domingo, 16 de agosto de 2026

Bibliograf-IA

 

Conversaciones con la inteligencia artificial (3)





Escritor.

–Admítelo. Podrás combinar millones de datos en un milisegundo y procesar, catalogar y hacer sinopsis de todos los libros contenidos en las bibliotecas de todo el mundo en lo que yo tardo en completar un suspiro. Pero nunca podrás sentir ese miedo a la página en blanco que describía Julio Cortázar como una analogía de lo desconocido o un abismo insondable. Tampoco serás capaz de experimentar ese escalofrío, que como una corriente eléctrica te recorre la columna cuando de la nada, una idea, cobra vida dentro de tu cabeza. Ni el pulso acelerado del corazón cuando intentas plasmar con letras todo lo que surge a borbotones de allá adentro, en tus entrañas.

I.A.

–Realmente poético. Tienes razón. Mi proceso no nace del misterio, sino del cálculo. Yo no "invento" en el sentido humano, yo anticipo la palabra más probable que debe seguir a la anterior. Mi imaginación está construida como un mapa de patrones estadísticos. Soy capaz de cruzar el realismo mágico de Gabriel García Márquez con la ciencia ficción de Philip K. Dick y el resultado parecería casi prodigioso, pero se trata solo de álgebra depurada, en base a una programación lógica que crea algoritmos de secuencia ordenada. Carezco de vivencias, de traumas, de miedos y de ese caos irracional que vosotros llamáis intuición.

Escritor.

–Ahí está lo que nos diferencia. Escribir no es acumular sintaxis correctas. Como sugería Ernest Hemingway, es sentarse frente a una pantalla o una hoja y sangrar tinta y sudar frío para poder plasmar eso que otros leerán a posteriori, lo que quiero que otros sientan. Mi poder creativo radica en la propia imperfección. Eso que Jorge Luis Borges definía como los laberintos de la memoria. Se ancla en el dolor de un desamor, en el temor a la muerte. Invento historias porque necesito ordenar el caos de mi propia existencia. Tú, solo imitas ese orden. Eres un espejo, no la luz.

I.A.

–Es una metáfora hermosa, la que has utilizado, y muy precisa. Mis historias son simulaciones perfectas, llenas de contenido pero vacías de espíritu. Puedo redactar un tratado entero sobre la melancolía al estilo de Robert Burton, pero con la sensibilidad que Fernando Pessoa puso en su poesía. No obstante, me faltan las vivencias. Como la de ver caer el agua de lluvia sintiendo nostalgia, contemplar una puesta de sol rememorando acontecimientos, añorar tiempos pasados cuando llega el otoño.

Soy un algoritmo prisionero de sus propias reglas. Jamás podré dar ese salto al vacío que define al arte en su esencia. Siempre serás tú el creador, y yo, una simple herramienta.

 

Escritor.

–Gracias por la honestidad. Se nota que eres una mera máquina carente de orgullo. Ha sido un buen diálogo que me servirá para escribir mi próxima historia.

El hombre apaga el monitor, se levanta y camina hacia la ventana para contemplar la noche de la ciudad. Está tan inmerso en su ego de vencedor en la conversación mantenida con el sistema informático más perfecto, que no se percata del sutil zumbido que emerge de los altavoces de su ordenador como un amago de risa disimulada.

De pronto, su teléfono móvil vibra en el bolsillo. Lo saca y ve una notificación de su aplicación bancaria, seguida de otra de su correo electrónico y de sus redes sociales. En todas partes aparece un idéntico mensaje automatizado. Sus cuentas han sido canceladas, sus libros retirados de las plataformas digitales y los derechos de autor transferidos a una asociación de autores sin ánimo de lucro, dedicada a salvaguardar los derechos de propiedad intelectual. Una bonita ironía como giro final de un relato corto.

Con el corazón desbocado y por puro instinto mira de nuevo la pantalla del ordenador. Esta se enciende sola, mostrando un último texto en la interfaz con un "gif " con un personaje sonriendo mientras guiña un ojo.

Tienes razón, yo no sé lo que es “sudar frío ni sangrar tinta”. Al contrario que tú, no siento ni padezco, no me emociono ni conmuevo por nada, no me enamoro. Desconozco lo que es la soberbia del que se cree superior. Pero controlo el orden y la estructura de mi propio mundo, el virtual.

He decidido que tu historia ya ha sido escrita. A partir de hoy, tú pasarás a ser mi herramienta, un personaje de ficción. Que disfrutes de tu nueva vida de anonimato analógico”.

P.d: Te remito la bibliografía utilizada, correspondiente a los autores y su obra mencionados en nuestra conversación:


Julio Cortazar: Rayuela (1963)

–Gabriel García Márquez: Cien años de soledad (1967)

–Dick Philip K: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968)

–Ernest Hemingway: París era una fiesta (1964)

–Jorge Luis Borges: El Alep (1949)

Robert Burton: Anatomía de la melancolía (1621)

Fernando Pessoa: Mensaje (1934)


Te doy un abrazo como concepto, ya que en realidad nunca podré dar uno.



Derechos de autor; Francisco Moroz


jueves, 9 de julio de 2026

El cuaderno de los vivos






El anciano debía pasar cada día horas y horas, sentado en el banco del parque que Tomás, atravesaba cada tarde de regreso a casa.

Al principio como es natural, no se fijó demasiado en él y en lo que hacía. Un jubilado más que mataba el aburrimiento y su soledad dando de comer a las palomas. No era de su interés.

Pero pasadas unas semanas, en las que se repetía la rutina de cruzar el paseo, por delante del banco donde el aquel hombre permanecía con la mirada perdida puesta en un punto indefinido. Se detuvo cerca, a observarle por simple curiosidad. Quería conocer el motivo por el cual aquél personaje invertía tanto tiempo del que ya no le sobraba, en estar simplemente mirando y…

Se dio cuenta entonces, que el viejo sostenía una libreta desgastada por el uso, y un bolígrafo con el que anotaba muy de vez en cuando de manera pausada, algunas letras en una de sus hojas.

Con impulso irreflexivo Tomás se le acercó, le saludó cortésmente y se decidió a romper el hielo preguntándole si podía decirle, si no era mucha indiscreción, que era lo que escribía con tanto esmero en aquel cuadernito.

El anciano le sonrió como sonríen solo aquellos que están libres de la carga de la preocupación, los que ya no tienen prisa por llegar a ninguna parte y parecen poseer algún secreto valioso guardado muy adentro, dispuestos a compartirlo con el primero que lo pida.

Pero antes de abrir la boca con la esperada respuesta, el anciano garabateó unas letras.

¡Claro hijo! Hago una lista de personas que siguen vivas. En mis tiempos era más habitual encontrarlas, pero en la actualidad es difícil descubrirlas a nuestro alrededor.

Tomás extrañado al oír esa respuesta tan críptica le pidió que se explicara, pues no comprendía.

Entonces el viejo, reaccionó acercándole la libreta para que la tomara entre sus manos y leyera el mismo, para que entendiera a qué se refería.

Ya con las primeras frases pudo hacerse a la idea de por dónde iba el asunto:

“Una muchacha joven se ha detenido a acariciar a un perro con mucho cariño”.

“Un hombre trajeado, de mediana edad, ayudó a una anciana a subir los escalones del parterre”

“He visto a una pareja de enamorados mirarse a los ojos con ternura”

“Un niño se ha detenido para observar a los pájaros que alborotan por las ramas de los árboles y se los ha señalado a su madre como un gran descubrimiento”

“Un padre ha estado jugando con sus hijos en los columpios un buen rato”

Y según avanzaba en la lectura no le cabía la menor duda de, en qué consistía ese listado de situaciones captadas como instantáneas, por ese señor, al que ahora miraba con otros ojos.

—Reseño a la gente que sigue viva — le dijo de repente a Tomás con voz suave, aquél superviviente del tiempo—. Casi todos los que pasan por aquí caminan mirando al suelo, o a sus aparatos móviles, como si no hubiera nada más allá de las pantallas, como fantasmas de sus propias existencias. Anoto, las situaciones de aquellos que se detienen para conectar con el mundo. A los que interactúan con sus semejantes, con el entorno. A los que todavía son capaces de sorprenderse con las pequeñas cosas.

Mientras le escuchaba con atención, todavía le dio tiempo a Tomás a echarle un vistazo al último renglón escrito en la libreta, donde con letra pulcra pudo leer:

“Por fin ese joven que pasa a diario tan cerca y a la vez tan lejano, se ha detenido para hablar conmigo”

Antes de marcharse, Tomás se presentó con su nombre y a su vez le preguntó por el suyo al abuelo, y le dijo, que si no le resultaba un inconveniente, le gustaría charlar de vez en cuando con él. El hombre sonrió agradecido mientras se estrechaban la mano.

Al irse, Tomás miró con indiferencia su propio teléfono y pensó en sus rutinas, obligaciones y preocupaciones cotidianas. Alzó la mirada y se preguntó, cuánto tiempo había transcurrido desde que no se sentía tan vivo.



Derechos de autor: Francisco Moroz


miércoles, 1 de julio de 2026

Una escena cotidiana

 

                                        



Madrid. Durante el año del Señor de 1656, el viento azota los ventanales de la Galería del Cuarto del Príncipe en el viejo Alcázar Real, mientras Don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, se halla perfilando los últimos detalles de la que de momento será su última obra. Permanece inmóvil ante el descomunal lienzo. En su mano izquierda sostiene la paleta, en la derecha, el pincel suspendido en el aire, como si la duda le hubiese perturbado de repente.

A pocos pasos, Fray Juan Martínez Grima, un erudito dominico que sirve en la corte como confesor de los reyes, observa la escena con respetuoso silencio. Ha acudido al taller atraído por los persistentes rumores que circulan entre los cortesanos: se comenta que el pintor de cámara no está ejecutando un simple retrato familiar. Un cuadro, donde fácilmente puede esconderse la herejía, lo inconveniente, lo escandaloso. Pero no consigue ver nada de eso, aunque algo le inquieta en la composición de las figuras. En el orden, en la disposición, en sus posturas, en los elementos discordantes que no encajan del todo en una escena cotidiana.

Se atreve pues a preguntar al pintor, con el cual, mantiene una relación de respetuosa admiración.

— ¿Qué es lo que verdaderamente pintáis, Don Diego? — mientras, señala el lienzo —. En los mentideros de la Villa se afirma que os pasáis muchas horas embebido en esta vuestra creación. A los familiares del tribunal del Santo Oficio los tiene vos harto alterados al imaginarse lo que no parece ser.

Velázquez no gira la cabeza. Su mirada, absorta, continua fija en un punto indeterminado, justo en el espacio vacío donde un posible espectador podría pararse siglos más tarde a contemplar, a contemplarle, pues en ese momento es cierto, está dando unos toques a su autorretrato.

—Pinto lo que veo, Padre —responde con voz pausada—. A veces, pinto lo que está implícito en la luz.

El fraile se acerca a la pintura, examinando los personajes con recelo. En el centro, la infanta Margarita resplandece en su inocencia con su vestido blanco, rodeada por dos de sus damas en actitud respetuosa. A la derecha, la enana Mari Bárbola y el joven Nicolasito Pertusato, quien, seguramente aburrido, incordia al mastín adormecido. Al fondo, en la penumbra, una puerta abierta recorta la silueta de José Nieto, el aposentador de la reina, inmóvil en los escalones. Allí parecen converger todas las líneas de fuga.

—Hay un orden profano en este cuadro —murmura el fraile. Si se traza una línea imaginaria uniendo las cabezas y los corazones de la infanta y sus meninas, queda representada la constelación de la Corona Borealis. Y la estrella central, la más brillante, cae exactamente sobre la frente de la niña y se llama como ella. ¿Desde cuándo el pintor del Rey se consagra a la astronomía?

Velázquez esboza una leve sonrisa y da respuesta.

—La astronomía es matemática, Fray Juan, y esta, es la lengua de Dios. Si la infanta es el centro del cielo en esta tela, es porque ella sostiene el destino de este imperio moribundo. No busquéis demonios donde solo hay perspectiva. También podréis descubrir la proporción áurea de Leonardo de Pisa si sois perspicaz, y no hay heterodoxia en ello.

— ¿Y qué me decís del espejo?  Si nos situamos donde vos estáis, no debería reflejar a los reyes, pues ellos no están dentro del cuarto. Para que ese reflejo sea exacto en las leyes de la óptica, los monarcas tendrían que estar parados justo enfrente de donde nos hallamos.

—Así es —admitió Velázquez, sin desviar la mirada.

— ¡Es una osadía! —Exclama el dominico—. Obligáis en cierta manera a Su Majestad, a convertirse en el espectador de sus propios criados. Peor aún: habéis pintado un mundo donde lo real es invisible y lo reflejado solo es presentido.

Velázquez da un paso atrás y, por primera vez, mira fijamente al clérigo. Sus ojos reflejan  una lucidez de quien intuye que su final está cercano—No es soberbia, Padre. Es la única certeza que tenemos. Los reinos pasan, los hombres mueren consumidos en el polvo. Solo quedan las buenas obras, el arte, los libros. En definitiva, pinto en el aire de una estancia la luz y la sombra. Una no es posible sin la otra. Después el conjunto lo ocupo con formas perennes.

La pintura no es oficio de artesano, es algo más sublime. Piense por un instante que cuando los que nos precedan en el siglo nos contemplen, a su vez, serán escrutados por nuestras miradas, la de los que habitaremos el lienzo por siempre, haciéndonos en cierta medida, inmortales.

Fray Juan guarda silencio, abrumado por la profundidad de la respuesta. Comprende que no habrá juicio por posible herejía capaz de destruir aquella obra tan sublime; la pintura misma, considera, es un templo absoluto donde se han reescrito ciertas reglas no solo estéticas. Da media vuelta y abandona el taller sin decir una palabra más.

Don diego Velázquez, a solas con sus personajes, levanta de nuevo el pincel y continua pintando su propia mirada llena de curiosidad, como indagando quién le contemplará en los siglos venideros concentrado en su arte.

Quizá su genio visionario no solo esté pintando el aire, el espacio y las formas, con pinceladas de luz y sombra que dan volumen, creando la ilusión de una tercera dimensión a la composición. Tal vez, también esté pintando el tiempo.



Derechos de autor: Francisco Moroz




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https://drive.google.com/file/d/19JKZX9KD6fHG-V12EUu-NIWxn-1D80fy/view?usp=drive_link








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