jueves, 25 de noviembre de 2021

Amenaza

 




Quizás sea mejor no llevarles la contraria; pues de hacerlo, sospecho que me complicarían la existencia con su insistencia burocrática. Acosándome y poniéndome contra las cuerdas a la mínima demora por mi parte.

Si en un descuido saliese corriendo hacia la puerta, a lo mejor conseguiría llegar al aparcamiento y alejarme de ellos para siempre; pero veo difícil que el guardia con cara de mala leche que tienen apostado en la entrada, me dejara siquiera abrirla para huir de estas amenazas de tipo impositivo y al alza.

Aquí me tienen, asustado con lo que me dan a entender de manera soterrada. Machihembrado a una silla, pendiente de sus palabras melifluas que suenan a intimidación, pero que parecieran estar agazapadas entre dulces promesas de prosperidad. Sonríen torcidamente enseñando el colmillo afilado; como cuando alguien se frota las manos al comprobar que la víctima está a puntito de caer en la trampa. Me auguran, que si firmo el documento, podría mejorar mi calidad de vida y tener mayores facilidades a la hora de levantar mi pequeño negocio. Total, el interés fijo o variable es lo de menos, aunque mi desinterés por la oferta no estén dispuestos a aceptarlo.

La corbata no me deja respirar, me ahoga como nudo de soga del que está en el patíbulo; para un servidor, en este momento, el banco significa lo mismo.

Esto me pasa por entrar a pedir un crédito. Siendo como soy. Un pequeño autónomo. Que es como ser un gnomo, en el país de los gigantes. 

Derechos de autor: Francisco Moroz

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Si bebes no conduzcas

 

 



Los adolescentes me escuchaban en un silencio expectante, temblando ligeramente mientras les  contaba mi dramática historia convertida en leyenda.

–“Una noche pasada de alcohol la tiene cualquiera”; y más, con motivo de una fiesta de celebración con los antiguos compañeros de la universidad.

Lo que deja de resultar adecuado, es coger el coche con esa alta graduación etílica en la sangre. Pasó lo que tenía que pasar por simple ley de probabilidades; algo que más tarde le hace a uno recapacitar sobre su miserable condición de estúpido irresponsable.

Como podéis comprobar os lo cuento como testigo de primera mano de los sucesos que acaecieron esa madrugada; justo en la primera curva que gira a la derecha antes de entrar en el pueblo. Esa donde, si pasáis despacio, podéis ver un ramo de flores secas que depositó una mano amiga en el primer aniversario del accidente. Allí están los restos del árbol donde se empotró el coche.

Lo peor no fue despertar desorientado en una cama de hospital, tampoco el dolor de las heridas, ni la rehabilitación necesaria para poder manejarme mínimamente. Todo ello se me hizo pasable.

Al contrario que esa angustia que me hace llorar todavía, cuando recuerdo el último beso que me dio mi novia mientras me hallaba postrado semiinconsciente en la UCI. Ella venía a despedirse para siempre; nuestro futuro juntos carecía de sentido dadas las circunstancias.

Yo me quedé anclado en esta silla de ruedas. Ella condenada a ser, la muchacha de la curva.


Derechos de autor: Francisco Moroz






sábado, 6 de noviembre de 2021

Pérdida irreparable

 



Sin poder superar su muerte lloraba desconsoladamente. 

Lo que más le fastidiaba era lo tonto del accidente. Toda una contrariedad por culpa de un descuido absurdo. Justo cuando empezaba a ser feliz junto a ella, de haberse prometido momentos de placer sin límites.

Lo cierto era, que no se trataba de una muerte en sí misma. Más bien de un reventón inusitado a causa de su fogosidad. Y las lágrimas no eran por ella, ni por lo que significaba; más bien por el dinero invertido en ese artículo de importación, tan erótico y sensual, que le había costado un ojo de la cara y le había durado tan poco.


Derechos de autor: Francisco Moroz

miércoles, 20 de octubre de 2021

Festum populi

 

 




Los primeros compases de la banda iniciaron las fiestas del pueblo; que con gran esfuerzo por parte del alcalde de la localidad, cada año costaba más organizar.

Esta vez tuvieron que fletar dos autobuses desde la capital para que la asistencia fuese representativa. El traslado de los participantes corría a cuenta del ayuntamiento, aunque la comida y la bebida se la tuviesen que costear cada uno según sus gustos y necesidades.

No habría eventos taurinos ni fuegos artificiales; pero el baile estaba asegurado gracias al tamboril el clarinete y trombón que habían contratado en el pueblo de al lado por horas.

Son los inconvenientes; pensaba el edil, de gobernar en un rincón de la España vaciada.




Derechos de autor: Francisco Moroz






martes, 12 de octubre de 2021

Kumeza y las palabras

 




A Kumeza le había resultado fácil adaptarse a esta ciudad. Estaba acostumbrada a los continuos cambios. Sus padres le enseñaron mucho de lo que ahora sabía: a socializar e interactuar. Adaptarse a las circunstancias y a los elementos según lo requiriese la necesidad. A transformarse, mimetizarse con el entorno. En un principio, lo más difícil, fue aprender el idioma, a comunicarse con los individuos y hacerse comprender. Las palabras le apasionaban. Con el tiempo fue capaz de hablar hasta trece idiomas diferentes, sin contar unos cuantos dialectos que dominaba a la perfección.

De niña, su etapa escolar fue pasable. En el instituto se le hizo todo más cuesta arriba. Recordaba los prejuicios ante alguien, que como ella, siempre era considerada como una forastera. "La nueva"

La universidad constituyó la prueba de fuego, pero con un mínimo esfuerzo, consiguió destacar en todos los aspectos; en el docente y en el personal. Superó a todos sus compañeros, convirtiéndose en la joven más prometedora de la promoción y una de las más populares del campus por su belleza y sensualidad. Adquirió la seguridad necesaria para abrirse camino y afrontar los retos que este mundo le propusiese. También fue el lugar donde su afición por los hombres se acentuó considerablemente.

Ahora, llegaba al bar de copas donde había quedado con el último al que había conocido en una página de citas por Internet. En la barra le esperaba un tipo alto y proporcionado con unos ojos de azul intenso. Nunca fue exigente en cuestión fisionómica. Le daba igual que fueran rubios, morenos o calvos. Negros, morenos, blancos o sonrosados de piel. Lo único que pedía a sus contactos eran unas medidas de higiene personal mínimas. De lo contrario se daba media vuelta sin tan siquiera dirigirles la palabra.

Cuando  apareció por la puerta, ella detectó en la amplia sonrisa del hombre, que no le defraudaba lo que veía. No en vano Kumeza era una "hembra de bandera"; siempre le gustó esa expresión con que algunos se referían a ella. Por el contrario, las palabras "puta o ninfómana", que también utilizaban a modo de insulto contra su persona alguna que otra vez, le sonaban despectivas y no las aceptaba. Otras como "mujer fatal" la dejaban indiferente. Ella, lo único que buscaba era cubrir sus necesidades sin depender de nadie. Y menos de esos machos prepotentes que pretendían aportar seguridad a la fémina que les acompañaba.

Cuando se sentó al lado de su acompañante notó como le miraba con fruición el escote antes que sus ojos, y se deleitaba con la observación de sus torneadas y largas piernas, cuyo final prometía algún paraíso imaginado entre sus muslos.

Ella sabía cómo captar la atención; las artes de seducción se las enseñó su madre. Mientras que su padre se centró más en las de defensa personal. No en balde era un soldado entrenado para la guerra. Recuerda que su familia vino a esta tierra huyendo de una.

Sus progenitores tuvieron que soportar condiciones de supervivencia extremas ante la escasez de alimento; teniendo que desprenderse de todo para huir precipitadamente del lugar donde habían nacido. Todo, con el único propósito de salvar lo más valioso que en ese momento poseían; lo más sagrado: sus vidas.

Se había convertido en toda una maestra, cautivando con sus encantos a los hombres. Se había especializado en vivir a costa de ellos mientras le duraban. De hecho desde que se independizó de su familia tuvo que cambiar varias veces de país, de  localidad, de ciudad, de estado; y más de una vez, de nombre. Simplemente para salvaguardar su seguridad en las zonas donde habitaba. Eso de que la llamaran "viuda negra" no lo acababa de comprender; quizá se referían a su color, aunque de eso también solía cambiar; era camaleónica.

En ciertos países más liberales, su manera de actuar pasaba más desapercibida. No obstante nunca bajaba la guardia; en más de una ocasión tuvo que demostrar su fortaleza ante seres dominantes y agresivos que querían imponer su criterio de manera brutal. Estas relaciones eran las que menos duraban, acababa con ellas de forma tajante. No eran baladís sus conocimientos de lucha cuerpo a cuerpo.

 

Kumeza acarició el rostro del hombre y le miró intensamente, observando cómo las pupilas de su interlocutor se le dilataban a causa del deseo.

Enseguida él, le propuso ir a su apartamento. Los había que se saltaban los preludios amorosos de cortejo. Eran directos e instintivos, demasiado básicos como para obtener placer de ellos.

Cuando estuvo desnudo y tendido en la cama frente a ella, le observó con interés científico. Un espécimen un poco más sobresaliente que otros. Evaluó fríamente cuanto le duraría este administrando bien los recursos.

Deslizó el escueto vestido hasta el suelo, y su esplendoroso cuerpo provocó en el sujeto una especie de conmoción; el colapso lo provocó ella poco después, cuando se puso sobre él y le desgarró el cuello con sus dientes.

Después de saciar su voraz apetito, pensó en lo importante de las palabras y su significado. Por ejemplo "devoradora de hombres" era el calificativo con el que más se identificaba. En el mundo extinto del que procedía, lo eran literalmente todas las hembras.

Eligió su nombre precisamente por eso. Kumeza, en Suajili, podía significar golondrina o devoradora. Al igual que "gustar" como verbo intransitivo, tenía dos acepciones. Aplicaba solo una con los hombres .


Derechos de autor: Francisco Moroz








lunes, 4 de octubre de 2021

El bosque animado

 


El bosque estaba ahí, esperando a que llegasen tiempos mejores. Desde finales del Oligoceno, que es cuando se empezó formar como entidad definida.

Testigo de la extinción de especies de gigantes, de la transición del Eoceno al Mioceno; ignorando el sentido de esas palabras, pero todo con tintes de modernidad y aires de cambio, con alguna glaciación de por medio. Volcanes, terremotos y meteoritos. 

Sobrevivió a todo ello y ha llegado hasta aquí, el paleolítico superior, con casi todos sus árboles; y ahora observa como un ser insignificante frota un trozo de astilla contra otro, del cual sale un humillo que antecede a una llamita naranja.

Quizá, sea esta, la señal que anuncia, el tiempo extraordinario con el que sueña hace millones de años.


Derechos de autor: Francisco Moroz

sábado, 25 de septiembre de 2021

Señor, dame paciencia

 


Estoy a punto de perder los papeles y de echarle las manos al cuello, cuando por enésima vez el personaje me repite que él, es, en virtud de un nombramiento legal, regulado por el derecho administrativo, dictado en el artículo ocho del real decreto legislativo. Un funcionario vinculado a la entidad pública, que desempeña ciertos servicios profesionales como el de tramitación, información y facilitación a personas como yo. De los recursos que el estado de la nación pone a disposición del peticionario. Que debidamente, de forma adecuada, y por medio de los canales burocráticos que el gobierno actual pone al servicio de la ciudadanía, mediante la gestión de herramientas, concesión de licencias, sellos, pólizas. Pago de gravámenes e impuestos, y aporte de la documentación necesaria, poner en marcha los proyectos que el usuario o contribuyente en cuestión, requiere.

Cuando hace la pausa obligada para respirar, y sin darle tiempo a que continúe la perorata explicativa de lo que es, a lo que se dedica y para lo que está en este mundo. Le digo lo más calmadamente que puedo, con claridad meridiana, vocalizando en exceso para que no haya lugar a dudas de cuál es el mensaje que le quiero transmitir en forma de pregunta y a modo de ultimátum. Mientras en ningún momento corto la línea visual que va de mis ojos a los suyos, para que se centre en lo precario de su integridad física.

–No te lo vuelvo a repetir cariño ¿Vas a bajar la basura?


Derechos de autor: Francisco Moroz






martes, 21 de septiembre de 2021

Sin ti no soy nada

 



A quien no entiendo es a él; gritando que me quiere, que no puede vivir sin mí, que me necesita.

A los de abajo no les oigo, pero percibo como comentan la jugada señalándome; incluso los imagino recreándose con lo morboso de la situación. A todos ellos les puedo comprender, al igual que al bombero que asoma medio cuerpo por la ventana del dormitorio intentando tranquilizarme y hacerme entrar en razón. Es su trabajo.

Lo que no concibo es la contradicción de mi pareja. Hace una hora escasa me insultaba y golpeaba y ahora me declara su amor incondicional.


Derechos de autor: Francisco Moroz

miércoles, 1 de septiembre de 2021

El trasto viejo

 


Le obligaron a sentarse en el sofá y una vez que lo hizo parecieron olvidarse de él. 

No es que no estuviera acostumbrado a que le ignoraran, pero después de haberse preparado para este encuentro tan deseado le parecía de muy mal gusto que lo arrinconaran como un trasto inútil; mientras pasaban por delante, como si tuvieran muchas tareas pendientes, sin tan siquiera mirarle ni dirigirle la palabra.

Pensaba mientras tanto en que a lo largo de su existencia nadie le había regalado nada. Recordaba los muchos sacrificios que tuvo que hacer por ellos, renunciando a tantas cosas para conseguir sacarlos adelante.

Y ahora esto. Quietecito y calladito para molestar lo menos posible; como si fuera un cojín arrugado que hiciera juego con el sofá,  sintiéndose como una carga añadida cada fin de semana.

Estaba a punto de llorar pensando en lo cabrona que es la vida que te deja sufrir de esta manera; justo unos segundos antes de que un pequeñajo saliera por una puerta, y viniese corriendo hacia él con los brazos abiertos y una gran sonrisa en la boca, gritando: ¡Abueeeelo!

Y entonces olvidó todos sus males y sonrió.

Derechos de autor: Francisco Moroz

viernes, 2 de julio de 2021

Único testigo

 


Hablando todo el día con el loro del vecino he aprendido tres cosas: 

Primero, que el animalito no es especialmente dialogante conmigo.

Segundo. Que habiendo sido testigo de los acontecimientos puede ser de gran ayuda o perjuicio el que abra el pico o lo mantenga cerrado.

Y tercero y más desafortunado, es el no haber sido capaz de enseñarle otras palabras durante el periodo de tiempo que ha mediado, entre los hechos acontecidos y los timbrazos de la policía en mi puerta.

 El muy asqueroso sigue gritando su odiosa frasecita desde el balcón de enfrente: “¡Es culpable, es culpable!”

Derechos de autor: Francisco Moroz





domingo, 6 de junio de 2021

Carlitos

 



–Carlitos no tiene maldad doctor, es un niño inocente como lo son todos los niños. Pero tiene un problema; bueno, más bien lo tienen los que le hacen enfadar o le contrarían.

Por eso se lo hemos traído, para que lo reconozca, analice y estudie un caso tan extraordinario desde el punto de vista de su especialidad.

¿Qué cómo nos dimos cuenta de que algo no marchaba bien?

Le cuento: Cuando nació lo hizo como todos los mamíferos, de la forma habitual y por el conducto apropiado. La comadrona lo sacó con suavidad y como el niño no lloraba le azotó las nalgas; El susto que nos llevamos la madre y yo no se nos olvidará en la vida. Al bebé lo pude agarrar a tiempo, Pero la comadrona salió impulsada hacía el techo como si una fuerza paranormal la empujara hacia arriba. Tuvieron que venir dos celadores, los bomberos y la policía autonómica. Y ni por esas pudieron bajar a la pobre mujer. Fue solo cuando la criatura se calmó poniéndola sobre el pecho de la madre. Que la asistente al parto se precipitó hacia al suelo sobre el colchón que habían preparado los enfermeros que anduvieron a ese respecto muy espabilados.

Nos dieron el alta a los tres de forma precipitada, para que nos fuéramos a casa lo antes posible y descansáramos de tamaño sobresalto. Sin  por otro lado, darnos ningún tipo de explicación sobre lo acaecido.

Nos fuimos acostumbrando con el tiempo a esta forma de protesta de nuestro hijo. Cuando por ejemplo le trajimos al hermanito. Lo sacó a pulso de la cuna, con tan solo una mirada furibunda y un gesto concentrado. Sin tocarlo ¿Por qué? La aparente excesiva atención que le mostrábamos al pequeño recién nacido en detrimento de su persona. Eso que se conoce como el síndrome del príncipe destronado, supongo.

Cuando nuestros amigos venían a casa, encerrábamos a Carlitos en su cuarto para evitar accidentes. Con el tiempo y ante la extrañeza de estos, al preguntarnos de el porqué que el niño durmiera tanto, no tuvimos más remedio que dejarles de invitar para no tener que responder. Nuestra vida social menguó irremediablemente.

Con los compañeros de trabajo sin embargo presumía de hijo. Cuando estos me contaban que los suyos con pocos años ya levantaban pesos considerables yo les decía que el mío con tan solo cinco años, era capaz de tenerme toda la noche en vilo por no contarle su cuento preferido cuando me lo pedía. Lo que no les descubría es a la forma tan literal en que lo hacía. Me pasaba noches enteras en vela. levitando alrededor del ventilador del techo.

Cuando empezó la escuela la cosa fue a más y ahí, doctor, ya no pudimos disfrazar los acontecimientos de casuales; de fenómenos de la naturaleza como la confluencia de ondas hertzianas, electromagnetismo, o intentar demostrar a director y profesorado que la escuela estaba construida sobre un cementerio indio o en una zona con abundante influencia telúrica.

Ahora el niño recibe clases particulares de un profesor medio friki; bueno friki por entero todo él. Pues cree en extraterrestres, súper héroes de Marvel y el amor libre; no nos convence, pero es el único que parece conectar con el niño. Si al menos lo del colegio Hogwarts de magia y hechicería del tal Harry Potter hubiera sido real, nos habríamos evitado muchos quebraderos de cabeza con el chiquillo

¡En fin doctor! Nuestra vida se ha convertido en un verdadero calvario y no sabemos lo que hacer con el chaval. Sabemos que no es habitual su reacción cuando algo no le gusta, o cuando se enfurruña. Pero por lo demás es normalito, del montón. Ni más listo ni más tonto que los demás.

No queremos que crezca con un trauma, pensando que es un bicho raro y que al final, tenga que aislarse voluntariamente del entorno social para sortear sucesos difíciles de explicar.

Bueno doctor, pues eso es todo lo que podemos contarle al respecto sobre Carlitos, que será su paciente si usted lo acepta como tal. ¿Cómo lo ve?

– ¿Desde aquí arriba se refiere?

– ¡Carlos! Compórtate por favor, que este doctor no te va a pinchar hombre.


Derechos de autor: Francisco Moroz




sábado, 22 de mayo de 2021

¿ Cibo qué?

  



Cinco y media, suena el despertador. Me levanto soñoliento. Arrastro los pies hasta el cuarto de baño. Me lavo la cara y me despejo solo a medias.

Entro en la cocina y abro la nevera. De repente se enciende una luz que me ciega y deslumbra.

Empiezan a entrarme sudores fríos, un leve mareo, arcadas. La tensión se me dispara, el corazón se acelera al igual que mi respiración. Los músculos de todo mi cuerpo se tensan. Tan solo consigo centrar mi mirada en el tetrabrik de leche mientras oigo una voz que dice mi nombre desde el fondo del electrodoméstico.

–Buenos días Gonzalo, campeón ¿Qué tal has empezado la jornada?

Perplejo y anonadado respondo con palabras confusas causadas por la sorpresa.

–Bien... bien ¿Pero quién eres?

–Una aparición mariana; como las de Fátima y Garabandal pero actualizada; para acompañar a los tiempos que corren. ¡Vaya! una aparición 2.0 que es como llamáis a las versiones mejoradas.

– ¿Y qué quieres de mi?

–Nada especial, charlar un rato con alguien; que hace una eternidad que no me aparezco a ningún pastorcillo y me aburro soberanamente.

De repente otra voz a mis espaldas me interpela.

–Pero Gonzalo ¿Qué haces con la nevera abierta, temblando como un flan y contemplando anhelado el envase de la leche?

Es María, mi esposa. Respondo:

–Viendo el periodo de caducidad querida, sabes que mi cibofobia me atormenta.

– ¡Ah, pues vale!

Cuando se aleja oigo la otra vocecita que me dice:

– ¡Pssst! ¡Aquí! Detrás del limón pocho.


Derechos de autor: Francisco Moroz



Cibofobia: miedo a los alimentos
  • Muestran una obsesión irracional por los alimentos, lo que les lleva a leer compulsivamente las etiquetas para conocer las fechas de caducidad, los ingredientes, etc.
  • Rechazan tomar algunos alimentos por el temor a que estos sean dañinos para su salud. Se trata de una idea fija que les impide tomar alimentos perecederos o que no están excesivamente cocinados por miedo a que contengan sustancias tóxicas o que puedan causar alguna enfermedad. Tal es así que suprimirán de su dieta productos de origen animal como el pescado, debido a la contaminación, o salsas como la mayonesa.
  • Rehúyen comer platos preparados por otras personas. El rechazo a comer determinados alimentos hace que solo confíen en aquellos platos elaborados por ellos mismos. De ahí que no coman en sitios públicos o no tomen nada que haya cocinado otra persona, aunque sea un familiar cercano.
  • Evitan consumir alimentos preparados anteriormente. El temor que tienen a intoxicarse o a consumir algo en mal estado les lleva a desperdiciar comida que habían preservado previamente, a pesar de que solo lleve un día en el frigorífico.


jueves, 13 de mayo de 2021

Padre coraje





Se acercó a la cama en la que estaba postrado el paciente, sedado con calmantes y totalmente entubado.
Lo observó con calma, pensando cómo iba a actuar ante él, lo que le iba a decir; pues sabía que sería la primera y última vez que lo vería. Difícilmente aguantaba las lágrimas que amenazaban con desbordar sus ojos cuando recordaba escenas entrañables, momentos disfrutados en compañía de su hijo.

 Cuando recibió la noticia de madrugada se sobresaltó de tal manera que no acertaba a controlar sus manos temblorosas que le impedían vestirse para salir corriendo a su encuentro.

Desolado, arrasado por la tragedia, no lograba articular ninguna palabra, ni tan siquiera para reconocer ante el forense, que el que yacía en esa plancha metálica y fría era su primogénito, el único que había tenido, por el que tanto había apostado, y con el cuál tanta vida compartida había imaginado.

Se acercó a la cama de hospital para verle mejor la cara, un rostro abotagado por la hinchazón de los golpes, unos golpes insuficientes para lo que se merecía.

Se dirigió a él casi con dulzura, con miedo a que despertara y se asustara de su presencia. Le habló como padre postrado ante el dolor, por una pérdida de alguien insustituible. Le recriminó  los años que le había arrebatado a causa de su mal proceder. 

Le retiró la mascarilla de oxígeno como si presintiera le fuese a contestar a todos sus porqués, pero el convaleciente no reaccionó. Entonces con un gesto casi paternal, le colocó la almohada sobre la boca apretando con rabia incontenible.

Ya no recuperaría a su querido hijo, pero el descerebrado que conducía en dirección contraria saturado de alcohol y drogas; el que impactó de frente con su coche, tampoco vería otro amanecer.

La venganza no solucionaba nada pero aliviaba algo el peso de tanto dolor

Derechos de autor: Francisco Moroz

viernes, 30 de abril de 2021

Metamorfosis




Ahora ya vestido con su traje de gala, después de salir de la cama donde había yacido con su amante, se miraba al espejo y en su opinión le pareció estar contemplando una hermosa y colorida mariposa.

Todavía entre las sábanas  revueltas, la mujer que le miraba con cara de desprecio y asco, pensaba para sí, que ese tirano que abusaba de las circunstancias para beneficiarse de su cuerpo, era un vil gusano impotente, engreído y rebosante de soberbia.

La esposa que sabía de los devaneos de su infiel marido, aprovechaba sus ausencias para realizar sus compras personales y tirar de visa. Pensando mientras tanto que el sujeto con el que se había casado era un anodino y auténtico capullo miserable.

El resto de ciudadanos estaba dividido en sus apreciaciones con respecto al individuo.

Unos eran incondicionales admiradores de la mariposa a la que aplaudían y adulaban.

Otros envidiaban la suerte de ese capullo que había llegado tan alto gracias a sus prácticas fraudulentas, actitud mezquina y violenta.

Al resto les gustaría aplastar a ese gusano que tenían como dirigente y que estaba empobreciendo a todo un país.

Esta historia es la que me contó mi tutor a modo de ejemplo, cuando le pregunté qué significaba eso de la metamorfosis. Al día siguiente de explicárselo a mi padre, vinieron a buscar a mi maestro al palacio presidencial, y desapareció para siempre, nunca más supe de él.

 Mi hipótesis por tanto, es que mi progenitor se va metamorfoseando progresivamente de hombre a monstruo.



Derechos de autor: Francisco Moroz

martes, 13 de abril de 2021

La memoria del niño

 

 



Con seis años eran muchas las mañanas en que amanecía mojado.

Mis padres me lo recriminaban, mis hermanos se reían de mí. Yo me sentía avergonzado, pero eran mis miedos superiores a mi bochorno. Y es que la casa donde pasábamos los veranos era tenebrosa. De esas de pueblo. Vieja, con vigas de madera; del mismo material que la escalera con la que me encontraba nada más abrir la puerta de la calle y que daba acceso a las habitaciones, y a un balcón acristalado desde el que se veía un huerto en pendiente, la hendidura de un viejo río más abajo y mucho más lejos unos montes con pinos carrascos.

De día todo eran juegos pero llegando la noche, me iba encogiendo sobre mi mismo viendo la hora en la que me tendría que retirar para acostarme.

Uno de los problemas radicaba cuando la vejiga reventaba de puro llena y necesitaba aliviar tanta tensión. Otro, cuando tenía que levantarme para ir al servicio ubicado bajo las escaleras.

Hacía verdaderos esfuerzos por aguantarme las ganas pero…

Al principio me levantaba de la cama que con un chirriar de muelles anunciaba mi presencia a un posible acechador. Andaba descalzo y a oscuras; un niño no tenía por entonces acceso a cerillas, velas ni linternas. En completa oscuridad y temiendo que algún ser indescriptible me estuviera observando, salía del cuarto hacía las escaleras cuyos crujidos me producían un tembleque nervioso que recorría todo mi cuerpo. Pasaba por delante de un espejo, y el vago reflejo me hacía dar un respingo.

El cuarto de baño, menos mal, disponía de una bombilla que emitía una mortecina luz amarilla  que iluminaba lo justo como para no orinarse fuera de la taza. Pero ¡Ay Dios! Justo en la parte de al lado del inodoro había un ventanuco que daba al campo, con una contraventana siempre abierta que dejaba pasar unos sonidos que me aterrorizaban. Ruidos y chirridos inidentificables de engendros desconocidos; incluso de vez en cuando oía voces y gritos humanos. Muchas fueron las veces que antes de terminar, salía corriendo sin apartar la  mirada de la ventana con fondo negro, sin apagar la luz, dejando un rastro húmedo de meado en lo precipitado de mi huida, para refugiarme cuanto antes bajo las sábanas. 

Los peldaños los subía de dos en dos, con los dientes apretados y el corazón a cien por hora. Mirando adelante, no fuera a encontrarme con algún monstruo deforme que me cerrara el paso, sintiendo esos escalofríos en la nuca que me indicaban que los espíritus de los muertos no andaban lejos.

Siempre esperaba esa mano huesuda posada en mi hombro que me hiciera volverme para contemplar un rostro cadavérico, enfrentándome a un difunto escapado del cementerio. El ulular del viento conformaba sus voces.

Por eso mismo la más de las veces me meaba encima, a pesar de la reprimenda, el castigo, y las burlas que me esperaban al día siguiente.

Terminado el verano regresábamos a la capital y aunque el piso de mi familia me infundía seguridad por lo reducido, conocido y habitual. Seguía temblando de miedo por las noches; pues los sueños recurrentes no me abandonaban. En ellos, me levantaba de la cama, bajaba las escaleras quedito, pasaba por delante del espejo, entraba en el baño y miraba con aprehensión, la ventana por la que de pronto aparecía un personaje horrible que se abalanzaba sobre mí. Yo corría y corría, pero mis pies parecían lastrados de plomo. Todo acababa cuando una mano descarnada se posaba en mi hombro y entonces... mojaba el pijama.

No tengo memoria del porqué  terminé  habitando este caserón rancio si nunca me gustó. A mis padres y a mis hermanos les perdí la pista; al igual que yo fui perdiendo la memoria de todos ellos; sus rostros y actitudes se difuminaron.

He madurado, de eso estoy seguro, pues ya no tiemblo ni temo a lo desconocido mientras recorro la casa; que la verdad está un poco desastrosa. Se nota el paso del tiempo. Las escaleras crujen un poco más y las ventanas están desvencijadas. Aunque dispongo de tiempo no así de los medios para arreglar tanto desbarajuste y desorden. Ya me acostumbré al roce de las telas de araña que son como caricias, de igual manera al tenue silbido del aire que me arrulla por las noches.

Hace muchos años que dejé de encender la bombilla del baño, pero es curioso cómo me he ido acostumbrando a la soledad y la sombra.

Cuando me asomo al balcón sigo viendo el huerto abandonado, los árboles a lo lejos, presiento el río murmurando a su paso y escucho a la lechuza y a los grillos en sus monótonos y repetitivos cánones. También de vez en vez, oigo las voces de los arrieros que entran al pueblo arreando a sus mulas. Los pastores que retornan a sus casas cuando oscurece, después de apriscar al ganado.

Y entonces me viene a la memoria un verano, la ventana abierta a la noche  y un niño que quiso enfrentarse a sus demonios asomándose por ella para quitarse el miedo cerval que le atenazaba. Para él, era insoportable la humillación a la que era sometido cada vez que se orinaba encima. Ese chaval se precipitó al vacío. No recuerdo más.

Lo que no acabo de comprender, es por qué ya no veo mi reflejo cuando paso delante del espejo roto del descansillo.


Derechos de autor: Francisco Moroz










LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...