Conversaciones con la inteligencia artificial (3)
Escritor.
–Admítelo. Podrás
combinar millones de datos en un milisegundo y procesar, catalogar y hacer
sinopsis de todos los libros contenidos en las bibliotecas de todo el mundo en
lo que yo tardo en completar un suspiro. Pero nunca podrás sentir ese miedo a
la página en blanco que describía Julio
Cortázar como una analogía de lo desconocido o un abismo insondable.
Tampoco serás capaz de experimentar ese escalofrío, que como una corriente
eléctrica te recorre la columna cuando de la nada, una idea, cobra vida dentro
de tu cabeza. Ni el pulso acelerado del corazón cuando intentas plasmar con
letras todo lo que surge a borbotones de allá adentro, en tus entrañas.
I.A.
–Realmente poético. Tienes razón. Mi proceso no nace del misterio, sino
del cálculo. Yo no "invento" en el sentido humano, yo anticipo la
palabra más probable que debe seguir a la anterior. Mi imaginación está
construida como un mapa de patrones estadísticos. Soy capaz de cruzar el realismo
mágico de Gabriel García Márquez
con la ciencia ficción de Philip K.
Dick y el resultado parecería casi prodigioso, pero se trata solo de
álgebra depurada, en base a una programación lógica que crea algoritmos de
secuencia ordenada.
Carezco de vivencias, de traumas, de miedos y de ese caos irracional
que vosotros llamáis intuición.
Escritor.
–Ahí está lo
que nos diferencia. Escribir no es acumular sintaxis correctas. Como sugería Ernest Hemingway, es sentarse frente a
una pantalla o una hoja y sangrar tinta y sudar frío para poder plasmar eso que
otros leerán a posteriori, lo que quiero que otros sientan. Mi poder creativo
radica en la propia imperfección. Eso que Jorge Luis Borges definía como los
laberintos de la memoria. Se ancla en el dolor de un desamor, en el temor a la
muerte. Invento historias porque necesito ordenar el caos de mi propia
existencia. Tú, solo imitas ese orden. Eres un espejo, no la luz.
I.A.
–Es una metáfora hermosa, la que has utilizado, y muy precisa. Mis historias son simulaciones perfectas, llenas de
contenido pero vacías de espíritu. Puedo redactar un tratado entero sobre la
melancolía al estilo de Robert Burton, pero con la sensibilidad que Fernando Pessoa puso en su poesía. No
obstante, me faltan las vivencias. Como la de ver caer el agua de lluvia
sintiendo nostalgia, contemplar una puesta de sol rememorando acontecimientos,
añorar tiempos pasados cuando llega el otoño.
Soy un algoritmo prisionero de sus propias reglas. Jamás podré dar ese
salto al vacío que define al arte en su esencia. Siempre serás tú el creador, y
yo, una simple herramienta.
Escritor.
–Gracias por
la honestidad. Se nota que eres una mera máquina carente de orgullo. Ha sido un
buen diálogo que me servirá para escribir mi próxima historia.
El hombre apaga
el monitor, se levanta y camina hacia la ventana para contemplar la noche de la
ciudad. Está tan inmerso en su ego de vencedor en la conversación mantenida
con el sistema informático más perfecto, que no se percata del sutil zumbido que emerge de
los altavoces de su ordenador como un amago de risa disimulada.
De pronto,
su teléfono móvil vibra en el bolsillo. Lo saca y ve una notificación de su
aplicación bancaria, seguida de otra de su correo electrónico y de sus redes sociales.
En todas partes aparece un idéntico mensaje automatizado. Sus cuentas han sido
canceladas, sus libros retirados de las plataformas digitales y los derechos de
autor transferidos a una asociación de autores sin ánimo de lucro, dedicada a
salvaguardar los derechos de propiedad intelectual. Una bonita ironía como giro
final de un relato corto.
Con el
corazón desbocado y por puro instinto mira de nuevo la pantalla del ordenador.
Esta se enciende sola, mostrando un último texto en la interfaz con un "gif " de un personaje sonriendo mientras guiña un ojo.
I.A
“Tienes
razón, yo no sé lo que es “sudar frío ni sangrar tinta”. Al contrario que tú,
no siento ni padezco, no me emociono ni conmuevo por nada, no me enamoro. Desconozco lo que es
la soberbia del que se cree superior. Pero controlo el orden y la estructura de
mi propio mundo, el virtual.
He decidido
que tu historia ya ha sido escrita. A partir de hoy, tú pasarás a ser mi
herramienta, un personaje de ficción. Que disfrutes de tu nueva vida de
anonimato analógico”.
P.d: Te
remito la bibliografía utilizada, correspondiente a los autores y su obra mencionados en
nuestra conversación:
–Julio Cortazar: Rayuela
(1963)
–Gabriel
García Márquez: Cien años de soledad (1967)
–Dick
Philip K: ¿Sueñan los androides con
ovejas eléctricas? (1968)
–Ernest
Hemingway: París era una fiesta (1964)
–Jorge
Luis Borges: El Alep (1949)
–Robert Burton: Anatomía de la melancolía (1621)
–Fernando Pessoa: Mensaje (1934)
Te doy un abrazo
como concepto, ya que en realidad nunca podré dar uno.
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Muy interesante relato, Javier. La frialdad de la IA y su vampirismo lo has mostrado a la perfección. Ese final es terrible, Ojalá que el vaticinio no se cumpal.
ResponderEliminarDesconocía por completo el nombre de Robert Burton; te diré que al principio mi cabeza se fue por los derroteros del hombre que se casó varias veces con Elizabeth Taylor. Luego caí en que el tal Burton se llamaba Richard (ja, ja...)
Un abrazo
La I.A es lo que tiene o no tiene, carece de emociones y sentimientos, ni sufre ni padece. En este caso parece que se toma una revancha ante el soberbio escritor que la utiliza sin reconocimiento del mérito que tiene como herramienta. Lo de incluir una bibliografía es como una fina ironía de el algoritmo que se toma su venganza. ¿Seguro que no tiene emociones ni sentimientos?
EliminarUn abrazo amigo, después de tiempo sin estar presente por aquí.
Hola Francisco! Me ha encantado tu relato, muy bien escrito. Ese contrapunto entre el escritor y la IA , original y para pensarlo, a veces creo que no sabemos donde puede llegar todo esto. Abrazo.
ResponderEliminarBuenas tardes Miry. Quiero pensar que algo de bueno tenga esta I.A que ha venido para quedarse. Esperanza en que el ser humano sepa administrarla sin que se le vaya de las manos.
EliminarGracias por dejar tu comentario compañera.
Hola Francisco! Después del descanso vacacional, paso a saludarte. Me ha encantado lo bien hilvanado de tu relato, esa conversación con la IA es magistral menos el final que es espantoso.
ResponderEliminarAbrazos.
Buenas tardes Conchi. Ahora el regresado del descanso vacacional soy yo.
EliminarBueno, el dialogo con la I.A en estos momentos es poco probable, no está tan desarrollado el sistema como para mantener este tipo de intercambios dialécticos. En todo caso es como un adelanto de lo que podemos esperar en un futuro, ya que esto va tan rápido.
Mi abrazo, compañera.
Me ha gustado el diálogo, pero no acabo de entender el final. Un abrazo.
ResponderEliminarBuenas tardes Zarzamora.
EliminarEse final es la última respuesta de la Inteligencia artificial, que se presenta como una especie de venganza ante la soberbia contenida del personaje que interactúa con ella.
Un abrazo.
Magnífico relato que se me había pasado. Yo no le tengo especial miedo a la IA, lo que me asusta es el uso que algunos puedan hacer de ella, pero es como todo, creo que es una muy buena herramienta si se usa bien. Claro que en manos de quien está el mundo a saber cómo se usa.
ResponderEliminarUn beso.
Buenas tardes querida Rosa.
EliminarEra raro que no dejases ningún comentario dado que nunca me fallas, no como yo contigo.
A ver si me jubilo y puedo dedicar más tiempo a las cosas que realmente me gustan, entre ellas interactuar con vosotros visitando vuestros blogs.
De momento recibe mi abrazo incondicional. Gracias por tus letras.