Las olas apenas le balancean, si es que olas se puede llamar a esa especie de ondas que se forman en el agua que le rodea. Pensaba que iba a ser épica esta mañana que tenía por delante, más divertida y estimulante. Pero se empieza a agobiar con tanta soledad y aburrimiento. Empieza a notar como se le arruga la piel de los dedos, el frío, el hambre en las tripas, y la boca seca como esparto. Lleva casi cuatro horas flotando en el agua como una boya a la deriva y sigue sin aparecer nadie que mitigue tanta precariedad. Se siente hasta ridículo al saberse observado por ese que es como un dios silencioso, que se presiente en todo momento pero que permanece ausente en la necesidad cuando esta es evidente.
El caso
es que en un principio se las prometió muy felices junto a los amigos, mientras
esbozaban los planes al detalle, cuando lo preparaban todo para que nada les
pillara de improviso y arruinara la jornada. Personalmente no olvidó nada.
Cargó con los manguitos, el flotador, la toalla, las gafas de buceo, el tubo
respirador, una brújula y una barca hinchable con remos y todo. Intuye
demasiado tarde que los compañeros de aventuras le han abandonado a su suerte
que ya no van a aparecer, y él debe de tomar una decisión antes de que sea
demasiado tarde. Mira su reloj sumergible y ve que marca las tres menos cinco.
Su
decisión es firme, quiere acabar de raíz con este despropósito y se hace la
promesa de no volver a confiar en esos colegas que cambiaron los planes
dejándolo tirado, sin avisar de antemano.
Cuando
se marcha enfurruñado cargando con la frustración y todos los bártulos y
complementos, el socorrista se levanta de su silla de plástico, cierra la
sombrilla y se retira a otro lugar de la parcela donde haya una sombra donde
poder comerse tranquilo, el bocata de tortilla y queso que le preparó su madre por la
mañana.
Mientras se echa un trago de agua se pregunta, como ese chaval, ha podido aguantar desde
las once de la mañana, que es cuando abre la piscina, metido en el agua con un
flotador sin apenas moverse.
Un lunes,
ciertamente, no suelen bajar a bañarse muchos vecinos. Pero para uno que lo
hace, es el rarito.


El lunes es un buen día para ir a sitios: no están masificados.
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