martes, 13 de abril de 2021

La memoria del niño

 

 



Con seis años eran muchas las mañanas en que amanecía mojado.

Mis padres me lo recriminaban, mis hermanos se reían de mí. Yo me sentía avergonzado, pero eran mis miedos superiores a mi bochorno. Y es que la casa donde pasábamos los veranos era tenebrosa. De esas de pueblo. Vieja, con vigas de madera; del mismo material que la escalera con la que me encontraba nada más abrir la puerta de la calle y que daba acceso a las habitaciones, y a un balcón acristalado desde el que se veía un huerto en pendiente, la hendidura de un viejo río más abajo y mucho más lejos unos montes con pinos carrascas.

De día todo eran juegos pero llegando la noche, me iba encogiendo sobre mi mismo viendo la hora en la que me tendría que retirar para acostarme.

Uno de los problemas radicaba cuando la vejiga reventaba de puro llena y necesitaba aliviar tanta tensión. Otro, cuando tenía que levantarme para ir al servicio ubicado bajo las escaleras.

Hacía verdaderos esfuerzos por aguantarme las ganas pero…

Al principio me levantaba de la cama que con un chirriar de muelles anunciaba mi presencia a un posible acechador. Andaba descalzo y a oscuras; un niño no tenía por entonces acceso a cerillas, velas ni linternas. En completa oscuridad y temiendo que algún ser indescriptible me estuviera observando, salía del cuarto hacía las escaleras cuyos crujidos me producían un tembleque nervioso que recorría todo mi cuerpo. Pasaba por delante de un espejo, y el vago reflejo me hacía dar un respingo.

El cuarto de baño, menos mal, disponía de una bombilla que emitía una mortecina luz amarilla  que iluminaba lo justo como para no orinarse fuera de la taza. Pero ¡Ay Dios! Justo en la parte de al lado del inodoro había un ventanuco que daba al campo, con una contraventana siempre abierta que dejaba pasar unos sonidos que me aterrorizaban. Ruidos y chirridos inidentificables de engendros desconocidos; incluso de vez en cuando oía voces y gritos humanos. Muchas fueron las veces que antes de terminar, salía corriendo sin apartar la  mirada de la ventana con fondo negro, sin apagar la luz, dejando un rastro húmedo de meado en lo precipitado de mi huida, para refugiarme cuanto antes bajo las sábanas. 

Los peldaños los subía de dos en dos, con los dientes apretados y el corazón a cien por hora. Mirando adelante, no fuera a encontrarme con algún monstruo deforme que me cerrara el paso, sintiendo esos escalofríos en la nuca que me indicaban que los espíritus de los muertos no andaban lejos.

Siempre esperaba esa mano huesuda posada en mi hombro que me hiciera volverme para contemplar un rostro cadavérico, enfrentándome a un difunto escapado del cementerio. El ulular del viento conformaba sus voces.

Por eso mismo la más de las veces me meaba encima, a pesar de la reprimenda, el castigo, y las burlas que me esperaban al día siguiente.

Terminado el verano regresábamos a la capital y aunque el piso de mi familia me infundía seguridad por lo reducido, conocido y habitual. Seguía temblando de miedo por las noches; pues los sueños recurrentes no me abandonaban. En ellos, me levantaba de la cama, bajaba las escaleras quedito, pasaba por delante del espejo, entraba en el baño y miraba con aprehensión, la ventana por la que de pronto aparecía un personaje horrible que se abalanzaba sobre mí. Yo corría y corría, pero mis pies parecían lastrados de plomo. Todo acababa cuando una mano descarnada se posaba en mi hombro y entonces... mojaba el pijama.

No tengo memoria del porqué  terminé  habitando este caserón rancio si nunca me gustó. A mis padres y a mis hermanos les perdí la pista; al igual que yo fui perdiendo la memoria de todos ellos; sus rostros y actitudes se difuminaron.

He madurado, de eso estoy seguro, pues ya no tiemblo ni temo a lo desconocido mientras recorro la casa; que la verdad está un poco desastrosa. Se nota el paso del tiempo. Las escaleras crujen un poco más y las ventanas están desvencijadas. Aunque dispongo de tiempo no así de los medios para arreglar tanto desbarajuste y desorden. Ya me acostumbré al roce de las telas de araña que son como caricias, de igual manera al tenue silbido del aire que me arrulla por las noches.

Hace muchos años que dejé de encender la bombilla del baño, pero es curioso cómo me he ido acostumbrando a la soledad y la sombra.

Cuando me asomo al balcón sigo viendo el huerto abandonado, los árboles a lo lejos, presiento el río murmurando a su paso y escucho a la lechuza y a los grillos en sus monótonos y repetitivos cánones. También de vez en vez, oigo las voces de los arrieros que entran al pueblo arreando a sus mulas. Los pastores que retornan a sus casas cuando oscurece, después de apriscar al ganado.

Y entonces me viene a la memoria un verano, la ventana abierta a la noche  y un niño que quiso enfrentarse a sus demonios asomándose por ella para quitarse el miedo cerval que le atenazaba. Para él, era insoportable la humillación a la que era sometido cada vez que se orinaba encima. Ese chaval se precipitó al vacío. No recuerdo más.

Lo que no acabo de comprender, es por qué ya no veo mi reflejo cuando paso delante del espejo roto del descansillo.


Derechos de autor: Francisco Moroz










miércoles, 31 de marzo de 2021

No hay necesidad



No paran de preguntar por mí cada vez que atiendo al teléfono.
Están empeñados en que contrate un seguro de decesos con su compañía; para que cuando me toque abandonar este valle de lágrimas lo haga con todos los gastos cubiertos, y los deudos, no tengan que realizar desembolsos indeseados en esas tristes circunstancias.

Dada su insistente machaconería con el asunto, me da la sensación de que no se acaban de creer que me es del todo innecesario su producto; pues pronto se cumplirán dos años desde que abandoné este mundo de vivos. Les pido por favor, que me dejen descansar en paz, que ni muerto me haría un seguro que realmente no te asegura nada a la hora de la verdad.


Derechos de autor: Francisco Moroz



domingo, 7 de marzo de 2021

Solicitud aceptada

 



Soltó la pluma con desesperación;  ya que por enésima vez tenía que rascar el costoso pergamino para volver a escribir en él.

No encontraba las palabras exactas para dar comienzo al texto que tenía en mente y eso le contrariaba sobremanera. No era hombre que abandonara fácilmente sus empresas y se conformara con menudencias. Era pertinaz en sus objetivos y terco por añadidura. Por ello se levantó de la silla y deambuló por la estancia; impenitente y dispuesto a pasar en vela la noche aquella, con tal de hallar la fórmula exacta.

En esas, llamaron con insistencia a la puerta, el ama abrió presurosa. Regresó para anunciar a su señor que un mensajero traía recado de palacio.

–El rey le requiere con urgencia; le dijo sudorosa, nerviosa y balbuceante.

Allá vemos correr a nuestro personaje por las calles de Madrid. Deslavazado y subiéndose las raídas calzas. Ajustándose el jubón deslucido y recolocando la gorguera desfruncida y mal plegada.

Ya en presencia del monarca de las Españas, se le anuncia que sus desvelos serán recompensados. Que el servicio a su majestad no caerá en olvido. Ni serán baladís las heridas conseguidas en la gloriosa jornada guerrera a las órdenes de Don Juan de Austria.

Ya en las Indias, y en la seguridad de las prebendas que le otorga su cargo de funcionario;  reflexiona Miguel, durante una de esas tardes tediosas frente a la escribanía. Que no hubiera sido mal comienzo un enunciado que dijese: “En un lugar de la Mancha...”



El punto Jonbar

“En mayo de 1590, Cervantes solicitó al rey Felipe II, de España, la adjudicación de alguno de los puestos de funcionario de la administración en las Indias.

Su petición fechada el 21 de mayo de 1590 se encuentra registrada en el Archivo de Indias, en Sevilla, España

La primera parte de "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha", fue publicada en 1605; la segunda en 1615.

 La primera parte se imprimió en Madrid, en casa de Juan de la Cuesta, a finales de 1604.


Derechos de autor: Francisco Moroz



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