martes, 21 de diciembre de 2021

Las cosas claritas

 



Pero es su letra señor notario; de eso estoy segura al cien por cien. Aunque la firma parezca no corresponder con la suya. El pobre chocheaba por los muchos años que tenía, y le temblaba el pulso. No es de tener en cuenta ese ínfimo detalle.

Que digo yo, que este papel descartará el testamento que dejó con anterioridad. En este, me elige como heredera absoluta. De eso no hay duda ¿Verdad? Lo pone bien clarito. Al menos eso me juraba mientras lo escribía y yo le apretaba el cuello con mis manos. A lo mejor es por eso que la firma sea irreconocible.

Derechos de autor: Francisco Moroz




domingo, 12 de diciembre de 2021

Una historia real

 



En realidad esto no empieza como una alegre historia de navidad; más bien es otra y más seria, que va de emigrantes que vinieron de África, huyendo de los monstruos que persiguen a todos los desesperados que se juegan la vida en el intento de cruzar medio continente a pie, y un estrecho en patera.

Tampoco se trata de un cuento; pues es la pura realidad de lo que les sucede a ciertos seres humanos señalados por el infortunio. Que se destierran de su país a causa de sus ideas o religión. Acosados por los fantasmas del hambre o la guerra. La semblanza de aquellos que dejan atrás a la familia, los amigos, el hogar. Su pasado y presente, por perseguir un futuro que se intuye brumoso y desenfocado más allá del horizonte que perfila la luna que les acompaña en la travesía, y la de algunas estrellas que les guían a una costa llena de zozobras.

Tres de ellos desembarcaron en un barrio de Madrid, a pesar de que en la capital no tengamos playa. Después de muchas peripecias en ese mar de incertidumbre que es la vida, llegaron a buen puerto.

Los tres vinieron de países diferentes, en periodos de tiempo distintos. No se conocían, hasta que recalaron en un albergue parroquial que administraba un cura raso, llamado José Ramón. Pudo haberse llamado José María, por eso del juego de palabras; pero entonces estaría faltando a la verdad. 

José, es de esos personajes sencillos y humanos como el tal Francisco de Asís; de los que saben ver en todos los seres, criaturas inocentes. Era ayudado por unos cuantos hombres y mujeres voluntarios con buena voluntad. Como la que se supone tenían aquellos a los que se referían los ángeles allá en Judea, siendo considerados como “Bienaventurados”.

Entre todos supieron rodearles con lo más necesario: cariño, comprensión y cuidado. Alguno de los que llegaron necesitaba un abrazo y un hombro para llorar su desdicha. Otro agradecía la sonrisa que brinda una acogida sincera y sin doblez. Y todos ellos, un plato de comida caliente o un colchón donde reposar sus huesos doloridos y el resguardo de un techo que los librara del frío nocturno y de la gélida indiferencia de muchos, solamente por considerarlos extranjeros de tercera categoría.

Pues sucedió que en uno de los domingos de adviento, en misa de doce, el curita de infantería habló de una familia muy particular, que tuvo que huir de su tierra porque un tal Herodes iba tras ellos con todas las de la ley y fuerzas del orden público. Todos ellos armados y no precisamente de razón. Y solo por haber montado un Belén dentro de un portal; como hacen esos sin techo sinvergüenzas que se meten en cualquier rincón; ocupando lugares en perjuicio de los ciudadanos respetables, que no pueden realizar sus actividades nocturnas sin recelar de tanto indeseable venido de fuera.

Y recuerda, que también los pastores dormían al raso. Y que de todos los oficios ejercidos por judíos, era este el más despreciable. Ya ves tú, decía con humor, Y ahora los que nos pastorean como rebaño, visten de Armani y viven como dios en casoplones. Y esto no es políticamente correcto mientras haya necesitados en nuestras ciudades.

De paso comentó a la feligresía, que lo de la operación kilo; eso de traer comida no perecedera para los más desfavorecidos, había sido todo un éxito. Ya que se estaba atendiendo a todo Cristo, muy sobradamente.

Algunos comentaron a la salida, que en el lado donde se sitúa el nacimiento todos los años, estuvieron sentados durante la celebración, muy atentos y respetuosos, tres hombres de raza negra. Parecían ser, tres invitados de honor del niño Jesús.

Y aquí, amigos que me leéis, disfrazado con voz de narrador. Os tendré que decir que un servidor se enteró más adelante que los tres jóvenes negros, fueron los que vinieron de lejos abandonándolo todo por una corazonada de que algo diferente se iban a encontrar allá donde llegasen.

A nadie importó que fueran musulmanes y menos, que se llevasen la mano al corazón e inclinasen su cabeza como signo de respeto cada vez que alguien, les saludaba deseándoles una feliz navidad.

Estos tres se ganaron de tal forma el cariño del vecindario, que ese año los eligieron como rey Baltasar y sus pajes, triunfando entre la chiquillería, que por primera vez veían en persona al mismísimo rey venido de tierras ignotas y no un sucedáneo, pintado con carboncillo que suele ser, para más inri, el soso concejal de cultura del distrito.

Ese año, doy fe, que fue la mejor cabalgata vivida por niños y adultos. Que los caramelos más dulces fueron los que se tiraron desde la última carroza. Y que los que iban subidos en ella se sintieron por primera vez en su vida protagonistas de una historia que era tan bonita, como el mejor cuento de navidad con final feliz.

A día de hoy, son muchos los jóvenes que siguen pasando por el albergue de San Juan de Ávila. No se les puede atender a todos. Buscan dignidad como personas, un trabajo y un lugar en un mundo cada vez más deshumanizado. Aunque siempre habrá buenos samaritanos, dispuestos a dar un poco de compañía, calor y aliento. 

Pues entre las figuras importantes del Belén, también se encuentran la mula y el buey.


Derechos de autor: Francisco Moroz




jueves, 25 de noviembre de 2021

Amenaza

 




Quizás sea mejor no llevarles la contraria; pues de hacerlo, sospecho que me complicarían la existencia con su insistencia burocrática. Acosándome y poniéndome contra las cuerdas a la mínima demora por mi parte.

Si en un descuido saliese corriendo hacia la puerta, a lo mejor conseguiría llegar al aparcamiento y alejarme de ellos para siempre; pero veo difícil que el guardia con cara de mala leche que tienen apostado en la entrada, me dejara siquiera abrirla para huir de estas amenazas de tipo impositivo y al alza.

Aquí me tienen, asustado con lo que me dan a entender de manera soterrada. Machihembrado a una silla, pendiente de sus palabras melifluas que suenan a intimidación, pero que parecieran estar agazapadas entre dulces promesas de prosperidad. Sonríen torcidamente enseñando el colmillo afilado; como cuando alguien se frota las manos al comprobar que la víctima está a puntito de caer en la trampa. Me auguran, que si firmo el documento, podría mejorar mi calidad de vida y tener mayores facilidades a la hora de levantar mi pequeño negocio. Total, el interés fijo o variable es lo de menos, aunque mi desinterés por la oferta no estén dispuestos a aceptarlo.

La corbata no me deja respirar, me ahoga como nudo de soga del que está en el patíbulo; para un servidor, en este momento, el banco significa lo mismo.

Esto me pasa por entrar a pedir un crédito. Siendo como soy. Un pequeño autónomo. Que es como ser un gnomo, en el país de los gigantes. 

Derechos de autor: Francisco Moroz

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