– Esta noche no quiero perder la cabeza como le estuvo a punto de pasar a Alicia a manos de la reina de corazones. Por eso te contaré la historia de un chaval llamado Tom, que vivía a orillas del Misisipi. Que usaba su imaginación como si fuera la alfombra de Aladino. Con ella, podía trasladarse tanto a islas desiertas como si fuera un Robinson, como a otras donde poder encontrar tesoros escondidos.
También a ciudades
habitadas por gigantes o enanos según se dieran las circunstancias. En una de
sus correrías conoció a Peter, un jovencito un tanto inmaduro que volaba sin
necesidad de alas ni sustancias estupefacientes, por un país llamado ‹‹De
nunca jamás››.
De allí era oriundo un tal Garfio, colega de otro filibustero llamado John
Silver, que fue cocinero antes que fraile ¡Ah no! El fraile era otro, uno
llamado Tuck, amigo de Robin hood. Por
cierto, por allí anduvo también la
famosa sirenita Ariel, y digo anduvo, porque le crecieron piernas por amor.
Por piernas, y antes que corriera la sangre,
tuvo que salir Tom en otra ocasión, nada más llegar a un castillo de
Transilvania habitado por un conde muy siniestro que como algunos futbolistas
era un chupón de mucho cuidado. Fue perseguido durante un buen trecho a lo
largo del bosque, por una manada de lobos y un niño a cuatro patas, que
asalvajado, parecía estar fuera de lugar y de su elemento.
–Creo sinceramente Sherezade, que esta vez te has pasado tres
pueblos.


