Hoy
decidí hacerte esa visita que te debía después de tanto tiempo desde que me
dejaras. Me dolió la despedida, estas siempre duelen, y más las que no te
esperas, que vienen como a traición. Me anunciaste que estabas obligada a irte,
que no había manera de poder evitarlo. En ese instante sentí que algo se rompía en mil pedazos dentro de mí. Pues yo te amaba y sabes cuánto te necesitaba. Éramos
felices, lo sabes, y acabaste con esa felicidad. Aún así no tuve nada que
reprocharte, menos, cuando en nuestra fragilidad humana, somos simples
cometas arrastradas por el caprichoso viento. No hay culpa por decisiones que
no tomamos voluntariamente.
No haré
memoria tampoco de todos los momentos perdidos que ya no volveremos a recuperar,
eso, solo hace que sufra por los pequeños detalles que nunca tuve contigo
mientras estabas a mi lado. Siempre di por sentado que nuestro amor sería de
los que durarían para siempre, pero en la vida todo es pasajero, y la renuncia
obligada.
Por eso amanecí
repitiendo tu nombre, diciéndome que me acercaría donde ahora estás, con
el propósito de hacer una de las cosas que nunca hice en todos esos años
compartidos. Regalarte flores.
Y aquí me tienes, con un gran ramo de ellas elegidas para la ocasión, para depositarlas al pie de tu sepultura, justo, mi amor, donde nunca te quise dejar.

