miércoles, 20 de septiembre de 2017

Despistes





¡Otra vez se dejó el grifo del lavabo abierto! Antes de ayer fue la luz del salón. La semana pasada el gas del quemador de la cocina, otras el horno. La televisión a todas horas la abandona encendida y a todo volumen.

Cualquier día tendremos un disgusto a causa de sus frecuentes despistes por no hablar de alguna queja por parte de los vecinos.


Me dirijo al dormitorio para recriminárselo y cuando llego, recuerdo con aprensión que hace cinco meses se marchó de casa, alegando no poder soportar por más tiempo mis broncas injustificadas.



Derechos de autor: Francisco Moroz

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Una bruja llamada...






Érase una vez una república pequeña, independiente, casera y de propiedad vertical, donde vivían una pareja de seres humanos que querían ser felices como pretenden serlo todos los personajes de todos los cuentos clásicos que se escribieron y se van contando por ahí.


Ellos tenían su territorio de ochenta metros cuadrados bien organizado, administrado y decorado con armonía. Propiamente no reinaban ellos, más bien lo hacía el acertado criterio de lo minimalista y el buen gusto.

Todos los días salían de casa a batirse el cobre contra duras jornadas laborales, como si se tratase de dragones disfrazados para no causar el pavor que da enfrentarse contra un trabajo mal remunerado y exigente. Pero era la única manera que tenían de ingresar peculio en las arcas, para poder hacer frente a los impuestos exigidos por la única gran señora que los gobernaba a todos con mano firme y recaudatoria: “Una grande y libre arpía” aunque los ministros voceros de turno dijeran por activa y pasiva que “Esa señora hacienda eran todos”.
¡En fin!

Ramiro y Juliana, que así se llamaban dos de los personajes principales de nuestro cuento, pertenecían a ese tipo de personas que tras el censo de acatamiento obligado, fueron clasificados como “de la tierra media”.

La jerarquía era clara: Primero la familia real, el alto clero, el ejército y la nobleza, la burguesía, los políticos evasores de impuestos. Unas auténticas bestias corruptas en su gran mayoría. Y por último, la clase media que reunía a los artesanos, obreros, curritos inclasificables entre los que destacaban los becarios. Y al final de la cadena de despropósitos, los parados de larga duración.

En este entorno subsistían estos dos, casi siempre remando contra corriente de modas y modismos habituales. Eran lo que se dice de lo más convencionales, sencillos y moderados; con su puntito de originalidad y a veces de extravagancia.

Al menos así eran hasta que todos los proyectos de su vida en común parecieron derrumbarse como los naipes de “Alicia en su país de las maravillas”. Toda la ilusión acumulada durante los años de espera en un futuro halagüeño junto con las ganas de realizarlos, se desvanecieron como el sueño que era, y todo era engullido por una densa niebla de pantano tenebroso, donde habitan esos seres indescriptibles, incomprensibles e incómodos para la mente humana llamados “Dudas” y “Miedos”

Y es que Juliana se quedó embarazada a causa de unos polvos mágicos en una noche de luna llena donde se oyeron aullidos ajenos a los lobos. El sobresalto y el terror a lo desconocido no fueron causados por la preñez de ella, sino por lo que se les venía encima: Esa responsabilidad de un tercero en discordia con el que compartir los bienes y los dones que poseían, entre los que se encontraba como el más preciado el tiempo disponible que antes era solo para ellos y sus ocios.

Pero cuando los ancianos sabios dicen que: “No hay que lamentarse de lo malo porque siempre puede ocurrir algo peor”, suelen tener razón como viejos que son, aunque los lugareños se empeñen en aislarlos en residencias asistidas para quitárselos de en medio alegando que nada más que dicen tonterías.

Y lo peor ocurrió cuando ese bebé que nacía presentó signos claros de no ser uno cualquiera, de esos catalogados por los cánones rigoristas como normales. De esos que cumplían todos los criterios establecidos por la sociedad médico-pediátrica de la región para serlo.

Para empezar, la comadrona que asistió a Juliana ya puso cara de circunstancias cuando cruzó su mirada con la parturienta, haciéndola sentir una incontenible desolación que le duró lo que tardaron en ponerle al niño en su regazo. Entonces lo que experimentó fue, esa profunda paz que proporciona el amor de verdad, el que sienten las madres cuando sostienen un pedazo de su propia vida entre sus brazos después de nueve meses de portarla dentro ¿Qué tenía aquel precioso niño que lo hiciese diferente? ¿Qué hizo que la partera la mirara con cara de pena?

La duda les fue despejada a los padres cuando el sanador del centro paso a ver a la pareja de padres, para explicarles el porqué su hijo iba a ser una persona especial desde el momento de su nacimiento.

La culpa, les comunicó, era de una bruja envidiosa de ver a las madres cuando jugaban con sus hijos. Envidiosa cuando oía a los padres contarles cuentos como este para que conciliaran el sueño. Envidiosa de la felicidad que desbordaban todos cuando estaban juntos; algo que no podía arrebatarles con pócimas ni elixires, pero si con algo llamado “Enfermedad rara” de esas que no se alivian porque sí. Para las que no hay remedios de la abuela ni curas milagrosas, ni casi paliativos para mitigar la desazón que ocasiona en los que las padecen y sufren.

La bruja en concreto, les dijo el sanador, se llama “Acondroplasía” y que en concreto está especializada en conferir a los afectados dimensiones mínimas, como por ejemplo a los enanitos de “Blancanieves”, con cabeza grande y extremidades cortas.

Lo único que esta bruja sarmentosa no puede menguar les confirmó, es el corazón de estas personitas que son capaces de sobreponerse a sus carencias con esa fuerza interior tan poderosa como la que poseen los caballeros “Jedais de la Guerra de las Galaxias”.

Estos padres no se quedaron muy conformes, pero aceptaron a su hijo como lo mejor que les pudo ocurrir, de tal forma que ese crecimiento descompensado y desacelerado de su cuerpo lo veían retribuído con su mirada luminosa y la gran sonrisa que adornaba su cara.

Mientras, fueron apoyados por otros miembros de afectados que pertenecían a una logia poco conocida, como la de los antiguos masones, pero en plan unificador y asertivo. Una fundación llamada “ALIBER” que es “como la casa madre, como una gran colmena donde un número importante de asociaciones se aúnan para intentar dar a conocer las enfermedades raras”.

Víctor, que así llamaron al protagonista de este cuento, era un niño que se integró bien en la escuela, después de sobreponerse a las burlas y las risas de los cuatro ignorantones analfabetos que hay en toda comarca que se precie. Los llamados “Tontos de pueblo”. Hasta en la comarca de los “Hobitts”, que son seres de baja estatura, abundan los imbéciles, que se han convertido en patrimonio de la humanidad aunque no estén en peligro de extinción.
En la universidad pulió las preciadas dotes con las que fue regalado por sus hadas madrinas a las que se conocía con el nombre de musas, creciendo en sabiduría y don de gentes.

El caso es que Víctor cautivaba a aquellos que se acercaban a él. Divertido y humilde como él solo, de tal manera que sabía reírse de sí mismo. 
En una ocasión en que alguien le preguntó sobre su enfermedad, le contestó sin ambages: Simplemente soy el resultado de un gen mutante al que todos conocen como FGFR3, que mejora al de los robots “R2-D2 y el C-3PO” que tienen menos letras al igual que gracejo.

Participaba en todas las actividades propuestas, incluso ayudaba a los compañeros sacándolos de más de un apuro. Era en esas ocasiones que aprovechaba para decirles: Hay que creer en los enanitos, nunca se sabe cuando te sacarán del atolladero. Acordaos del famoso “Rumpelstilskin” que estaba al quite de ciertas demandas.

Se hizo popular en poco tiempo, pero tampoco quería ser el líder ni el centro de atención, era muy suyo y le gustaba que le dejaran su espacio personal para poder inventar esos cuentos que escribía y presentaba en alguna revista local para que se los publicaran con el seudónimo de “Tyrion Lannister”.

Que creció, es un decir para los muy optimistas, pero jamás perdió esa sonrisa que le caracterizó junto al brillo de sus ojos cuando se enfrentaba a los grandes retos que se le planteaban en un mundo que para él siempre fue de gigantes. Un loco bajito que se enfrento a molinos como su admirado Don Quijote.

Su lema siempre fue: 
“Mucha gente pequeña, en muchos lugares pequeños, harán cosas pequeñas que cambiarán el mundo”

Y Víctor, que para los que no lo sepan significa victorioso, triunfó como autor y escritor de cuentos infantiles. Con ellos animaba a los más pequeños de los pequeños, a ser los más grandes entre los grandes, para que fueran luchadores incansables contra esa bruja llamada “Acondroplasia”; que no tuvo la satisfacción de ver derrotadas ni infelices a esas familias que tenían entre sus miembros a seres tan especiales como Víctor, que con “El poder de las letras”, supo vencer a esos monstruos que por desconocimiento parecían imbatibles.

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

– Ahora a dormir.
–Papá.
– Dime pequeño.
–Este cuento te lo has inventado ¿Verdad?
– No hijo, este lo escribió ese tal Víctor y aparece en este libro de historias sobre enfermedades raras que ya leerás tú solo. Cuando crezcas.
--¿Pero yo creceré?
-- Todos lo hacemos, solo depende de las ganas que tengamos de hacerlo.

                                                                                    ·····························


Si la vida nos ha enseñado algo es que todos somos iguales, aunque con características diferentes”.



Derechos de autor: Francisco Moroz


Un relato que se ha escrito en apoyo de la asociación ALIBER.
Dedicado a todos los niños con enfermedades raras.



viernes, 8 de septiembre de 2017

Normas de convivencia




La casa ha comenzado a llenarse de hormigas desde que el inquilino desapareció.

Me alertó el que dejará de ingresar el alquiler en mi cuenta corriente.
Ha dejado atrás perchas con ropa usada, productos de limpieza e higiene personal, un par de zapatillas bajo la cama y una maleta vacía.

Le prohibí hacer reformas y aún así, veo restos de argamasa y ladrillo en una de las habitaciones. Justo donde va a parar, la interminable hilera de himenópteros que campan por sus respetos saliendo por el balcón con lo que parecen ser ¿Trocitos de carne?

¡Me va a oír este individuo cuando me lo eche a la cara!


Derechos de autor: Francisco Moroz

lunes, 4 de septiembre de 2017

Veladas excitantes






En un principio no quería y se resistía, pero terminaba por ceder a la tentación como Eva. Se dejaba arrastrar por sus dos demonios preferidos. 
Se dejaba llevar por la pasión más desenfrenada que jamás hubiera podido concebir. Se prometía una y otra vez que esa sería la última, pero volvía a reincidir a pesar de los avisos que le enviaban su cuerpo y su mente. Por las noches necesitaba descansar, pero se empeñaba en alargar esas estimulantes y apasionadas veladas 

En el comienzo todo era negación por un lado, por el otro, reafirmación de sus convicciones más arraigadas basadas en el conocimiento de sus debilidades y limitaciones.
Al inicio se opuso con obstinación a ser seducida por ellos y luchó contra sus apetencias básicas, sus ganas, su deseo, el placer que presentía iba a recibir, y su hedonismo desaforado.

Pero sucumbía a su naturaleza de mujer sensible y emocional, al instinto más primitivo, salvaje y básico de su ser. Se dejó arrastrar por el primero, como por la marea. Impulsada por su fuerza, su color moreno, sus dulces maneras y las excitantes expectativas de saber a ciencia cierta, que le dejaría un buen sabor de boca después de disfrutarlo con calma. Y por añadidura sabía presentarse deseable y caliente.
El otro la entretenía con su culto bagaje. Tenía un cuerpo contundente y era capaz de calmar sus ansias. En cuanto la abrazaba se sentía en paz, sosegada. Recuperaba la calma al instante. Además sabía contarle unas historias que eran capaces de transportarla a otro plano existencial.
¡Tal era su virtud! que conseguía que ella se desnudase, entregándose entera, dejándose poseer por él sin limitación alguna.

A ella siempre le gustó lo de hacer tríos aunque lo negara por temor al escándalo y al qué dirían los que se enterasen de sus encuentros nocturnos.
Pero sobre todo, ocultaba con celo la certeza de querer ser siempre la protagonista de esas relaciones tan contundentes, placenteras y continuadas. Le gustaba ser la que recibiera todo el placer de esos intercambios tan esperados como deseados.

Todo lo que empezó como un entretenimiento se había convertido en una necesidad física y emocional en la que cada vez se implicaba y daba más de sí misma, hasta el punto de sentirse muchas veces abducida, perdiendo el control del tiempo que pasaba con sus amores. 
Se sentía el personaje principal, siempre en medio de los dos: Del café que la excitaba y de un buen libro que se le entregaba entero para su deleite exclusivo y personal.


Sabía que lo pagaría más tarde con desvelos, cansancio y nerviosismo; pero era inevitable. Era tan voluble a esas intensas aventuras nocturnas que no estaba dispuesta a renunciar fácilmente a ellas.



Derechos de autor: Francisco Moroz


sábado, 12 de agosto de 2017

¡Esto es la guerra!







Hemos tomado una posición avanzada donde tenemos una panorámica bastante completa de la zona. Nos parece mentira el poder haber llegado hasta esta costa después de una jornada interminable y agotadora llena de penurias. El calor se ha convertido en nuestro peor enemigo durante la marcha, y ahora que estamos observando desde arriba vemos que lo más penoso está por comenzar.

Después de arengar a los que me acompañan, impartiendo órdenes que coordinen nuestra maniobra y durante unos interminables minutos de tensión contenida, nos lanzamos a lo que presiento, será una misión imposible de la que algunos de nosotros guardaremos memoria traumática durante un año al menos, si es que sobrevivimos a semejante experiencia.

Al principio avanzamos con decisión, pero calmados y expectantes. Sobre todo cono ganas de acabar con la misión a la mayor brevedad posible, aunque el sufrimiento llegue a ser insoportable nos agarramos a la esperanza de la victoria
El aire nos acribilla el cuerpo con miles de granos de arena. Me identifico con Lawrence de Arabia sorteando las dunas en su lucha contra los turcos.

Durante los primeros cien metros todo parece despejado, pero es una vana ilusión, pues los primeros obstáculos se interponen en nuestro camino. Tropezamos con cuerpos quemados, abandonados e inermes, casi desnudos que yacen tirados en el suelo consumidos por un sol de justicia. Los integrantes de mi compañía, asustados por ese futuro incierto que les acecha también a ellos, intentan no pisarlos.

Resulta más que imposible avanzar sin sufrir algún percance, mientras nos ensordecen los gritos del enemigo que parece querer confundirnos con su algarabía caótica en un intento de que abortemos nuestra empresa suicida, algo así como lo que aconteció en la batalla del Bruch y en Carrhae.


Un tiro casi a bocajarro da en el blanco en uno de mis brazos, me quejo tocándome la parte afectada donde recibo el impacto de un objeto volador no identificado, tal como en la serie de Expediente X. 

Al no sufrir lesión grave sigo con pasos precipitados junto a los demás, esquivando el choque directo con el adversario, obcecado como está en cerrarnos el paso hacia nuestro objetivo. Interponiendo barreras disuasorias estratégicamente camufladas dispuestas en el suelo como trampas. Redes, telas, estacas, objetos electrónicos ¿Me pareció ver algún Libro?

Lo que ocurrió en la playa de Omaha fue poco en comparación con esto.

El agotamiento hace mella en nuestros organismos, deshidratados. No hay lugar donde pararnos a descansar. Echamos mano a nuestro pesado equipo de campaña sobre la marcha, buscando con que reponer las fuerzas gastadas, hasta que alguien consigue encontrar un poco de agua caliente que es consumida entre todos en unos instantes y que se evapora al entrar en contacto con nuestros resecos y agrietados labios, pero consiguiendo mitigar momentáneamente la sed e insuflándonos nuevos bríos marciales.

Al fondo y un poco a la derecha vemos la zona a conquistar. Parece despejada y nos lanzamos en una carrera desesperada hacia el lugar indicado por mi dedo; que de esta forma se transforma por un instante en orden perentoria de lo que puede significar nuestra última oportunidad de conseguir el lugar que convertir en base de operaciones, un cacho de terreno firme donde poder refugiarnos, descansar, y atacar la segunda fase de la operación denominada por el alto mando logístico femenino: “Verano de sol y playa.”

Clavo la sombrilla como bandera en Iwo Jima y poniéndome la palma de la mano como visera, visualizo en la lejanía, un pedazo de mar que se convierte en el siguiente reto que afrontar.

La “Generala” con los brazos en jarras y la segunda al mando, su hija convertida en mi mujer, pero que se pone la máscara que guarda para estas ocasiones que la hace parecer una psicokiller en potencia; marcarán el territorio con toallas entendidas, mochilas y neveras de camping. 
Se quedarán como defensoras de la cabeza de playa que hemos conseguido con tanto esfuerzo. Cual defensoras del fuerte del Álamo en Texas, en una actitud de: "No pasarán" salvo por encima de nuestros cadáveres.

El resto de los miembros de la aguerrida tropa asaltamos la orilla, armados con gafas de buceo, flotadores, manguitos y pistolas de agua a la conquista por derecho, de esa inmensidad mediterránea de la que nos corresponde un trocito. Con el ímpetu arrollador de las tropas del desembarco de Normandía, pero al revés; más parecido si cabe a Carros de fuego por lo del calzón corto y la carrera desesperada por el triunfo.

En el instante que comienzo a avanzar, un nuevo tiro me da de lleno en el pecho; pero hago gala de mi terca determinación devolviendo la pelota con un tremendo patadón que la manda casi hasta el paseo marítimo haciendo oídos sordos a los improperios que recibo en un idioma incomprensible por parte del agresor. 
Peor fue el golpe recibido con el frisbee, ese si me dejará un moratón.

Este es nuestro territorio y lo defenderé con ahínco del guiri invasor.
Como mandan los cánones y dijo el gran Groucho Marx:

¡Esto es la guerra!

Derechos de autor: Francisco Moroz


martes, 8 de agosto de 2017

Mis íntimas amigas






Lo que de mi mejor tengo
no son los atributos, ni los rasgos,
ni el color de mis ojos,
ni la fuerza,
o la rala raigambre de mi escasa pelambrera.

El estilo de ropa que visto y plancho
o lo que en mi maleta porto.
A donde voy tampoco importa
y menos de donde parto.

Nada de eso os interesa
estoy seguro del todo.
Es aburrido, muy visto.
Escenario, bambalina, trampantojo.
De necio fijarse en ello.

Soy uno más entre tantos,
Vaya con prisa, o despacio.
allá a donde van mis pasos.
No me diferencio mucho
de cualquier otro ser humano.

A veces me río y otras,
pues me enfado. Lloro, sufro, rabio.
Critico al vecino sino es de mi agrado.
“Mísero de mí” si no lo confieso.
con la mano puesta sobre el corazón.

Acaricio una piel,
 en unos ojos me pierdo
al igual que pierdo la calma
con los malhadados y los deshonestos.
Y en ambos extremos
 utilizo siempre la misma pasión.

Ya os he dicho antes que soy del montón.
Y así os lo demuestro.

Pero tengo algo,
un secreto a voces
que enseño al amigo,
al amor de siempre,
y a alguien bien querido 
que se acerque a verme.

Ellos me comprenden si me ven tocado,
confuso, tristón
medio evaporado.
Me leen entre líneas,
y por eso siento
ser afortunado sin ser necesario el "euromillón".

Estos son merecedores de ser presentados
a estas mis amadas,
que poseen carisma,
sugerentes curvas,
y perfiles gratos cuando se insinúan.

Ellas solas saben
seguirme los pasos,
transcribir las cuitas y enjugar el llanto.
Compartir momentos
con sensible tacto, garbo y discreción.
Ellas me enamoran.

Abrazan muy fuerte,
eso sobre todo,
si estoy arrugado como folio escrito
tirado en el cesto
de las soledades y los abandonos.
mustio o abatido.
Sin inspiración.

Son mis compañeras dignas anfitrionas
del que esto suscribe.
Del que las adora, el que las escribe.
Ellas son mis letras
mis fieles amigas.
que con sumo gusto os traigo hasta aquí.

Las que ahora os desnudo
sin ningún pudor,
vergüenza o malicia.
Si quieres leerme sin gesto forzado,
ademán adusto,
o paso obligado.
Si es que consideras estos garabatos
cosa de valor.

Serán portadoras de perfecta excusa
para mil encuentros
que tengamos ambos.
Y así conocernos literariamente
mientras nos leamos,
si hay ocasión.

Sabrás mi verdad,
mi esencia narrada con sinceridad.
por amados trazos que sangran. que hieren,
que sienten congoja.
Que ríen y sueñan.
Ellas son sin duda
 de mi, lo mejor.

Derechos de autor: Francisco Moroz


martes, 25 de julio de 2017

Esperanzas, aspiraciones y deseos




Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater, como cada día desde el mes de Junio, que es cuando empieza el verano y Londres se llena de turistas.

He pasado dos meses observando a la gente que deambula por los pasillos desde uno de los bancos del andén. Los veo pasar, todos van ajetreados a algún lugar, siempre con prisas, indiferentes a lo que tienen alrededor.
Ninguno parece reparar en mi presencia anodina que me hace invisible.

Voy sin maquillar, mi largo pelo negro lo llevo bien peinado y recogido. Pantalones vaqueros y camiseta blanca de manga corta con el logo del Manchester United, mi equipo favorito. Al hombro, La mochila azul de la universidad donde curso estudios de filología inglesa, y un libro en la mano, para leer algún pasaje que calme mi espíritu atormentado. Podría decirse que entro dentro del baremo que me calificaría como ciudadana británica y cosmopolita.

Delante de mí se para una pareja de jóvenes, deben ser novios, pues escucho palabras suaves casi susurradas, sorprendiendo tocamientos cariñosos. Seguro que ambos tienen proyectos en común y mucha ilusión por llevarlos a cabo. Presiento que cada uno es el portador del corazón del otro. De momento no piensan en el desengaño, o en que alguien ajeno a su relación pueda romper en un momento dado esa armonía ideal que reina entre ellos. 

Un hombre de mediana edad les flanquea, el típico Yuppie bien trajeado que seguro, y por las horas que son, se dirige a la London Stock Exchange, para jugar sin escrúpulos con el dinero de los demás. Un lobo con piel de cordero en medio de un rebaño de ovejas mansas aturdidas por el ocio y el ego. Lleva su cartera bien aferrada, como si portara lo más valioso en ella. No augura que los bienes de esta tierra son perecederos y que no habrá beneficios por invertir en las malas acciones.
Sonrío ante el doble sentido de la frase, hoy estoy ocurrente a pesar de mi nerviosismo ante la gran prueba.

Quedan unos minutos todavía para que llegue el tren a la estación y sigo entretenida, observando a unos ancianos, que hacen corrillo un poco más allá de un cartel que irónicamente anuncia una crema revitalizante para la piel.
Vuelvo a sonreír con disimulo pensando en las bromas del destino, que nos muestra de esta manera su sentido del humor más irónico, sarcástico y corrosivo. Seguro que estos individuos están asegurados a todo riesgo con una buena póliza de vida que no será más que papel mojado cuando llegue el momento. 
Con lo frágil e insegura que es la existencia y lo imprevisible de los acontecimientos, seguimos depositando nuestra confianza y ponemos nuestra fe en cosas banales.
Cuanta ingenuidad, cuanta inmadurez la de los seres humanos.

Veo a una madre con un bebé metido en un cochecito y un niño de la mano de unos cinco años con el que habla animadamente sobre un programa infantil de televisión, que verán juntos cuando lleguen a casa después de hacer las tareas escolares. 
Ellos son el ejemplo del futuro imperfecto que miserablemente esperamos todos. De la esperanza en lo deseado, de lo esperado como vaticinio placentero. 

Promesas tantas veces incumplidas, esperanzas vanas y cicateras. Son la imagen de un mundo que perdió hace mucho los valores intrínsecos que esos niños todavía tienen. Poseedores del amor que debería mover a esta sociedad enferma y podrida de intereses.

Los veo a todos de forma general, en panorámica, mientras el convoy hace su entrada en la estación y va frenando con un chirrido agudo de sus ruedas.

Abro el libro por una de sus páginas mientras se abren las puertas del metro y rezo por el alma inmortal de todos ellos. Elevo la mirada al cielo inexistente, pues solo unos neones sustituyen al sol que es tan ruin en esta ciudad gris y lluviosa que me acogió.

Y mientras lo hago, dirijo las últimas palabras que saldrán de mi boca al creador de todo. El único que posee el amor suficiente para perdonar. La vida eterna con la que recompensarnos. Al lahu ákbar. Él como único tesoro que merece la pena poseer.

Estoy convencida que hoy recuperaré la inocencia que perdí cuando ingresé en el engranaje corrupto y tiránico de occidente...

En unos segundos una fuerte explosión cuyo foco primigenio es la mochila de Aamaal*, destroza tímpanos, desgarra cuerpos, y quiebra mamparas y cristales.
La sangre salpica los suelos y las paredes. El olor a quemado junto al humo fluye por los respiraderos de la estación de Bayswater, que hoy deja de ser una bahía subterránea de aguas tranquilas en medio de una ciudad agitada por el caos.



*Aamaal es un nombre árabe de mujer cuyo significado es el mismo que figura en el título del relato.




Derechos de autor: Francisco Moroz


Este relato participó en la comunidad Relatos compulsivos en la sección de: Reto especial.




jueves, 20 de julio de 2017

Navegaremos sin más





Sigo sonriendo cuando sonríes,
feliz soy cuando tú lo eres.
Sostienes el pequeño mundo en el que me muevo
que gira en torno a ti
tomando de referencia tus coordenadas.

En constante marejada de sentimientos me bato,
rompo en olas de arrebato en tu arrecife,
Encuentro secretas bahías de cálida brisa,
opto siempre por el puerto de tus labios
al pairo de tus caricias,
seguro en besos,
alejado de naufragios y desdichas.

 Enamorado de tus gestos.
Con ímpetu de tormenta me proclamo,
aprendo la verdad más absoluta.
Convoco al amor apasionado en tus playas,
a veces en tus frías aguas me sumerjo.
En tus arenas descanso
arrebujado con el sueño salado de tu torneada costa.
Disfruto con el profundo abismo de tus ojos
como de la pausa silenciosa de la aurora.

 En tu cadente calma me consumo,
me incita a la locura tu palabra.
Me invita a retenerte tu carisma
tan libre gaviota como eres.
A mi vera por siempre
bien atada
con nudo marinero de zozobra.

Con treinta y dos rumbos posibles en mi cuadrante
cual si fueras mi rosa de los vientos.
Por el aire hiperbóreo de tu aliento
desplegaré las velas
levaré el ancla para pilotar contigo.

Agotaremos el placer trascendental de nuestros cuerpos,
añorando intensamente
el encuentro inesperado y el temido.

Recordaremos con ansia
 la pasión de fuego
que nos quema y consume.
Que nos convierte en ceniza etérea.
En ondas que nos desplazan,
en marejadas que nos unen.

Esperando que el espíritu que trasciende
nos haga eternos seres terrenales
o aventureros ángeles escribanos
 que comparten letras en su libro de bitácora

 Confluiremos al fin como dos ríos,
 perdiendo identidad en uno solo.
 Confiaremos en la pericia de los hijos marineros
para seguir ambos
poniendo rumbo a un rincón del vasto cielo
por el que navegar como lo hicimos siempre.
Entrelazados sin más
y confiados
cual jarcias de arboladura.

La ruta prevista seguirá nuestro navío
cuyas velas imitaron las alas de las aves.
Impulsaron y elevaron la esperanza,
concitaron la ilusión con sueños firmes.

Con desbordante corazón enamorado
incólume, feraz, e ilusionante.
Pondremos manos al timón de lo que amamos
y mar por medio, sin mirar atrás,
enfilaremos la proa al horizonte



Derechos de autor: Francisco Moroz



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