jueves, 28 de enero de 2016

Hombres buenos

Hombres buenos









De: Arturo Pérez Reverte









"Una verdad, una fe, una generación de hombres pasa, se olvida, ya no cuenta. Excepto para aquellos pocos, tal vez, que creyeron esa verdad, profesaron esa fe o amaron a esos hombres."  (Joseph Conrad)

Con este libro me vuelvo a encontrar con el “Reverte” que me gusta, y sus maneras de escribir historia novelada.

Una de las primeras cosas que me pregunté nada más terminar su lectura fue: ¿Cómo de un suceso tan escueto, se puede escribir una novela de casi 600 páginas? Ahí radica el secreto de este escritor, que cuando se pone a investigar sobre algo, saca curiosidades a luz, desconocidas por la mayoría de lectores.
La labor documental en este caso ha sido exhaustiva de tal manera, que hasta visitaba plano en mano los lugares donde posiblemente se desarrollaron las escenas y los momentos referentes de esta historia. Planos del siglo XVIII; toda una labor que le llevó a visitar librerías de antiguo y mover esas relaciones que él tiene por el mundo literario y editorial.

La historia es simple en apariencia:
España está sumida al igual que otras muchas naciones, en el oscurantismo que lidera la religión con su brazo censor y ejecutor representado por la santa inquisición y los absolutismos reales sufridos por el pueblo llano.

" Para hacer felices a los pueblos hay que ilustrarlos"

En Francia empiezan a resurgir movimientos que se rebelan contra la ignorancia y el servilismo; gracias a geómetras, filósofos, científicos y matemáticos, físicos, y libre pensadores que se reúnen para fraguar lo que será la primera revolución cultural en forma de libro: La primera enciclopedia que se imprime en tierras galas y que figurará como obra prohibida por  aquellos a los que interesa que no haya cambios en sus status quo.

Pero para los ilustrados españoles esta oportunidad no debe ser desperdiciada y con el permiso real de Carlos III , y la venia de los inquisitoriales y sin que sirva de precedente, autoriza a la academia de la lengua la adquisición de los 28 volúmenes que componen tan enjundiosa obra.

Para ello los académicos elegirán a dos hombres buenos y juiciosos. Personas honestas e íntegras donde las haya, y los enviarán a París donde deberán contactar con la embajada española y su representante el "Conde de Aranda" para que este les facilite los medios para conseguir la primera edición de la Encyclopédie. Editada por “Diderot”, “D´Alembert” y “Le Breton” que:

“A pesar de sus imperfecciones, resulta la más brillante realización moderna del intelecto humano: una compilación monumental de los más avanzados conocimientos en materia de filosofía, ciencia, arte y todas las otras disciplinas conocidas y por conocer”

Naturalmente no todos están de acuerdo con que en el suelo patrio entren  ideas de reforma, conceptos nuevos, luces que iluminen la oscuridad de la ignorancia; que promuevan movimientos en el ostracismo cultural y acabe con el catetismo, el analfabetismo y la incultura.

Por ello algunos no se lo pondrán fácil a estos dos personajes a los que seguiremos en viaje accidentado, sufriendo las penalidades insalvables  del camino y otras que se tercian de forma aparente.

Y llegando a la ciudad de las luces, veremos, que no todo es siempre como lo pintan, que entre tanta luz hay sombra y entre el lujo también anida la podredumbre y la miseria. Ciertas leyes permisivas bajo cuerda, y libertades calculadas y vigiladas estrechamente.

Paris Siglo XVIII

Con estos mimbres “Pérez Reverte” nos presentará a sus personajes muy bien pintados y descritos, nos hará partícipes de sus conversaciones. Las que mantienen entre ellos y con los componentes de círculos ilustrados de París.

Los diálogos no tienen desperdicio y nosotros mismos nos sorprenderemos de que ciertas cosas no cambiarán nunca, sin que haya una revolución por medio.

Con su estilo irónico, crítico y en muchas ocasiones ácido que le caracteriza, puesto como herramienta en boca de sus personajes, "Reverte" crea el estímulo suficiente en el lector para que este no despegue los ojos del libro ni su atención del argumento.
A esto, añadidle esa forma tan peculiar que tiene de escribir este autor: Muy clara, sin mojigaterías ni rodeos. Lenguaje, claro y conciso, y para bordarlo, de época, como se hablaba por aquel final de siglo, siglo que tantos “quebraderos de cabeza” ocasionaría a los franceses y tanto miedo por tierras españolas. 

Conoceremos de esta forma a dos hombres buenos que fueron auténticos en todos los sentidos.
Eran el bibliotecario Don “Hemógenes  Molina” un destacado profesor y traductor de los clásicos, y el brigadier retirado de la real armada Don “Pedro Zárate” creador de un diccionario de términos navales, al que conoceremos como “El almirante”.

Ellos dos, con sus características particulares y su forma de ver la vida con sus pensamientos e ideales desarrollados durante el viaje y su estancia en Paris; su bagaje cultural y sentimientos personales, me han traído a la memoria, a esos otros dos salidos de la pluma ingeniosa de “Cervantes” si, los mismos. Un “Don Quijote” y un “Sancho” decimononosNo sé si el autor ha querido jugar con el símil, pero si no es así, por lo menos trasmite  ciertos parecidos y paralelismos entre ambos cuatro personajes sin nombrarles.

" Nadie puede ser sabio sin haber leído por lo menos una hora al día, sin tener biblioteca por modesta que sea, sin maestros a los que respetar, sin ser lo bastante humilde para formular preguntas y atender con provecho las respuestas..."

En la contra, esto es, entre los que pondrán impedimentos a la consecución de la misión y “palos en las ruedas” conoceremos la figura del típico buscavidas de taberna y sicario a sueldo, malandrín con redaños y bellaco portador de navaja de siete muelles. “Pascual Raposo”; que contratado por otros dos más cultos, pero menos nobles y con el colmillo más retorcido llamados “Sánchez Terrón” y “Manuel higueruela” pondrán la antítesis y el contrapunto. Ambos individuos conforman un par de cuidado, académicos igual que los enviados, pero con muy mala baba y mucha hipocresía y cinismo.

En Paris nos daremos de bruces con otra figura que caracteriza la picaresca. El abate”Brias” que de lo  primero tiene poco y de provocador revolucionario, inconformista, aprovechado y oportunista, mucho. También escribe panfletos incendiarios en una gacetilla.

“Mi patria está allí donde consigo un trozo de pan. Y papel y pluma y tintero, a ser posible…y aire para respirar. Libertad.”

De la mano de estos tres carismáticos personajes nos pasearemos por los más selectos salones de tertulianos tan de moda como el de “Margot Dancenis” una atrayente mujer española afincada en Francia. 
Así mismo daremos una vuelta por los suburbios y callejuelas apestosas donde se viven las realidades diarias y se forjan las guillotinas que reinarían a posteriori.

El autor ha cuidado los escenarios sin demasiadas descripciones, entre otras cosas por estar desaparecidos y no quedar constancia de ellos, pero con pocas palabras y utilizando referencias de otros autores en cuyas obras los reflejaron; nos sitúa convenientemente creando el ambiente y los elementos para que lo podamos visualizarlos sin excesos descriptivos.

Creo con sinceridad que estamos ante una novela que no dejará indiferente a quién la lea, es más, aprenderemos sobre la Real Academia de la Lengua Española, nuestra familiar “R.A.E”   algo más que el simple lema: "Pule, limpia y da esplendor."

" Que la lengua española, además de noble, hermosa y culta, sea ilustrada y sea sabia. Sea filósofa."

Apreciaremos la labor de los académicos de antes y los de ahora  para mantener nuestro idioma, actualizado y vivo.


Y al final, cuando cerréis el libro, quizás, sólo quizás, os preguntéis lo que yo: ¿Dónde quedó la nobleza de esos caballeros cuya palabra era ley, sus actos honorables y sus ideales elevados?

" Qué triste. Los españoles seguimos siendo los primeros enemigos de nosotros mismos. Empeñados en apagar las luces allí donde las vemos brillar."


Paseo del prado Siglo XVIII




miércoles, 27 de enero de 2016

Mirar al cielo




Pero nunca, sin saber por qué, dejarán de mirar hacia arriba.

Quizá porque el azul les atrapa, o porque saben que no todo lo que llueve es agua ni purifica.

Conocen su historia, y saben que un día el terror invadió su ciudad cubriendo ese mismo cielo de oscuridad y ceniza.

Todavía pesa en la memoria colectiva el recuerdo de aquella jornada en que “Enola Gay” voló sobre la población;  eclipsando el sol, cubriendo con un hongo gigantesco, toda la muerte que sembró la terrorífica explosión que barrió a la población.




Derechos de autor: Francisco Moroz

domingo, 24 de enero de 2016

El Retrato



Carmen Pinedo desde su blog, nos propuso a sus lectores un reto que consistía en escribir un relato partiendo de un cuadro de los muchos que nos ofrecía en su casa. Casas son, por dentro, habitaciones vacías de presencia, o llenas de ausencias.
Este fue mi elegido: Isla Deer del  pintor: Phillip Koch







Nos instalamos en una preciosa casa con vistas al mar; nos gustaba caminar descalzos por la arena de la playa y contemplar juntos los ocasos y los amaneceres, siempre de la mano, felices del regalo que nos había concedido la vida al poder conocernos.

Éramos dos jóvenes artistas que nos enamoramos pintando en una vieja escuela de arte. Yo sentía debilidad por los paisajes y él por el retrato. Se convirtió en un gran artista que llegó a exponer obteniendo buenas críticas. Un gran retratista que reflejaba al detalle a sus modelos.

Yo me convertí en su musa, la que salía reflejada en la mayoría de sus cuadros al óleo.

El tiempo pasaba por nosotros como sobre todas las cosas, pero el amor parecía ser eterno, quedándose a nuestro lado. 
Yo le seguía admirando mientras posaba para él, y él, sólo tenía ojos para mí. 

Aquella mañana se levantó temprano para aprovechar esas primeras luces doradas que parecen emerger del horizonte al amanecer. Yo, como tantas veces hasta ahora, me senté en la butaca de madera blanca frente a la puerta para hacerle de modelo.

Los primeros esbozos de su pintura iban tomando formas conocidas y hoy, ya imprimía los colores más delicados de su paleta; los azules, los anaranjados, los violeta. Mientras  rozaba la tela con sus pinceles, posaba dulcemente sus ojos sobre mi cuerpo y me acariciaba con la mirada.

No hablábamos, no hacía falta, hacía tiempo que con sólo los ojos nos decíamos todo: lo que nos amábamos, lo que nos añorábamos y lo que nos dolíamos del tiempo que no estábamos juntos.

Su pintura era el vínculo que nos mantenía unidos, el medio por el cual volvíamos a estar en comunión.

Hace años que aparentemente no aparecen personajes en sus lienzos, únicamente yo me veo plasmada en ellos, con esa sensibilidad que le caracteriza y ese toque nostálgico que le acompaña desde que yo fallecí. 




    Derechos de autor: Francisco Moroz

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