sábado, 2 de mayo de 2026

Náufrago

 

 




Las olas apenas le balancean, si es que olas se puede llamar a esa especie de ondas que se forman en el agua que le rodea. Pensaba que iba a ser épica esta mañana que tenía por delante, más divertida y estimulante. Pero se empieza a agobiar con tanta soledad y aburrimiento. Empieza a notar como se le arruga la piel de los dedos, el frío, el hambre en las tripas, y la boca seca como esparto. Lleva casi cuatro horas flotando en el agua como una boya a la deriva y sigue sin aparecer nadie que mitigue tanta precariedad. Se siente hasta ridículo al saberse observado por ese que es como un dios silencioso, que se presiente en todo momento pero que permanece ausente en la necesidad cuando esta es evidente.

El caso es que en un principio se las prometió muy felices junto a los amigos, mientras esbozaban los planes al detalle, cuando lo preparaban todo para que nada les pillara de improviso y arruinara la jornada. Personalmente no olvidó nada. Cargó con los manguitos, el flotador, la toalla, las gafas de buceo, el tubo respirador, una brújula y una barca hinchable con remos y todo. Intuye demasiado tarde que los compañeros de aventuras le han abandonado a su suerte que ya no van a aparecer, y él debe de tomar una decisión antes de que sea demasiado tarde. Mira su reloj sumergible y ve que marca las tres menos cinco.

Su decisión es firme, quiere acabar de raíz con este despropósito y se hace la promesa de no volver a confiar en esos colegas que cambiaron los planes dejándolo tirado, sin avisar de antemano.

Cuando se marcha enfurruñado cargando con la frustración y todos los bártulos y complementos, el socorrista se levanta de su silla de plástico, cierra la sombrilla y se retira a otro lugar de la parcela donde haya una sombra donde poder comerse tranquilo, el bocata de tortilla y queso que le preparó su madre por la mañana.

Mientras se echa un trago de agua se pregunta, como ese chaval, ha podido aguantar desde las once de la mañana, que es cuando abre la piscina, metido en el agua con un flotador sin apenas moverse.

Un lunes, ciertamente, no suelen bajar a bañarse muchos vecinos. Pero para uno que lo hace, es el rarito.



Derechos de autor: Francisco Moroz



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