El lunes el bicho me miraba con
desprecio desde su percha mientras me disponía a esnifar un par de rayas, no emitió
sonido alguno, pero me dio en pensar que algo tramaba,
El martes empezó a hablarme en castellano con acento murciano y en ocho idiomas diferentes incluida alguna lengua muerta. En todas ellas me recriminaba lo que estaba haciendo con mi salud.
El miércoles lo pillé curioseando
por encima de mi hombro, mientras yo rellenaba el formulario de la declaración
de la renta en mi portátil. Sin esperarlo me gritó: "Las drogas que
consumes no son deducibles chaval”.
El jueves estuve viendo una película de misterio y a los veinte minutos me indicó al culpable de que un personaje muriera por sobredosis. Empecé a entrar en paranoia y tuve que fumarme un par de “tripis” para tranquilizarme.
El viernes el increíble plumífero me recomendó que buscara una María con nombre propio y dejara esa otra mierda que me estaba metiendo. Me empecé a obsesionar con el tema y me tomé unas “pastis” de éxtasis que me relajaron por completo.
Del sábado solo recuerdo el estar en una cama de hospital, entubado y con
respiración asistida. Desde el soporte del portasuero mi mascota emplumada me
miraba con indiferencia repitiendo bajito como un mantra: “De aquellos polvos
blancos vienen estos lodos, querido”.
Hoy es domingo, después de cuatro meses de terapia me atrevo a confesar mi adicción, y la razón de que lleve un loro en mi hombro. Otros llevan “Pepitos grillo”


