viernes, 27 de mayo de 2016

Unos disparos

                                    Desde Zenda nos hacen una propuesta: Un relato donde se incluya la palabra "Amanecer"
                                                                                       esta es mi aportación          


                                                

Unos disparos acabaron con tu vida…

Era una mañana como otra cualquiera, de esas en las que te hubieras quedado muy a gusto en la cama  evadiéndote del instituto. No, no eres perezosa, te gusta aprender, pero un no sé qué indefinido te hace un nudo en el estómago cada vez que suena ese despertador que te recuerda que sigue el ritmo de tu vida; y tu vida es la que es, un bucle que se repite diariamente quieras tú, o no quieras.

Pocas cosas puedes hacer para animarte, a parte de sonreír ante el espejo mientras peinas tu fosco cabello y miras tu cuerpo cargado con esos kilos de más que desdibujan tu inexistente cintura y te hacen parecer tan torpe de movimientos. Esa cara que te devuelve la mirada desde la superficie pulida es agradable. No es, desde luego, la de ninguna belleza como las que ves en la televisión o en los carteles de publicidad, donde aparecen despampanantes perfilando su silueta y destacando sus rostros agraciados que anuncian cosméticos y lencería, pero tampoco eres fea, eres incluso más simpática que otras que van de divas.

Se te hace difícil la jornada diaria, pero la soportas, aceptas tu sino, te aceptas a ti misma con tus limitaciones físicas, que no consideras defectos. Eres así, y aunque te gustaría cambiar algunas cosas ¿Por qué ibas a ser de otra manera?

Antes de llegar a clase ya te das cuenta de que algo pasa, sorprendes a algunos compañeros mirándote de reojo y a otros tapándose la boca como para ahogar una risa. Entras en el aula y te sientas. Casi te echas a llorar cuando levantas la vista, y en la pizarra ves tu nombre con una flecha señalando a un monigote mal  pintado que parece representarte; nada nuevo de todo lo visto hasta ahora, pero esta vez, ese muñeco sostiene en una de sus manos mal trazadas eso que parece una pistola, con dos palabras que lo dejan todo muy claro: Gorda, ¡muérete!.
Humillante y cruel.

Cuando llega la profesora de matemáticas borra el dibujo y lo sustituye por cifras y ecuaciones que no distingues bien a causa de tus lágrimas y el sofoco. Nadie parece ver la angustia que te destroza por dentro y pides permiso para ir al servicio para lavarte la cara.
Cuando te levantas, risitas sofocadas se perciben a tus espaldas y hasta que no cierras la puerta no respiras hondo para salir por el pasillo lo más rápido que te permiten las piernas.

El resto de la mañana pasa sin pena ni gloria, pero siempre tienes la sensación que con más de lo primero que de lo segundo.
Llegas a casa y te encuentras con lo de siempre: un plato frío de comida y una nota en la que se te indica que recojas un poco y estudies.
Tu madre trabaja en turnos de tarde-noche y a penas la ves durante la semana. Te quiere y lo sabes, y comprendes su limitación a la hora de demostrar su cariño, pero echas de menos sus abrazos, esos que te daba cuando tenías pocos años, cuando formabais una familia feliz y tu padre no se había marchado todavía de casa abandonándoos a vuestra suerte.

Comes rápido para que te dé tiempo a conectarte un rato a Internet, para ver tus correos antes de ponerte a hacer las tareas. No es que recibas muchos, no eres una chica guay de esas que parecen tan solicitadas en cuanto cuelgan su foto provocadora poniendo morritos a la cámara.
Esperas alguno de tu prima preguntando qué tal te va, y que si tienes alguna relación interesante en el insti. Sonríes cada vez que te pregunta eso; si supiera la popularidad que tienes entre los frikis, se sorprendería.

Enciendes y esperas, y cuando entras  en tu correo te llevas la sorpresa de tu vida: más de 65 mensajes te esperan en la bandeja de entrada, te extraña solo a medias el que sean direcciones desconocidas, pero aún así, entras motivada por la curiosidad ante la novedad de recibir tantos e-mails.
Cuando abres el primero y lo lees descorazonada, te das cuenta que los otros serán más de lo mismo. Burlas, emoticones de los que echan lágrimas de la risa, palabras soeces y groseras y unas que te invitan a entrar en tu perfil de la red social donde lo tienes habilitado.

El miedo te invade. Sabes que algo nuevo e inesperado te espera agazapado una vez que teclees tu nombre; pero nada es lo que esperabas, es aún peor. Una serie de fotos tuyas en ropa interior, casi desnuda con cara de no enterarte de nada y desde diversos ángulos y diferentes niveles de zoom.

Recuerdas entonces la hora de gimnasia, los vestuarios, las demoras de algunas, y los móviles en manos de otras. Sin querer has sido protagonista de una sesión fotográfica involuntaria y causante de que el chat eche humo por la cantidad de mensajes obscenos de los chicos, el desmesurado número de visitas y los deditos alzados en un “me gusta”.
 Los comentarios sangrantes te hacen bajar la cabeza, y avergonzada te  diriges al cuarto de baño derrotada una vez más.
Un buen baño de agua caliente para relajarte te vendrá bien, y mientras te vas calmando piensas en tu pobre madre, y en toda la sangre que tendrá que limpiar mañana cuando te encuentre, y lo triste que se pondrá, pero ya no puedes luchar más, es hora de descansar para siempre.
Tu despertador sonará en vano, tú ya no verás un nuevo amanecer.



...Unos disparos, acabaron con tu vida, y no fueron producidos por arma de fuego.



Derechos e autor: Francisco Moroz


jueves, 26 de mayo de 2016

Gaviota




Cada vez que alzaba el vuelo a la caída del sol, no veía ocasos sino horizontes que alcanzar. Cuando planeaba por encima de los acantilados de la costa, no veía escollos ni dificultades, sino barreras que sobrepasar por medio de la inteligencia  y la pericia.
El despegue y el aterrizaje eran pruebas constantes en su continuo aprendizaje y su mirada siempre abarcaba la plenitud, llegando a ver más allá de la realidad que le mostraban sus ojos.

Se sentía libre de ataduras cada vez que subía allá arriba. El firmamento constituía su paraíso personal, las nubes le arropaban como en blanco y mullido edredón; y si la tormenta le sorprendía con violencia extrema, él buscaba su sosiego interno para sobrellevarla y llegar íntegro a buen puerto.

Su querido hogar se hallaba allá donde le llevaba su vuelo, se había convertido en todo un maestro y referente para los más jóvenes, esos aprendices que intentaban imitarle.
No era soberbio, le gustaba enseñar a los que demostraban entusiasmo y verdadero interés por aprender.

Hoy mientras vuela, recuerda aquellos años en los que el aprendiz era él, recuerda a su primer maestro, aquél que le mostró que las dificultades se sobrellevan cuando se pone empeño y suficiente alma y ganas de hacerlo.
Recuerda cuando era un muchacho con inquietudes, y cogió por primera vez ese libro titulado: Juan salvador Gaviota.

Sonríe y piensa: ¡qué tiempos aquellos!
Quién le iba a decir que gracias a una gaviota, iba a convertirse en instructor de vuelo.
Levantó el mando de dirección y movió suavemente los estabilizadores de la avioneta, poniendo rumbo a la costa, donde le esperaba la pura rutina de lo cotidiano.




Derechos de autor: Francisco Moroz



miércoles, 25 de mayo de 2016

Gracias por tu amor




Una explosión en la carretera al paso de un convoy. Salieron, asustados de la pequeña casa, y vieron desde donde se encontraban los hierros retorcidos y los restos humeantes de lo que había sido hasta hace unos momentos un vehículo semiblindado. 

Soldados armados, salían de otros situados más atrás y miraban desconfiados hacia ellos. Les gritaban en un idioma que no entendían y se acercaban gesticulantes mientras les apuntaban con sus fusiles.

¡No! No era un sueño, era la pesadilla que se representaba allí en medio de la nada, donde ellos habitaban e intentaban sobrevivir al caos de la intolerancia de los dos bandos.

Los soldados se acercaban amenazantes requiriéndoles a que no se moviesen. ¿No veían acaso que eran dos ancianos que no hubieran podido huir aunque quisieran?
Cuando comprobaron que no representaban ningún peligro, trajeron a los heridos que habían sobrevivido al ataque, uno de ellos conmocionado por las terribles heridas deliraba.
La mujer no comprendía lo que decía pero, pidió permiso a los soldados para poder acercarse a él.

Le agarró las manos y empezó a cantar una dulce canción, el joven la miró, llegando a pronunciar solo unas palabras antes de expirar:

¡Gracias por tu amor!


derechos de autor: Francisco Moroz

Relato presentado a:






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