consciente de que nunca las leerás, pero quién sabe, el mundo es pequeño y el destino incierto.

Desde que te vi en aquél andén esperando un tren que te alejaría de mí para siempre, me interesé por tu presencia, puro contraste entre la agitación del resto de personas que se movían de forma frenética con un destino incierto. Me resultaba tan atractiva tu serenidad, que no podía apartar la vista de tu figura.

Me pareciste concentrada en un pensamiento intangible, desamparada ante el ajetreo cotidiano. Pareciera en aquel momento que ambos hubiéramos sido invisibles para el resto de mortales. Congelados en ese instante por las agujas detenidas del reloj de la estación.
La verdad, es que mis ojos solo los tenía puestos en ti cuando me sorprendiste con los tuyos.
Te vi preciosa, envuelta en esa aparente fragilidad que te adornaba mientras leías un libro, acariciando unos renglones con la mano. Me pareció vislumbrar una emoción en forma de lágrima resbalando por tu mejilla, me hubiera gustado en ese momento estrecharte en un abrazo, para protegerte de esa tristeza que presentí te invadía.
¿Qué es lo que la provocaba?

Hubiera querido compartir contigo el dolor que te embargaba, tus recuerdos, tus heridas. Pero temí acercarme y asustarte con mi presencia inesperada.
Un extraño que se aproxima de pronto e invade nuestro espacio, no es bienvenido y origina un rechazo instintivo.
Si hubiéramos coincidido en otro lugar con más calma, con más tiempo; te hubiera explicado la atracción inusitada que ejerciste en mi solitaria existencia y de seguro, te confieso, no hubiera sido capaz de encontrar ninguna excusa en mi existencia por la cual abandonarte. Seguramente hubiéramos compartido nuestras historias, nuestras horas, toda una vida.

Me conformé con esa luminosa sonrisa que me dedicaste, poco antes de partir…



Amanda acaricia esos renglones que la hacen llorar de pura emoción cada vez que llega a ellos. Ha vuelto a leerlos, como tantas otras veces. Como ahora mismo, mientras espera el tren que la llevará lejos de su casa. Se puede decir que después de acabar la carrera se ha convertido en emigrante. Alguien que tendrá que buscarse la vida a muchos kilómetros de donde se presupone debería haber encontrado trabajo y la felicidad junto a los suyos.

Ha tenido que tomar decisiones y abandonar muchas cosas, pero ese libro que sujeta en las manos no es una de ellas. Es su mejor posesión. Un libro que encuadernó su padre con las memorias que dejó escritas el abuelo, al que apenas conoció, pues murió siendo una niña.
Siempre le pareció que ciertos pasajes habían sido escritos solo para ella, y eso la acercaba a su figura, le mostraba su personalidad y le perfilaba su carácter. Se sentía animada por él en esta su propia aventura, que les ponía a ambos en una misma situación.

Es curioso, cuando mira hacia uno de los lados, sorprende a un anciano que sentado en uno de los bancos del andén la dedica una mirada cariñosa cuajada de curiosidad, pero a la vez pintada de cierta timidez, como si le hubiera sorprendido en falta y no quisiera asustarla. Le sonríe antes de levantarse para dirigirse a su vagón.

Ya en su asiento vuelve a abrir el libro por la página en la que había dejado la lectura.



 “…Te contaría que yo pasé por una estación para coger un tren que me llevaría lejos de mi tierra, lejos de todos a los que amaba. Te narraría las soledades a las que me enfrenté y las penurias que padecí.
Tuve que dejar atrás todo aquello con lo que me identificaba: A mis padres y hermanos. Mi tierra y sus campos. Mi casa, el entorno conocido del pueblo que me había visto nacer. Pero el hambre y la necesidad de forjar un futuro me hicieron partir allá donde presuponía encontraría un poco de esperanza.

Pasaron muchos años de exigencias y sacrificios. De renuncias y pérdidas y por fin, pude volver para reencontrarme con todo aquello que tuve que abandonar.
Nada de aquello que dejé era lo mismo. Algunas cosas seguían allí de forma aparente, pero sin esencia, sin esa pátina de serenidad, sin ese aparente espíritu de resignación y esa amorosa aceptación ante lo ineludible. Es como si todo lo hubieran remozado con una capa de pintura que lo hiciera brillar de manera artificial.

Tuve que rehacerlo casi todo de nuevo, crear una nueva familia en otro lugar, buscar ilusiones nuevas y motivos para tenerlas.

Ahora que va llegando el momento de la despedida definitiva, lloro como un niño al que le robaron lo mejor de la infancia pues sé que este otro tren, es el último que cogeré, sin retorno ni vuelta atrás.
Me hubiera gustado conocerte mejor, muchacha del andén, aunque quién sabe si nuestros destinos caprichosos no nos vuelven a hacer coincidir en algún tren, de esos a los que todos subimos y bajamos de continuo.

Estoy seguro que sabría reconocerte entre todos y entonces a lo mejor, sería capaz de acercarme a ti para contarte alguno de mis recuerdos…”




Amanda vuelve a cerrar el libro mientras el tren se pone en movimiento y su llanto se desborda. 
El anciano continúa sentado y la ve alejarse desde el otro lado de la ventanilla, mientras pone una mano sobre su boca soplando un beso al aire dirigido solo a ella. 

Derechos de autor: Francisco Moroz

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