
Ella se cruza de brazos después de ajustarse el delantal de flores que le queda enorme y se acerca a evaluar con seriedad lo que tengo en el plato: una porción de pizza de plástico junto a unas patatas fritas demasiado amarillas. Mientras espero su respuesta, le doy, nervioso, un largo sorbo a un vaso lleno de nada y espero expectante.
—Tienes que pagarme tres abrazos y “veintecién” euros—decreta, con la inquebrantable autoridad de quien parece dominar el sistema financiero y lleva años dedicada a la hostelería.
Sonrío entonces. Busco en mis bolsillos con exagerada parsimonia, como si no encontrara esa cantidad desorbitada de dinero, pero al fin, se la pago en billetes transparentes y me levanto con esfuerzo de una silla diminuta, para abonar el resto del importe. Ella ríe a carcajadas cuando la rodeo con los brazos tres veces consecutivas, un sonido limpio que reverbera e ilumina la habitación convertida en improvisado comedor de restaurante, distinguido por los entendidos, con los cinco tenedores.
Media hora después le doy la propina por su esmerado servicio y cumplida atención en forma de dos besos en su mejilla blandita.
La arropo en su cama le doy las buenas noches y durante un rato, me quedo mirando sus juguetes esparcidos por el suelo. Apago la luz y cierro la puerta en silencio.
A continuación reflexiono un instante sobre el motivo por el cual, pasamos la vida entera obsesionados con acumular dinero para pagar facturas y asegurar un futuro impredecible. Sin pararnos a pensar, que los mejores momentos se viven siempre en presente y que no tienen precio. Que tan solo se nos reclama un tiempo compartido generosamente, y los que nos lo solicitan, son aquellos que poseen el secreto de la auténtica felicidad.

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