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miércoles, 1 de abril de 2020

El yo existencial






Me llamo “Pepa Ventolini” y nací mientras mi madre escribía muy concentrada en el asunto de dar a luz algo interesante como yo misma. 

Se hallaba junto a una ventana abierta, durante una primavera ventosa. Las hojas donde escribía se le volaron cayendo al suelo, y fue justo en ese instante cuando mi nombre y apellido aparecieron en su mente; inscrito como si de una partida de nacimiento se tratase.

Fui consciente automáticamente, aún sin saber el cómo ni el por qué de que yo estuviera allí, haciendo historia, formando parte de un todo muy bien estructurado, con un ritmo creciente que ponía el foco en mi persona, presentándome con una narrativa muy fluida.

En nada de tiempo me había convertido en una afamada y reconocida inspectora de policía, cuyo cometido era investigar casos cerrados de crímenes consumados en el pasado. Llegué a culminar con éxito algunos de trama muy complicada y escabrosa, implicándome a fondo en cada uno de ellos.

Sin embargo todo se torció desde el instante en que apareció él. Fue, como si yo hubiera dejado de existir.
Todo lo que vino a continuación ya no me pertenecía a mí sino al rival de género masculino que me arrebataba el sitio que me correspondía por derecho propio y que sin mediar diálogo alguno, había interferido inesperadamente en algo que solo a mi me concernía. Mi propia existencia estaba a punto de desaparecer.

Menos mal que mi mentora, fémina de armas tomar, intervino oportunamente en cuanto detectó detalles textualmente extraños que no se correspondían. Dándose cuenta del error cometido, de la gran injusticia que atentaba contra mi persona y que se había cometido, a Dios gracias de manera inconsciente.

Puso remedio de manera drástica. El intruso fue eliminado sin contemplaciones. Desapareció desde el momento en que con un elegante movimiento de muñeca, borró con tipex esa “e” que figuraba tan descaradamente plasmada en lugar de la “a” que correspondía.

Respiro tranquila, vuelvo a ser yo, “Pepa Ventolini” y no el “Pepe” ese, al que los lectores no llegarán a conocer ni por asomo, como si nunca hubiera existido. Es lo bueno que tiene lo de releer lo escrito y enmendar las erratas gramaticales antes de editar.

En eso se fundamenta el ser o no ser de un personaje. 

¿Capite la questione?

Derechos de autor: Francisco Moroz




jueves, 26 de marzo de 2020

La expedición






Todo empezó con el anuncio de un final antes del principio.

Y siguió con un viaje a través del universo. Estuvimos hibernando en cámaras estancas acondicionadas en base a la ciencia criogenética para la conservación de organismos vivos. Con total ausencia de percepciones sensoriales. Perdidos en la nada más completa y oscura, olvidada absolutamente la noción del tiempo.

Después de miríadas de estrellas nunca presentidas por nuestros científicos y de galaxias  atravesadas por la nave a una velocidad sólo comparable con la de la energía lumínica;  llegamos por fin a nuestro destino.
Allá desde donde veníamos nos creíamos dioses omnipotentes, poderosos, indestructibles y eficaces con todo aquello que nos proponíamos ¿Acaso no habíamos hecho realidad la idea de llegar hasta aquí?

En aquellos años y antes de ser conscientes de nuestros errores, tuvimos que sufrir parte del caos como el hambre, el frío la enfermedad o las guerras fratricidas encadenadas unas con otras. La muerte siempre presente junto a tanta imperfección y debilidad. Tanta codicia y soberbia. Y soledad en cada final de cada una de las historias personales.

En contadas ocasiones dimos el justo valor a la vida como tal, solo la considerábamos como soporte para conseguir nuestra felicidad, una somera ilusión basada en saciar los instintos básicos y prevalecer soberanos por encima de lo creado. Degradamos, corrompimos, devaluamos, ensuciamos, expoliamos, quemamos y destruimos todo con derroche, sin el  pudor ni la sensación de que la tumba estuviese bajo cada una de nuestras decisiones desacertadas. Desoímos a los pocos que avisaban de la precariedad de los ecosistemas, del derrumbe inminente de la casa que habitábamos.
El planeta colapsó, pero no antes de que se preparara una expedición de exploración para encontrar algún entorno habitable. Solo unos pocos elegidos evaluados por sus cualidades. Mujeres y hombres a partes iguales formamos parte de la misma.

Después de ser despertados por los sistemas informáticos programados para hacerlo en cuanto los detectores de viabilidad lo considerasen apropiado. De programar los parámetros para proporcionar oxígeno y la temperatura idónea al habitáculo y de escanear el exterior, nos reconocimos entre nosotros después de estar aislados y ausentes tantos años. Asistimos silenciosos a la bajada de la compuerta de salida de la astronave. Con el pensamiento particular de empezar de nuevo, de explorar el medio, colonizar con prudencia el nuevo mundo, sabiéndolo administrar utilizando sus recursos con sabiduría, respeto y moderación.
Se nos brindaba una segunda oportunidad para hacerlo.

Bajábamos despacio, embelesados por la luminosidad del único astro que alumbraba este planeta ignoto. Extasiados ante tanta belleza y variedad de colores. Presentimos a otros seres vivos muy diferentes a nosotros, que se acercaban curiosos a una distancia prudencial medio ocultos entre árboles y maleza, escuchábamos absortos el sonido del agua y disfrutamos de la caricia del aire puro con el que llenamos los pulmones después de nuestro forzado encierro.

Felices como niños inocentes, que después de estar ausentes regresaran a su hogar. Y de esta forma, algunos abrazados y otros cogidos de las manos, sonreíamos mirando al cielo, mientras las primeras gotas de una suave lluvia acariciaban nuestros rostros.
La expedición de la que formábamos parte era conocida con el nombre de Evadán y este paraíso al que estábamos destinados desde el principio era un lejano planeta llamado tierra.

Mi primera reflexión fue que este lugar tenía un nombre muy humilde para ser tan grandioso y elocuente.

Derechos de autor: Francisco Moroz






sábado, 21 de marzo de 2020

Teoría de la conspiración







–Tengo más que claro que el Covi-19 es un virus que escapó del laboratorio experimental de Wuhan en China, aunque las autoridades lo ocultan para no reconocer su error y provocar alarmas que les pueden acarrear sanciones por parte de la comunidad internacional.


– ¡Que no hombre! fue en China donde se originó, pero por la falta de higiene de sus habitantes y esos peculiares alimentos que ingieren casi crudos: murciélagos, ratas, culebras, perros… ¿Acaso no los ves por las calles hurgándose la nariz y escupiendo?

–Pues he leído en un mensaje que me envió mi cuñado que está muy puesto en estos asuntos, que esta pandemia ya la predijo el gran astrólogo Nostradamus.

– ¡Quita! ese era solo un cantamañanas del tres al cuarto. Además no era astrólogo sino médico y adivino. Se trata de bulos que se inventan algunos que parece se aburren en casa con esto de la cuarentena. Los escriben y se los atribuyen a este, que fue un oportunista vaticinador, en cuyas cuartetas parecen encajar todos los desastres de la humanidad. 
Yo creo que en realidad es una conspiración de Estados Unidos para desacreditar a sus máximos competidores económicos para que pierdan el crédito de las masas poblacionales consumistas para que dejen de comprar sus teléfonos móviles. Entre otras cosas porque lo de los aranceles impuestos parece que no les dieron buenos resultados.

– ¿Y si fueron los propios chinos los que propagaron el virus para diezmar a la población y contener la enorme densidad demográfica del país y de paso quitarse parte de la competencia? ¿Y los Yihadistas no tendrán algo que ver en todo esto? Puede tratarse de una nueva forma de terrorismo a base de bichitos virulentos  destructores de mucosas.

–Uno no sabe que pensar con tanta fake news.

– ¿Quieres saber mi opinión personal?

–Dime.

–Se trata de una conspiración judeo masónica para hacerse con el control global de la humanidad, como cuando lo de los judíos de Toledo y los Reyes Católicos y todo eso. Encima encaja con la teoría del  Nostradamus ese, que era de procedencia judía. Al final va a resultar que el Hitler era un visionario redentor.

–Yo tengo una teoría que no es tan loca como la tuya. El responsable de este caos es el gobierno de la nación. Se trata de sus nuevos planes secretos para ahorrarse los sueldos del subsidio de desempleo y los de jubilación por descarte y óbito de los cotizantes.

No puede ser casual lo del virus ¡Ya te digo!

–Tampoco te has parado a pensar que puede que se hayan puesto de acuerdo todas las mujeres para obligarnos a permanecer en casa. No es casualidad que hayan cerrado bares y clausurado todo tipo de eventos deportivos. No se puede salir en grupos, solo de uno en uno. Dentro de casa nos vemos obligados a hacer tareas domésticas y ayudar con los niños sí o sí. Para más inri todo el santo día vigilados, como en gran hermano. Esto no puede ser más que una confabulación de todas ellas para tenernos controlados. No podemos presentir sus sonrisas mefistofélicas detrás de nosotros, mientras aplaudimos en el balcón como panolis mientras pensamos, que hasta esto lo estamos haciendo también por propia iniciativa, y sin sospechar que es la forma de celebrar entre todas la gran victoria sobre todos nosotros, excusándose con que los aplausos están dedicados a los sanitarios.


– Deberíamos publicar en las redes sociales estas reflexiones y hacerlas virales ¿No crees? A ver si despiertan y aprende la gente a identificar a los responsables y creadores de estos tipos de caos pandémicos.

–Yo de momento me voy a tomar un paracetamol  para ver si se me baja la fiebre y así poder salir con mi mujer a hacer la compra al súper, por ver si han traído ya el papel higiénico, que solo me quedan veinticinco rollos con los que no llego a fin de mes. Que hay tontos del culo, nunca mejor dicho, que arramblan con todo.

–Pues aquí en casa somos más de ibuprofeno y a los cinco que somos nos está aliviando además de la fiebre, las toses y los dolores de cabeza. De hecho si hace bueno esta tarde saldremos a dar una vuelta para ver a mi anciana madre que está muy solita la pobre en su casa.

– ¡Los malditos imbéciles son los que provocan semejantes situaciones! Y los ignorantes que no siguen las normas básicas de sanidad.

–Eso amigo ¡Maldita Estulticia!

-¿El qué?


derechos de autor: Francisco Moroz



lunes, 16 de marzo de 2020

Pronóstico erróneo




Me equivoqué de parte a parte, por ello he fracasado estrepitosamente.

En principio la táctica para posicionarme en lo más alto del mercado era impecable. Publicité mi empresa, divulgué la inquietante noticia por las redes a todos mis contactos, para que estos a su vez la compartieran y la hicieran viral. Propagué la alarma social detallando las consecuencias si no poníamos remedio al asunto de manera inminente. A continuación oferté mi producto estrella. Rotundo, convincente, seguro y solo con efectos secundarios saludables, para que los individuos reaccionaran como uno solo, con pulsión de masas, y lo adquirieran con ansiedad arrebatadora como solución al problema, agotando todas las existencias de mi almacén, con lo cual mi negocio subiría como la espuma y podría verme en el ranking mundial de los mejores traders visionarios de business. Suponía que me haría de oro.

Mis previsiones no resultaron acertadas a causa de los erróneos parámetros introducidos, a saber: Mi empresa es una librería, la noticia la ola de incultura que azota el país, La alarma, que la ignorancia puede ser perjudicial para la salud y el entorno. Además los libros no están de moda ni resultan atractivos como vacuna ante la estupidez.

Si fuese director de un gran laboratorio farmacéutico la historia hubiera sido otra en todos los conceptos.

Derechos de autor: Francisco Moroz

martes, 25 de febrero de 2020

Noviembre - 1936






Juan y María se conocieron en la pradera de San Isidro, bailaron juntos por primera vez en la verbena de La Paloma y desde hacía pocos años compartían una buhardilla en el barrio de Lavapiés donde habían construido su nido de amor.

Ella era modistilla, él, aprendiz de impresor. Con poco dinero inventaban momentos para ser felices. Paseaban de la mano su amor por la Plaza Mayor, bajo los carteles del –No pasarán-, junto a la Cibeles; la linda tapada la llamaban por entonces, cubierta de sacos terreros para salvaguardarla de las explosiones de las bombas. Se tomaban un café aguado de vez en cuando, con la excusa de sentarse enfrentados y perderse cada uno en los ojos del otro.

Su amor era incombustible. Con él y sus cuerpos se bastaban para conseguir el calor necesario en las noches heladoras y los muchos besos que se daban, les proporcionaban la luminosidad en esos oscuros y aciagas jornadas llenas de incertidumbre y tan escasas de alimento que llevarse a la boca. Con las caricias obtenían la tranquilidad imprescindible con que apaciguar la angustia de la soledad.

Cuando las escuadrillas de las tres viudas* surcaban el cielo, bajaban de dos en dos las escaleras de su edificio para buscar refugio en el portal o en el sótano. Si les pillaba en la calle corrían pegados a las paredes buscando la más cercana boca de metro;  subterráneos que se habían convertido en sumideros de miseria compartida.
Hace un mes las tropas rebeldes llegaron a los arrabales de los Carabancheles y accedido a la Casa de Campo y desde allí asediaban la metrópoli. Entre tanto desde dentro, algunos que se llamaban así mismo defensores, eliminaban a los traidores colaboracionistas. Todo aquel que se oponía a sus requisas o les parecía sospechoso, era encontrado al amanecer junto a la tapia de algún cementerio con el tiro de gracia en la cabeza.

A Juan lo llamaron al frente, estaba en edad de luchar, aún sin instrucción militar le mandaron a reforzar las líneas de la ciudad universitaria; por donde el enemigo pretendía entrar a la capital. Metido en la trinchera durante las tensas noches silenciosas, pensaba en María.
En su ausencia, ella se acurrucaba en un rincón de la buhardilla para hacerse invisible, pues la muerte se paseaba por las calles con las patrullas con un fusil al hombro, a la caza de incautos, o se apostaba en los balcones disfrazada de francotirador.

Añoraban el verse, el tocarse, el besarse, para comprobar que era real lo que sentían con tanta intensidad. Pero les había tocado vivir su amor en tiempos de mucho odio exacerbado, donde los vecinos se delataban entre ellos y las venganzas se dictaban diariamente con sentencia de pena de muerte.

Aquella mañana fue una de tantas en la que los tonos grises predominaban en un cielo que amenazaba lluvia. Frío intenso de mes de noviembre. María pensó en su Juan, se lo imaginaba temblando dentro de un agujero excavado en la tierra embarrada, soportando la humedad que subía del río Manzanares con el poco abrigo que le proporcionaba su mono de trabajo y una chaquetilla de paño. Agarró una manta y un gorro de lana que una vez tejió para él y salió a la calle para llevarlos, o al menos para buscar a alguien que se los entregara.

Pero empezó a tronar el cielo con el rugido de los motores de los aviones, que después de un intenso bombardeo nocturno volvían con una nueva carga de fuego y metralla para los inocentes.

Ella se encontraba cerca de la barriada de Argüelles pasando al lado de un edificio conocido con el nombre de: casa de Las flores, donde las barricadas y los parapetos dificultaban el paso, corría como nunca lo había hecho, pero su destino fue más rápido cayendo a plomo desde lo alto, reventando en pedazos y esparciendo cascotes y fuego a partes iguales. De María sólo quedó un último pensamiento dedicado a su amado, pensamiento que se fue diluyendo junto a la sangre y el polvo en suspensión de los escombros. Los sueños quedaron destrozados.

Quiso el infortunio que Juan perdiera la vida casi en el mismo instante en que el tabor* de regulares y una bandera de la legión asaltaran las trincheras donde se encontraba con sus compañeros de armas. Muerte rápida a punta de bayoneta, donde la ilusión del reencuentro con su mujer se tornó imposible.

Así me contaron esta historia empañada de tristeza y desesperanza, que conservé en mi memoria durante la juventud.
Ahora paseo por Madrid, casi ochenta años después de que estos hechos ocurrieran y encuentro todavía restos de las cicatrices que dejó esta guerra entre hermanos. Perfiles de líneas de trincheras, hondonadas producidas por las explosiones de minas, bunkers,nidos de ametralladoras. Y en ciertas fachadas, las marcas ocasionadas por los proyectiles. Todo ello donde ahora hay parque, universidad y hospital.

Pero mi imaginación se resiste a este final. Quisiera cerrar este relato con el hallazgo en el Parque del Retiro, medio escondido entre los nudos leñosos de un castaño de indias, de un corazón grabado a navaja, donde figuran los nombres de Juan y María junto al año en que su amor fue pura pasión, como la puesta por los españoles en matarse, durante una cruel guerra que no se debería repetir jamás: Mil novecientos treinta y seis.





*  Junkers JU 52. Modelo de bombardero alemán utilizado en la guerra civil. Las formaciones de asalto la realizaban de tres en tres, por lo que los madrileños las denominaban de esta forma.

* Tropas de regulares de tetuán. Significa batallón, conformada principalmente por moros.


Derechos de autor: Francisco Moroz



viernes, 14 de febrero de 2020

Feliz día de los enamorados





 Como todos los años bajaba a la playa y se sentaba en la arena, frente al horizonte, serena y tranquila, siguiendo con la mirada el perfil de las olas desde que se formaban allá adentro, hasta que besaban sus pies con sus puntillas blancas y espumosas.

 A la hora convenida, él se acercaba silencioso y pausado por detrás y la rodeaba suave para no sobresaltarla. Le susurraba al oído todo lo que la añoraba y la echaba de menos en días como estos. Le rozaba la piel desnuda con su aliento de brisa, y se quedaba tendido en su cálido regazo.

 Ella sentía el escalofrío que presagiaba y anunciaba su llegada y al rato se sentía envuelta en un abrazo tenue, como imaginado en sueño. Escuchaba muy adentro esas palabras dedicadas tan solo a ella en las que le declaraba su amor eterno.

 Era su enamorado, el mismo que le prometió junto al mar, que si partía primero hacía la otra orilla, vendría todos los años por estas fechas, para recordar que el amor por la mujer con la que compartió sus días no moriría nunca.

 Y ya habían transcurrido seis años desde que se fue de su lado. En ese instante, una lágrima furtiva, pasó a formar parte de la inmensidad del mar.

derechos de autor: Francisco Moroz

lunes, 27 de enero de 2020

El orden del día





En el ascensor.

–No me apetece nada tener que ver de nuevo al animal del Primero-A. Menudo gallito de corral que está hecho, siempre vigilante de su corte de gallinitas a cuál más clueca y fea.

–¡Claro! de tal palo tal astilla, que la madre no es ninguna joya pulida, es una ¡Co,co,cotilla! que cacarea cualquier rumor del vecindario, exagerando y adornándolo con elementos de su propia cosecha. A lo mejor “Don gallo” no quiere darse cuenta que ya tiene a la zorra dentro del gallinero. Que las hijas tampoco son unas santas. Esas sí que han sido pulidas.

–Joé como os pasáis. ¿Pero qué opináis de la del Primero-C? Tampoco la perdáis de vista.

–Yo la conozco como la vaca.

–Pero si es flaca como sarmiento y más plana que una torta gazpachera.

–La denominación se la he puesto porque tiene ¡Muuuu! mala leche la ¡Muuuu! jodía, ya sabéis, siempre sembrando discordia como buena cizañera que es.

–Y además su marido le pone los cuernos con la ¡Co,co, cotilla! Del Primero A.

–¡Mira! Eso no lo sabía, y mira que estoy al quite de lo que pasa en el rellano.

–¿Y qué me decís de los del Segundo-D, los que viven de alquilados?

–Que son una piara de cerdos de mucho cuidado, que yo creo que no saben lo que es el agua y que van dejando a su paso más rastro que una página pornográfica en un historial de internet. Gruñendo cuando se les llama la atención y berreando como gorrinos en día de matanza cuando hacen coros, con la música heavy que ponen a todo trapo y a cualquier hora.

–Y dios nos libre de los del Segundo-B. Él un vago redomado que como perro que es, se pasa todo el día tumbado a la bartola o en el bar, sin mucho afán de buscar trabajo.

–Y que ladra más que habla, cuando no está de acuerdo con la mayoría, creando polémicas innecesarias en las reuniones.

–¿Y su pareja qué? Doña perfecta. Sin mácula, como la virgen María, que únicamente se relaciona con quien la reverencia y le baila el agua. Menuda perra está hecha con esas ínfulas de superioridad. Ni que fuera la condesa del “Porlosco”.

–¿A esta también se la pule el del Primero-C?

–Pues no te extrañe, menudo verraco en celo que está hecho ese…

En el portal.

–¿El del Tercero-A no trabajaba en la construcción?

–¡Sí! presumía de ganar un pastizal, pero eso fue antes de la crisis. Después vino el despido y tuvo que vender el chalet adosado para venirse a vivir a este edificio.

–Pues el dinero no le dio educación ni cultura. La prueba es como rebuzna el muy asno a su pobre mujer y como ignora los saludos de los vecinos en la escalera. Lo mismo que un borrico.

–¡Ja, ja, ja! Eso es por la carga de la frustración que arrastra como mula.

–¿Bajará hoy el patoso del Tercero-C?

–¿El tartaja que no se entera de la misa la mitad?

–Ese mismo, el "pato Donald". Hay que repetirle todo por activa, pasiva y perifrástica. Es un cansino de mucho cuidado que retrasa todas las reuniones. Siempre con sus ¿Cua, cua, cuándo hay que pagar? ¿A cua, cua, cuánto asciende la cuota? ¿Cua, cua, cuáles las causas de la derrama?

–El que me mosquea es el ganso del Segundo-A.

–¿A quién te refieres a ese que vive solo y que tiene más pluma que un palomo cojo?

–¡Ese, mismo!

–Pues menudas yeguas entran en su casa, parecen modelos de pasarela.

–No te fíes, también entran pavos muy vistosos.

–Bueno a ver quién aparece en la reunión de vecinos hoy, que después se quejan los que menos participan después que somos pocos los que hablamos y lanzamos propuestas.

–Es cierto, solo protestan en “Petit comité” como viejas del visillo.

–Y ponen en entredicho lo que decidimos los demás. ¡Menuda fauna! ¡Solo saben criticar al resto! Habrá que cantarles las cuarenta algún día y dejar las cosas claritas.

–Parece que baja el ascensor…

–¡Hola vecinos, muy buenas tardes! ¿Qué tal todo?

–¡Bien bien!

–Que estábamos hablando aquí, que de hoy no pasa. O lo solucionamos ya en esta junta o esto se nos alarga en el tiempo.

–¿A qué os referís?

–A cambiar de administrador de una maldita vez.

–¡Justo de lo que veníamos hablando en el ascensor! ¿Verdad?

–¡Verdad, verdad! ¿Y cua, cua, cuándo le comunicamos la decisión?

–Pues hombre ya iremos viendo sobre la marcha a ver quién le pone la puya al toro..

–Es que menudo inútil que está hecho. Si hiciera su trabajo en vez de convocarnos a tanta reunión otro gallo nos cantaría. Por cierto ¿Qué tal su mujer y sus preciosas hijas?

–Bien gracias. ¿Y a usted cómo le fue la entrevista de trabajo que tenía pendiente esta semana?

–¡Shsss! Ya viene por ahí el administrador de la finca.

–Hoy nos rebelamos y lo mandamos al carajo ¿Eh?

–¡Mirad! Trae la misma cara de un buey gallego tirando de un carro…

 Mientras se va acercando, el administrador piensa:

–¡Madre mía! Esta comunidad es como la granja de George Orwell. Y estos, un rebaño de cabrones dispuesto a ponerse de acuerdo para complicarme la vida. Tengo unas ganas de jubilarme para irme a vivir a la casa del pueblo. Al menos allí estaré entre borregos de verdad.

–¡Buenas tardes señores! Veamos el orden del día.


Derechos de autor: francisco Moroz




domingo, 19 de enero de 2020

Durante el mes de abril





Sus hijos sospechábamos que la perdió a mediados de abril del año pasado, pero ninguno podía certificar que así fuera en realidad; por ello cogí un álbum de fotos familiares que tenía en casa y empecé a hojearlo con detenimiento.

Sí, en las primeras fotos todavía aparecía adornada con ella, bien bonita, muy cerca de papá, de la mano los dos. Se les veía pletóricos y felices, con un brillo especial en la mirada que parecía hablar por sí sola de todo el futuro que pretendían construir juntos y cómplices. En un blanco y negro que no opaca la luminosidad que irradian ambos.

Se repite durante las siguientes hojas, hasta llegar a las que aparecen mis hermanos, mayores que yo. Dos varones mellizos que a parte de sus trastadas, eran dos cachos de pan de los que sentirse orgullosa, y eso lo certifican las imágenes en las que aparecían inocentes, retratados en un estudio fotográfico y en esas otras sacadas en entornos naturales, casas rurales, a la orilla del mar, o en el pueblo de los abuelos. Los cuatro unidos por el vínculo no solo de la sangre; algo más fuerte que parecía habitar entre ellos, de la misma manera que cuando llegué yo a sus vidas; la tercera en discordia, la pequeña. La niña de sus ojos y el juguete preferido de mis hermanos. A la que hacer rabiar escondiéndole los juguetes o utilizar como princesa prometida en sus juegos de piratas y caballeros.

Y con la misma rapidez que voy volteando las páginas del álbum pasa la vida, y nuestros padres seguían apareciendo rodeados de nosotros tres, siempre cómplices de abrazos o besos. Esas manos sobre los hombros y en la cintura de los otros o colocando esos rebeldes mechones de pelo cano de nuestros progenitores para que salieran guapos.

Siento, como el amor incondicional me desborda. La sensación vibrante que no se ve, pero que se percibe con tal intensidad que todavía hacen que me conmueva cuando las visualizo. Impresiones en tinta de color, donde el flash dejó atrapados para la posteridad no solo gestos, personas y paisajes. También recuerdos que se entrelazan en un antes y después del disparo de la cámara que marcaron mi bagaje personal.

La historia sigue adelante, según yo voy dejando el pasado atrás, según paso las hojas y me acerco al presente, donde empieza a haber personajes nuevos que llegaron. Unos para quedarse en el entorno íntimo de la familia, otros eventuales, como pasajeros de un tren al que subir y del que apearse. 
Las parejas de mis hermanos, sus hijos. Mi pareja y los míos. Todos, ampliando un grupo que suma y sigue. 
Pero la misma vida que te da y te añade al principio, empieza a restar y a quitarte con el paso de los años.

Se ven las sillas que dejaron vacías los abuelos, huecos que ahora ocupa el aire frío de la ausencia. Espacios que se les reserva mentalmente al ser añorados. Se despidieron para siempre dejando huellas indelebles en las almas que nos habitan.
De la misma forma están desocupados los lugares de los que se van lejos por necesidad, pero que cuando regresan de vez en vez, los llenan con nuevas experiencias y emociones distintas. Siempre dispuestos a celebrar el encuentro, cualquier cosa que sirva como excusa para estar juntos y seguir compartiendo. 

Cuando por fin mis dedos se detienen como en una leve caricia sobre el rostro de mi padre en una de las últimas imágenes en las que aparece, me doy cuenta, que es poco después de aquello que mi madre sufrió su pérdida. 
Mi padre nos abandonó después de una penosa enfermedad, durante la cual, y a pesar del íntimo dolor, todavía nos fotografiamos juntos los que pudimos estar a su lado. Alrededor de la cama donde convalecía, en su sillón preferido, sentado a la mesa con la mirada perdida.

Ahora veo a mi madre en los más recientes fotogramas, y puedo asegurar sin temor a equivocarme que ella perdió su sonrisa durante el mes de abril. Soy consciente que aunque las fotografías son en color, vuelven a predominar en su rostro como sin querer, los tonos grises.


Derechos de autor: francisco Moroz


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